Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Una ciudad por descubrir (I)

Autor:

Juventud Rebelde

Decía Gabriel García Márquez en una de las crónicas que publicó originalmente en El Espectador y reprodujo luego Juventud Rebelde, que en sus viajes de vacaciones a diversos países del mundo, rehuyó siempre sumarse a alguna de esas excursiones que para visitantes suelen organizar las agencias turísticas o de viajes. Era contrario a ellas hasta el día en que se dio cuenta de que la mejor manera de conocer una ciudad era sumándose a esos recorridos. Y así lo hizo a partir de entonces, si bien nunca dejó de reconocer que «lo peor para mí es que por estar corriendo detrás de tantas piedras viejas uno termina por no conocer la vida real de los lugares que visita».

Hay excelentes guías turísticas como la que sobre La Habana dio a conocer Habaguanex, y la que sobre Cuba publicó, en su momento, el periódico El País, de Madrid, que muy útiles son al escribidor. Sin embargo, el autor de esta página repara en lugares no reflejados en ellas, y que bien merecen la visita no ya de la persona que viene del exterior, sino también de la que llega de otra provincia y aun del habanero. Advierto que, armado de los Apuntes históricos, de Emilio Roig, comencé a recorrer la ciudad en 1963 o 64 y descubrí lugares sobre los que he vuelto muchas veces desde entonces. La Habana Vieja no era lo que es hoy, gracias al ingente trabajo de la Oficina del Historiador. Dígase a modo de ejemplo que el Palacio de los Capitanes Generales —actual Museo de la Ciudad— era el edificio de las oficinas municipales. La casona de Joaquín Gómez, en Cuba y Obispo —hotel Florida— y el palacio del Conde de Jaruco, en la Plaza Vieja, habían sido convertidos en casas de vecindad, y hoteles como Ambos Mundos y Saratoga, eran hotelitos de mala muerte; el primero de estos, albergue del Ministerio de Educación. En la Plaza Vieja se había construido un parqueo subterráneo, mientras que las dependencias del Capitolio, entre el burocratismo y la dejadez, se llenaban de polvo, ratones y excremento de murciélago, y de lo que, en las dos monedas, se recaudaba por las visitas al edificio, no se destinaba un solo peso para comprar una frazada de piso.

Entre otros lugares que merecen visitarse se hablará en esta semana, y en la próxima, de sitios como la iglesia de la Merced, uno de los templos católicos más bellos de La Habana. El castillo de Atarés que, desde su altura, regala una visión que remeda las ciudades de René Portocarrero. El museo Masónico, que exhibe piezas que dejan al visitante sin aliento. El edificio del club Náutico, joya de la arquitectura moderna cubana. La Estación de Ferrocarriles, y El Hurón Azul, casa de vivienda y taller del pintor Carlos Enríquez, en la barriada de Párraga, en Arroyo Naranjo. Porque mucho hay que ver en La Habana, y no solo en su centro histórico.

La Capilla Sixtina Cubana

Edificada en Cuba y Merced, en el centro del barrio de Campeche, todas las opiniones coinciden en calificar como suntuosa a la iglesia de la Merced. Uno de sus recintos, la capilla de Lourdes, por su decoración, fue llamada por el poeta y sacerdote Ángel Gaztelu, «la capilla Sixtina del arte religioso cubano». El arquitecto Joaquín Weiss comparó, en cuanto al estilo, la Merced con la Catedral. Dijo: «Frente a los elementos de gran riqueza plástica y fantasía de la Catedral tenemos las formas escuetas y enteramente convencionales de la Merced. En suma, la Catedral marca el clímax del barroco en Cuba, al paso que la Merced es el último barroco en descenso hacia el neoclasicismo».

Fue el templo de las bodas de rango, favorito de la alta sociedad habanera, pero atrae asimismo la devoción popular por estar la virgen de la Merced sincretizada en la Obatalá de la Regla de Ocha. Por eso los sectores populares no acuden siempre a la imagen de la virgen que aparece en el solemne retablo de la capilla mayor, sino a la antigua imagen encerrada en una urna, casi a la entrada de la iglesia, a la derecha, que es una hermosa talla realizada en el siglo XVIII por un anónimo devoto mulato.

En 1755 se puso la primera piedra del templo. Su edificación era un empeño que venía desde muy atrás. Los padres mercedarios se asentaron en la zona entre 1630 y 1637, y de entonces data el deseo de construirlo. Tenían el terreno y el apoyo del Obispo, también mercedario, pero el proyecto encontró dificultades para su aprobación por las autoridades y chocó con la oposición de los padres franciscanos, dominicos y agustinos que alegaban que la pobreza de la ciudad no permitía nuevas fundaciones religiosas y que las suyas eran ya suficientes para la atención del culto, pese a que los mercedarios aseguraban que solo construirían una hospedería con iglesia para los sacerdotes limosneros.

Parece que algo hicieron, pues hay una orden de demolición, pero no fue hasta 1744 en que reciben la licencia para fabricar. Se inauguraría en 1792 sin haber sido terminada, pues hay de entonces un llamado a la población a «dar la última mano a la obra».

