Consecuencias del celibato

Diana Castaños González (La Habana, 1986). Licenciada en Periodismo. Escritora de guiones infantiles para radio. Premio de periodismo 26 de Julio (2008) y de Investigación Literaria Florentino Morales (2013). También obtuvo el Calendario 2016 por No hay tiempo para festejos, el Memoria 2016 y el Pinos Nuevos 2016. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la AHS

Autor:

Diana Castaños González

Pues sí, estoy de celibato. Pues sí, lo disfruto. El recorrer incesante de energía en mi cuerpo, la juventud buscando alguna salida, siempre presta. Pero en espera.

Lo único que no disfruto es pasar los días festivos sola. Me molestan. Cuando una está soltera los días festivos duran mucho más de 24 horas.

Así que acepté la invitación de mi amiga de la infancia y su actual novio para ir a pasar el Día de los Padres con sus cuñados, que estaban recién llegados de Alaska y se habían comprado una casa nueva en Miramar.

Allá fuimos mi amiga de la infancia, su novio y yo, a la casa de Miramar de sus cuñados. Mi amiga en tacones, medias de encaje beige, vestido rojo y cartera verde, no porque intentara una estética determinada, sino porque combinó todas sus prendas más nuevas. Su novio, en su conjunto, incluyó unos audífonos amarillos del tamaño de tortillas sobre su cabeza.

Ambos querían dar la mejor de las imágenes; hacía mucho que no veían a sus cuñados. Quién hubiera dicho que esto era importante para ellos, pensé mientras admiraba mi short y blusilla de quien-sale-de-la-casa-por-cinco-minutos.

Estuvimos buen tiempo en la entrada de la casa… sin saber cómo entrar. Había un jardín inmenso y una verja doble, pero ningún timbre. Llamamos a los móviles de los cuñados, que cuando nos vieron nos explicaron que la verja era la última tecnología que había en el mundo, que de solo tocarla se abría.

—¡Ah, qué pena! —dijo mi amiga de la infancia, tapándose la cara.

Entonces los cuñados nos hablaron de Alaska.

—Un frío de los mil demonios, no se ven personas en invierno, pero hagas lo que hagas te pagan muy bien, porque casi no tienen gente en el país y nunca quieren que uno se vaya —nos dijeron.

También mencionaron que habían ahorrado y que ahora podrían vivir en Cuba con todo lo bueno de un país y del otro. (Según ellos el mejunje ese incluía el clima de Cuba y la tecnología de Alaska).

Antes de empezar a comer mi amiga de la infancia y yo quisimos entrar al baño para lavarnos las manos. Pero no vimos el interruptor de la luz. Nos quedamos entonces un tanto meditativas… hasta que se me ocurrió sacar una linterna que tengo como aplicación en el móvil.

Entonces los cuñados entraron al baño. Nos explicaron que las luces eran de última tecnología, que se encendían con un par de palmadas. Y ya de paso, que el baño se descargaba solo, cuando uno se alejaba par de metros de la taza. Y que para cuando nos laváramos las manos tenían un papel especial para secarnos que no se desintegraba con el roce de las manos húmedas.

—¡Ah, qué pena! —murmuraba mi amiga de la infancia, cubriéndose la cara.

Nos sentamos a comer. Los cuñados nos sirvieron unos platos de comida de última línea, según ellos propios de la Alta Cocina, que era comida hecha con hidrógeno o algo así. El caso es que eran unos cuadros minúsculos de los que salía un humo blanco.

Entonces a mi amiga de la infancia se le ocurrió decir, en mi opinión sin que viniera al tema, que sus cuñados eran la antítesis mía porque ellos vivían con lo último que tenía el mundo y yo me aferraba a tradiciones absurdas como la castidad y el celibato, que eran cosas del pasado.

Ahí mismo se armó el acabose. Que por qué era yo célibe. Que si los hombres, que si lo que me estaba perdiendo, que si la gloria, el señor y las mil vírgenes y el cielo prometido. Que cuáles eran mis porqués. En fin, el mar.

Yo no respondía demasiado. Todo el tiempo del cuestionario modalidad Santa Inquisición tenía una sola idea en la cabeza. Por más que trataba de esquivarla venía a mí, persistía. Estaba yo como niño goloso que intenta no comerse caramelo… hasta que no pude más:

Di par de palmadas fuertes, que resonaron con eco en el comedor.

Todos se quedaron en silencio. Las luces del comedor se apagaron automáticamente, lo que prueba cómo estaba equipada de tecnología esa casa.

Me levanté, encendí la aplicación de mi móvil e iluminé las caras anonadadas de los cuatro comensales.

—Tengo hambre —le dije a mi amiga— ¿salimos a comer una pizza?

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