Guillén: el alma de todos

Nicolás Guillén fue esa voz que hablaba por los que no podían hacerlo

Autor:

Guillermo Rodríguez Rivera

Alguien dijo alguna vez que Nicolás Guillén hablaba por los que no podían hablar.

En cualquier caso, ese fue el destino que, en un sentido muy amplio, atribuía Lope de Vega a la voz del poeta. En su Arte nuevo de hacer comedias —su poética— escribía el Fénix de los Ingenios:

porque viene a ser mi voz

alma de vuestro silencio.

En efecto, el poeta dice lo que otros quisieron pero no supieron, no pudieron decir. Por ello, esa ancestral y, al parecer, eterna identificación del alma del ser humano con la palabra del poeta.

Desde que se inaugura la república cubana de 1902, justamente en el año en que nace Nicolás, se ha sancionado un orden que no fue el que concibieron los patriotas cubanos que llevaron adelante nuestras guerras de liberación.

En particular, el ideario de quien fuera el alma de nuestra última guerra de independencia, el pensamiento de José Martí, es especialmente desconocido para la creación de una república donde los Estados Unidos tienen pleno y libre derecho de intervención en sus asuntos, y en cuyos orígenes está el racismo que alimentó la intervención.

La república martiana, donde la ley primera debió ser el respeto a la dignidad plena del hombre, queda únicamente como un sueño.

De esos negros que lucharon por la libertad de la patria, ha nacido Sabás, que tiene que pedir su pan «de puerta en puerta».

Y, junto a Sabás, esos «hombres perdidos» a los que les fragua el poeta su sórdida Canción…, la canción de los que nada tienen salvo el quejido de sus gargan-

tas; esos que se lanzan «como perros hambrientos en una tempestad» sobre la ciudad que los condena.

Tampoco tuvo voz ese Juan, el solo, el simplemente Juan que se sienta, como tantos hombres del mundo, en los bares del puerto —en La Ha-bana, en Jacmel o en Shanghai— únicamente por beber y charlar. Allí está el poeta, como uno más, disfrutando el ron y del pescado y del salitre.

Pero está el grito del hombre de todos los días, el hombre que come, bebe y fornica, el hombre que grita que no es el «hombre puro» que otros quisieran obligarle a ser. O por lo menos, el que quieren que aparente ser.

Y está el hombre que vive con su amor, que sueña con la «piedra pulida» que regresa, desnuda de sí misma, para entregarse a la pasión: o el sueño, el puro sueño, la milagrosa magia de un piano que suena en la mañana provinciana, acaso de 1910 pero, como la poesía es el terreno de todos los tiempos, es el transtiempo, puede estar ocurriendo, sonando ahora mismo, o va a ocurrir mañana, siempre que encuentre el ser humano, ese mismo que le pide prestada la voz al poeta, ese que siente la quemadura de la amapola y la caricia de la camelia, y escucha la viola, la viola real, mental, imaginaria, cierta, tocada por una muchacha, y que entra a cantar con el piano, y que forma ese indescriptible intríngulis, esa solapada dimensión de la pasión que únicamente se revela a quien la goza, porque también el poeta puede hacernos ver el amor como queremos verlo; de esa forma especial que es la de cada hombre y, por la magia incalculable del poema, también es la de todos.

Confío en que alguien haya advertido que en estos textos está hablando un Nicolás Guillén que es también, como todo hombre que se precie de tal, un marginal. Y vamos a tomarlo en su sentido literal: un hombre que se pone al margen, no porque no quiera correr el destino de los demás hombres, que son sus hermanos, sino porque quiere mirarlos desde «fuera»; comprenderlos mejor y comprender mejor el mundo donde está, que es la imprescindible condición para cambiarlo.

Pero Guillén es marginal porque quiere lanzar sobre las cosas, sobre los seres, una mirada que evada la rutina, que no acepte la norma y así poder verlos mejor, ver más exactamente lo que son y poder cantar mejor, cantar como quería Lope, con el alma de todos.

Este día, cerca de su inacabable cumpleaños, escuchemos la voz de todos, la voz de Nicolás Guillén.

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