La orden de la Merced fue dispersada definitivamente en 1841 y secularizados sus miembros. Se ocupó su convento y se cerró su iglesia. Reabrieron en 1844 y se pensó en entregarlos a los escolapios y luego a los jesuitas, y se manejó el propósito de establecer allí la Universidad. En 1863 se entregó a la Congregación de la Misión de los padres Paules, que permanecen aún en la Merced.

La iglesia conserva las reliquias de Santa Flora. Obligado es aludir en la Meced a las valiosas pinturas que cuelgan en sus muros. Los frescos laterales son de impresionante realismo académico. Su decoración es única en las iglesias coloniales cubanas. Data del último cuarto del siglo XIX y en esta participaron importantes pintores cubanos como Herrera, Chartrand, Petit y Melero. Hay allí cuadros que se atribuyen a Zuloaga, Murillo y Caso. En resumen, afirma el investigador Manuel Fernández Santalices: «El efecto de conjunto de la iglesia de la Merced es de gran solemnidad no exenta de buen gusto por sus proporciones y decorado».

Academia

Camino hasta la esquina de Cuba y Amargura. Se encuentra allí el edificio del desaparecido hotel La Unión, donde en 1930 se alojó el poeta español Federico García Lorca. La versión de El público, su obra de teatro más enigmática y celebrada, fue escrita a mano en papel de carta de ese hotel. Allí alojaba la Institución Hispanocubana de Cultura, que presidía Fernando Ortiz, a todos sus invitados.

Enfrente, cruzando de manera transversal la calle Cuba, se encuentra, en el número 460, contigua a la iglesia de San Francisco, la sede de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. El ilustre habanero Francisco de Albear, constructor del acueducto habanero que lleva su nombre, ocupó en alguna ocasión una de sus vicepresidencias.

Nada en el exterior anuncia lo que se encontrará dentro. Es un derroche de buen gusto el interior del edificio. Con su escalinata monumental. Los mármoles. Su biblioteca construida con madera preciosa. Su paraninfo. Impacta.

Las gestiones para que el Gobierno de Madrid autorizara la creación de esta corporación fueron iniciadas por el ilustre científico cubano Tomás Romay en 1826, pero no dieron resultado hasta 1860, luego de la solicitud elevada al Gobierno español por Ramón Zambrana y Nicolás José Gutiérrez, eminente cirujano que sería su presidente fundador.

Dos hechos de trascendental importancia tuvieron lugar en el Paraninfo de la Academia. Allí dio a conocer el doctor Carlos J. Finlay su teoría sobre el mosquito como ente transmisor de la fiebre amarilla. Por primera vez se enunciaba la posibilidad de que un ser vivo fuera el portador de una dolencia entre un enfermo y un individuo sano, lo que será base de la Medicina tropical. Tan novedosa concepción no fue aceptada por sus compañeros de corporación, y se recurrió al recurso académico de sugerir a Finlay que dejara su trabajo «sobre la mesa», lo que indicaba que no sería discutido ni comentado. Pasarían años para que la Medicina aceptara la idea de Finlay y la fiebre amarilla, que tantas víctimas causó en América, desapareciera gracias a las medidas de higiene que permitieron controlar el mosquito.

También en el Paraninfo tuvo lugar la llamada Protesta de los 13, cuando en marzo de 1923, un grupo de jóvenes, encabezados por el poeta Rubén Martínez Villena, se pronunció allí contra la corrupción político-administrativa, la manquedad de los gobernantes de turno, la injerencia norteamericana y los valores falsos y gastados, lo que abrió un horizonte insospechado en la vida social, cultural y política de la nación.

Setenta y siete ventanales

Continúa su paso el escribidor. Camina sin rumbo fijo hasta que al fin se encamina hacia la Estación Central de Ferrocarriles, un edificio de estilo ecléctico y decoración plateresca, bellísimo, de cuatro pisos, con sus balcones internos y 77 ventanales. Sus dos torres lucen los escudos del país y la ciudad. Fue construida por la compañía Snare Twiests y sus arquitectos principales fueron J. W. Stickney y McNicol. Sus elevados se extienden a lo largo de un kilómetro y el patio de pasajeros y carga ocupa un área de 14 000 metros cuadrados.

Se inauguró el 30 de noviembre de 1912 y ocupó los terrenos del Arsenal. Sustituyó a la vieja estación ferrocarrilera de Villanueva, sita en la manzana donde después se construyó el Capitolio. Fue un cambio ventajoso, aunque con un sucio trasfondo político: canjeaba los terrenos de Villanueva, propiedad de los Ferrocarriles Unidos, valorados en unos 2 300 000 dólares y que tenían, al parecer, un origen nada limpio, por los del Arsenal, propiedad del Estado, valorados en 3 700 000 dólares; diferencia que iría a parar al bolsillo de unos cuantos avispados políticos liberales y del mismo Presidente de la República al que apodaban Tiburón. De una manera o de otra, la Estación Central posibilitó que se sacara el engorroso tráfico ferroviario del nuevo reparto Las Murallas, lo más codiciado de La Habana de entonces, y añadió valores a la zona donde fue emplazada y la embelleció con su edificio.

En este punto, vacilo sobre el camino que debo seguir. Puedo llegar al castillo de Atarés, o abordar, aquí mismo, un democrático P-4 con destino a la Playa de Marianao. Ya lo veremos la semana entrante.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.