Cruce de realidades

El minicuento que presentamos hoy pertenece al libro Estampas de asuntos oscuros, Premio Pinos Nuevos 2015

Autor:

Eduardo Corzo

Eduardo Corzo (Manzanillo, Granma, 1992). Narrador y estudiante de Arquitectura del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. En 2013 su relato Esa clase de enfermos ganó el Premio Farraluque de Literatura Erótica, y su proyecto de novela El desierto y la clepsidra obtuvo una de las becas de creación El caballo de coral.

A Ivonne, por la risa infinita.

A Sheila la Grande, su favorito.

Una vez le dijeron que el alma de quienes mueren surge en la coordenada geográfica opuesta al lugar de la pérdida. Por esa razón, desde el fallecimiento de su madre no hacía más que buscar un espíritu al que imaginaba como una enorme bolsa de tul henchida de cocuyos. Si bien solo tenía siete años y rechazaba los principios de la cartografía, el anhelo de semejante encuentro le insufló la perseverancia de un explorador inglés. Preguntó por ella en las sabanas del Serengueti, donde los masáis le otorgaron el estatus de Guerrero Menor. Anduvo sobre el monte Glittertind, a igual distancia de precipicios y cabañas de madera en cuyos techos se posaba la nieve. Conoció los pantanos salinos de Makgadikgadi, la inmensa pirámide budista de Borobudur con sus estatuas en cautiverio, y los largos cuellos de las mujeres birmanas comprimidos por aros de metal. Muy desilusionado, ni en las costas de Belice ni en las ciénagas de la Florida supo el paradero de aquel espectro que luego de muchos atardeceres se diluía en el olvido. Tuvo miedo de quedarse sin recuerdos.

Al final terminó en un pueblo de viviendas eclécticas que sucumbían a los almanaques, entre escombros de cierta prosperidad ya lejana. Y allí la encontró. Tarareaba una canción en el jardín, con una bata de estrellas púrpuras y un pelo blanquecino, en tanto escogía rosas para formar un ramo. El muchacho corrió hacia ella. Una inmensa felicidad le rebosaba el pecho. Cuando la noble señora divisó su carrera de brazos extendidos quedó paralizada, los ojos se le llenaron de espanto y el labio inferior le tembló. Aferrada a las flores, sin importarle que los tallos le hincaran sus púas, huyó en dirección a la casona, siempre perseguida por el hijo. Rápido cerró puertas y ventanas, antes de dirigirse al cuarto que tiempo atrás perteneciera a él. Cada objeto estaba detenido bajo una nebulosa de reminiscencias; incluso los juguetes se mantenían en sus cajas de siempre. Nerviosa hasta los tuétanos, aunque fingiendo serenidad, ignoró la presencia a sus espaldas mientras sustituía las flores moribundas. Después besó la fotografía que le hiciera al niño por su cumpleaños número siete. Nada más deseaba que al voltearse todo fuese una simple broma de la nostalgia.

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