La profecía de Cachita

Los textos que ofrecemos a los lectores hoy son los que inician una saga del libro titulado El maravilloso viaje del mundo alrededor de Leidi Jámilton que, publicado por Editorial Gente Nueva, se encuentra en la red de librerías del país

Autor:

Juventud Rebelde

Rubén Rodríguez (Holguín, 1969). Escritor y periodista. Es profesor de la escuela de Periodismo de la Universidad de Holguín. Miembro de la Uneac. Ha obtenido, entre otros, los premios Oriente, Abril, La Edad de Oro, La rosa blanca, Hermanos Loynaz, Cirilo Villaverde, César Galeano y La Gaceta. Ha publicado libros para el público infantil y adulto, tales como Peligrosos prados verdes con vaquitas blanquinegras, El garrancho de Garabulla, Eros del espejo, Majá no pare caballo y Gusanos de seda. Textos suyos aparecen recogidos en antologías de relatos de Cuba y el extranjero.

La profecía de Cachita

Alto estaba el sol en el cielo cuando la abuela Cachita —que entonces era Cachita a secas— tomó el empinado trillo rumbo al bohío de la bisabuela Cachita, que entonces era simplemente mamá Cachita.

Resoplaba por el camino bordeado de campanillas blancas y cundido de mariposas, abejas, abejorros, libélulas, cigarras, tomeguines, sinsontes, zunzunes, jutías, bijiritas, jubos, venados y totíes, a tal punto que no la dejaban avanzar. Tenía una enorme barriga y su rostro estaba colorado por el esfuerzo de cargar una gran jaba llena de cocos.

—¡Muchacha, tú estás loca! —gritó mamá Cachita desde el pico de la loma y despachó a un jigüe, para que la ayudara con la jaba.

Cachita se desplomó en un taburete, bebió café en una jícara y le dijo a su madre:

—Vengo a verte porque he soñado.

Mamá Cachita prendió un mocho de tabaco y trajo su propia jícara de café al portal, donde pronto fueron rodeadas por mariposas, abejas, abejorros, libélulas, cigarras, tomeguines, sinsontes, zunzunes, jutías, bijiritas, jubos, venados y totíes. El barullo fue tal, que mamá Cachita los espantó a escobazo limpio.

—¡Cuéntame ese sueño!

—Soñé que paría a una niña vestida de rosa y con una corona en la cabeza. Cuando traté de abrazarla, me dijo que no lo hiciera porque podía arrugarle el vestido. Luego subió a una carroza dorada y se fue por un camino de flores azules.

—¿Qué tú comiste ayer? —preguntó, azorada, mamá Cachita, pensando que solo una mala digestión habría podido causar tal sueño.

—Dime qué significa ese sueño.

Mamá Cachita se rascó el moño y voló a espantar a las mariposas, abejas, abejorros, libélulas, cigarras, tomeguines, sinsontes, zunzunes, jutías, bijiritas, jubos, venados y totíes, que habían regresado, atraídos por la historia.

Luego buscó la baraja española para adivinar y tiró las cartas a su hija. Lo decía clarito: el bebé sería noble y niña. Sin dejar de echar humo, buscó las cartas del Tarot, donde volvió a aparecer la predicción.

«Algo anda mal», refunfuñó mamá Cachita y corrió a buscar a su vecino, un famoso palero, quien trajo sus cocos y caracoles. La profecía se repitió: la niña sería noble.

Volando bajo llegaron las primas, quienes leyeron en vasos de agua y el poso del café, en hojas del té y el vuelo de las aves. Todos decían lo mismo: la niña sería noble.

Cachita estaba asustada. Ella solo quería una niña alegre, saludable e inteligente. Incluso si era tonta, podría ser buena cocinera. Papá Cachito ya había destinado un potro para ella.

Para salir de dudas, sacaron el viejo baúl que había traído la bisabuela Cachita de Galicia, y entre alpargatas y libros de magia, hallaron su bola de cristal. Un par de pases mágicos mostraron, en la barriga humeante de la bola, el sueño de Cachita: vestido rosa, la corona, la carroza dorada y un letrero en letras góticas:

«Lady Hamilton»

—Yo quería llamarla Cachita… —suspiró la embarazada.

—Para ser lady, ya que no es noble de nacimiento, debe serlo por casamiento —dictaminó la tía bisabuela Cachita, quien tenía fama de casamentera.

