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Teoría del Caos

El cuento que hoy presentamos a los lectores pertenece a su único libro publicado hasta el momento, el ganador del premio David y titulado Etzamián (Ediciones Unión, 2015)

El cuento que hoy presentamos

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a su único libro publicado hasta el momento, el ganador del

premio David y titulado Etzamián (Ediciones Unión, 201El cuento que hoy presentamos a los lectores pertenece a su único libro publicado hasta el momento, el ganador del premio David y titulado Etzamián (Ediciones Unión, 2015)

Autor:

G.V Andersen

Joao se acomodó en el sofá frente al televisor para no perderse el partido que hacía tanto esperaba. Igual estaba seguro de que su selección favorita iba a ganar. Lo supo desde el mes anterior, cuando se le iluminó en plena calle. Tres a cero, para ser exactos. Joao a menudo conocía las cosas antes de que acontecieran. Jamás trató de explicarse el asunto, ni de sacar provecho de ello, porque prefería verse como un alucinado divino y no como un oportunista. Por eso vivía en aquel edificio sin esperanzas. Pero tampoco le importaba demasiado.

Y ahí estaba, sin palomitas ni cervezas, viviendo el partido con la pasión expectante de los que no sabían el final, cuando captó el movimiento errático del insecto. La cucaracha se detuvo justo frente a él. Se acicaló las antenas, sacudió las alas y quedó quieta. Desafiante su presencia. Joao tomó un zapato. Se echó de rodillas al suelo con el sigilo de un cazador. Sin respirar apenas. Cargó el arma por encima de su cabeza. Sería un golpe seco. Solo uno era suficiente…

La señora Denise le advirtió que el edificio tenía cerca de cien años, que penaba por los muros podridos, por las goteras, y que llevaba enfermo de corrosión más de medio siglo. Que el lugar apropiado para poner el televisor en su apartamento era cerca de la solitaria pared que no estaba manchada de humedad, en la parte norte, porque el agua aún no se había enterado que aquella tapia yacía virgen. Y se rió a carcajadas cuando aseguró que la pared sana era la única que mantenía en pie a toda la construcción.

Pero para Joao las advertencias no fueron suficientes entonces, igual se alquiló en el apartamento más destruido de todos; y no serían suficientes ahora porque habría de propinarle tal zapatazo a la cucaracha que terminó por abrir un agujero en el suelo del tamaño de una naranja.

Se asustó muchísimo cuando la naranja devino una grieta que se extendió por la habitación, siguió camino y ascendió los muros, el techo, se ramificó en un segundo y terminó por desplomar el apartamento en un terrible efecto de dominó. Así se vino abajo el piso subsiguiente con el peso y el estruendo de los de arriba. Estallaron los caños, se incendiaron las tuberías del gas, y la enfermedad de corrosión terminó por convertirse en un infarto. La señora Denise, en la primera planta, solo tuvo tiempo de persignarse y sonreír la última vez, porque desde antes adivinó que habría de morir al mismo tiempo que su edificio.

Los vecinos quedaron aplastados por la catástrofe, con la rara excepción de los que ardieron bajo la primera ola de fuego que provocó una explosión misteriosa. Cuando llegaron los bomberos y rescatistas, el capitán al mando preguntó:

—¿A qué lugar llevan los conductos de gas?

La vieja mole de concreto había estado conectada desde tiempo atrás con la antigua Central de Combustibles, un emporio semiderruido que en otro tiempo abasteció a la ciudad completa. Actualmente sus tuberías se trenzaban como una malla subterránea, todas taponadas, que morían en pozos filtrados de carburantes. Por ciertos motivos de ahorro y bellaquería, la señora Denise continuó alimentando su edificio del combustible que aún permanecía atrapado en los tubos, y de los suspiros esporádicos que manaban de los pozos a punto de agotarse; ignoró siempre que en un desastre como el de este día, su edificio iba a ser el detonante de una bomba mayor.

La segunda oleada de fuego hizo explotar dos carros de bomberos y el capitán al mando, casi sin habla y pálido de terror, indicó con voz temblorosa que las llamas no podían, bajo ningún concepto, filtrarse al interior de las tuberías o los minutos de la ciudad estaban contados. Demoró apenas un segundo en dar la orden, suficiente para que el incendio se escurriera como agua por los caños. Y se escuchó un silencio solo comparable con la desolación de la muerte.

—¡Que Dios tenga misericordia! —se escuchó decir a alguien antes de que el estruendo ensordecedor de la vieja Central de Combustibles apagara las luces de la ciudad entera, y avisara que los pozos se habían encendido. Fueron tres días de terremotos donde no quedó nadie.