—Pues busquémosle un esposo —chilló la cuñada Cachita, a la que le gustaban los enigmas.

—Para que se cumpla la profecía, el escogido debe llamarse Lord Hamilton —puntualizó la tía bisabuela.

Rápidas se alistaron las Cachitas de Garabulla en sus escobas, se amarraron los pañuelos negros y sombreros picudos, y echaron a volar por el mundo. Unas atravesaron el Océano Atlántico, otras volaron sobre México, estas revolotearon por África y aquellas por el collar de islas del Pacífico. Se chamuscaron las escobas en la Tierra del Fuego, colorearon sus cachetes en el Mar Rojo y las canas, en el Mar Negro. Las que habían soñado ser rubias, pintaron sus greñas en el Río Amarillo. Pero no hallaron al futuro esposo.

La prima tercera Cachita voló sobre los verdes prados de Gales, se constipó con la niebla londinense y revoloteó sobre las tierras altas de Escocia. Llegó al anochecer a un castillo de altos muros, cubiertos de hiedra. Sobre el muro se quitó las botas para estirar sus pies entumecidos. Estaba frotándose el pie derecho, mientras con el izquierdo espantaba a los murciélagos, cuando oyó una gaita desafinada.

—Es la música más horrorosa que he escuchado en toda mi vida —se dijo la prima tercera Cachita y a punto de alzar el vuelo otra vez, escuchó una voz grave que decía:

—Bravo, joven Lord Hamilton. Eres un jovencito muy listo.

La prima tercera se asomó por la ventana y vio en el gran salón a un niño de sayita a cuadros, que soplaba la gaita con toda su fuerza, ante varios señores elegantes. Miró otra vez, para cerciorarse, y emprendió el vuelo de regreso, a tanta velocidad que los radares militares la confundieron con un avión.

Y mientras la prima tercera esquivaba los cohetes, en lo alto de la loma paría Cachita, en medio de la algarabía que formaban las mariposas, abejas, abejorros, libélulas, cigarras, tomeguines, sinsontes, zunzunes, jutías, bijiritas, jubos, venados y totíes.

El libro de los nombres

Muy orondo llegó Papá Cachito a inscribir a la niña en el Libro de los Nombres. Lo recibió un viejito cascarrabias, de espesas cejas grises.

—¿Cómo le pondrán? —preguntó, agitando la pluma de guanajo, con la que anotaba los nombres en un gran libro.

Papá Cachito le entregó el papel donde su mujer había anotado el nombre dado por la bola de cristal. El anciano leyó y, acto seguido, alzó las cejas.

—¿Le pondrán Lady?

—No, Leidi —le rectificó Papá Cachito.

—Aquí dice «Lady».

—Pero es «Leidi».

—Aquí dice clarito «Lady». Mire usted: ele—a—de—i griega. O sea, «Lady».

—Pero tiene que ser «Leidi»

—gruñó Papá Cachito, rabioso.

Ninguno de los dos sabía hablar inglés y por eso no se comprendían. El viejito, erizado como un sijú platanero, gritó:

—Yo he inscrito a todos los niños y niñas nacidos en Garabulla desde hace un siglo, y nunca ha venido ninguna niña que no se llame como se llama.

—Pues usted me le pone como dice el papel, o yo me dejo de llamar Cachito.

—Tres de junio de mil novecientos cincuenta y cinco... —recitó el viejo cascarrabias, que conocía la fecha de nacimiento de todos los niños y niñas nacidos en la región desde hacía un siglo.

El padre de Leidi se quitó el sombrero, asombrado, y preguntó:

—¿Y no pudiéramos llegar a un arreglo?

—No, amigo Cachito. Piense que si le pone «Lady» y la niña se llama «Leidi», puede confundir a las maestras cuando vaya a la escuela o a los policías, cuando sea mayor. ¿Se imagina que su hija tenga sobresaliente en un examen y el maestro no sepa que Leidi se llama Lady? ¿O que una mujer llamada Lady cometa un delito y culpen a su hija, que se llama Leidi?

—Bueno, haga lo que quiera— condescendió Papá Cachito, un poco confundido.

—Qué importa el nombre si la rosa, con otro, seguiría oliendo igual —dijo el viejo de las cejas grises.

Lo mismo pasó con el «Hamilton», que se convirtió en «Jámilton» y que el viejo escribió con letra clarita en el Libro de los Nombres.

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