A Daisuke Atahashi le resultó extraño el olor a mar abierto que se le coló por las ventanas del auto. Aquella mañana su esposa Kiro había despertado con un fuerte dolor de cabeza que lo atrasó media hora entre analgésicos y paliativos, hasta que al fin la señora languideció en un sueño contagioso que Daisuke evitó para no atrasarse más. Entonces trabajaba en un complejo rascacielos colmado de oficinas comerciales que le salvó la vida en otro tiempo, y que hubiera podido hacerlo de nuevo de no ser por la media hora que pasó con su esposa Kiro. De cualquier modo quedará para el misterio si Daisuke habría preferido salvarse o no, cuando supiera que una de las primeras víctimas fue la señora, incapaz de discernir en la profundidad de su sueño.

Lo cierto es que aquella mañana Daisuke se vio envuelto en un tráfico tormentoso, y terminó varado en una calle congestionada de impuntuales como él. Fue ahí cuando lo sorprendió el olor a mar abierto, y cuando los autos de la fila comenzaron a colisionar unos con otros, y se escucharon los gritos y las bocinas excitadas de los coches, y lo chocaron por detrás rompiéndole los faros, y él vociferó «¡Qué diablos te sucede!», pero no le respondió el que lo hizo, porque había abandonado el carro y escapó corriendo calle arriba. En ese momento Daisuke supo que algo iba mal y tuvo el tino infortunado de mirar al puerto de la bahía, a casi una milla de distancia. Después prefirió no haberlo hecho, pues se avergonzó consigo mismo por haberse mojado en los pantalones. Y lo chocaron otra vez, ahora por el costado; y gimió como un chiquillo, presa del pánico y sin querer mirar el tsunami que ensombreció la mañana, pero que no era tan alto como su edificio lleno de oficinas comerciales.

Daisuke intentó abrir la puerta del coche para escapar como los otros, sin saber que el último golpe lo había condenado para siempre. Entonces cerró las ventanas y esperó la muerte maldiciendo a Dios, pues Daisuke ignoraba que al otro lado del mundo había un hombre llamado Joao, una señora Denise, un edificio apopléjico, una antigua Central de Combustibles y un terremoto de tres días enteros.

A la familia de Paolo Orsini la había sacado de la cama los bramidos del Vesubio. Debió suceder algo grave en las capas subterráneas del planeta para que el volcán despertara de su letargo centenario, pues aun cuando la erupción habría de ser inevitable, Paolo Orsini contaba con las palabras cerebrales de los investigadores que afirmaron vehementes ¡hasta cincuenta años más de inactividad! Pero claro, ninguno contó con que una cucaracha viniera a romperles los pronósticos. Y ahí estaba, lloviendo el odio del Vesubio en una noche de cenizas más oscura que la propia noche, con la única luz de los estallidos incesantes.

El caos del exterior de la casa fue penetrando poco a poco por debajo de las puertas, y asaltó a las niñas aterradas que comenzaron a llorar. La señora intentó calmarlas, pero la desesperación era el claro reflejo de sus ojos. Los mismos que buscaron a Paolo, los que le pidieron a gritos de alma que tomara una decisión salvadora de las hijas. Entonces Paolo Orsini escapó del susto paralítico y las arrastró a las tres hasta el coche familiar. Condujo a resbalones, a ciegas, atropellando a quien intentó detenerlo. Por senderos abiertos y por los que abrió él mismo a través de los bosques, evitando el tráfico. Se internó en la península, abandonó su casa y sus bienes y su vida, y después de cinco horas al volante no se percató de que la lluvia de cenizas había cambiado por una lluvia de copos, hasta que una de las niñas se quejó de frío. Solo entonces se detuvo.

Paolo bajó del coche, estupefacto por la duda. Era verano y caía una nieve de invierno. Eran las ocho y el sol no había salido. Era una vida abandonada con la muerte como meta. Cayó de rodillas al suelo con una certeza que lo elevó en la historia.

—¡El Vesubio nos persigue! —dijo como iluminado por el Espíritu de Dios.

Paolo no sabía que una serie de terremotos había detenido al mundo, y que él quedó en la parte oscura. El eje imaginario se trasladó cerca de treinta grados. Los glaciares se fueron derritieron donde hubo luz, mientras que la latitud apagada se congeló casi completa. En ese punto toda forma de vida comenzó a extinguirse. Los continentes se reorganizaron. Surgieron nuevos volcanes, nuevos mares. El centro imantado del planeta brotó a la superficie y terminó por desviarlo de la órbita elíptica alrededor del Sol. Entonces sucedió: el cometa Halley se le vino encima a nuestro mundo, con la misma fuerza que nos alejó siempre. Hubo una explosión en medio del espacio y nos convertimos otra vez en una nube de polvo.

Al final solo quedó un silencio ensordecedor, una Luna a la deriva, una Vía Láctea con un planeta menos… ¡¡GOOOOOOOL!!

Joao alzó la vista. Como previó su selección comenzaba a anotar. Miró a la cucaracha. Aún mantenía el zapato en alto. Pero era solo una cucaracha. A fin de cuentas el edificio estaba plagado por millones. En fin, ¿qué diferencia hay entre dejar vivir o no a una cucaracha?

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