Cinco preguntas a un joven de 85 años

Quien esté destinado a ejercer la carrera literaria (difícil, como toda carrera) la asumirá contra viento y marea. Una auténtica vocación es indetenible. Así lo considera el gran poeta Roberto Fernández Retamar

Autor:

Marilyn Bobes

Roberto Fernández Retamar acaba de cumplir 85 años. Sin embargo, para nadie es un secreto que confía en los jóvenes, quizá porque él mismo desafía el paso del tiempo y se mantiene atento a todo lo novedoso y original, abriendo siempre camino a los que vienen, en quienes ve —y así lo expresó en la excelente entrevista que le hizo Amaury Pérez para el programa televisivo Con dos que se quieran 2— a los continuadores de esa gran hazaña que es la Revolución Cubana.

Es quizá por eso que quisimos interrogarlo al respecto. La Casa de las Américas, que él preside, tiene en su nómina de trabajadores a una gran cantidad de intelectuales que no sobrepasan los 40 años, y en su casa del Vedado es frecuente encontrar a visitantes que integran la Asociación Hermanos Saíz y que son siempre bien escuchados y atendidos por el autor de ese poema inmortal titulado Felices los normales y de ese ensayo trascendente: Caliban, cuya esencia descolonizadora lo coloca entre los imprescindibles publicados en nuestro continente en los últimos 50 años.

Como muchos de los que ahora comienzan a publicar ese género mayor que es la poesía, Roberto Fernández Retamar mostró desde su primer poemario un estilo muy personal signado por la claridad, el desenfado, el afán de comunicación y el «desalmidonamiento» que otorgaba (y aún otorga) a su producción un encanto irresistible.

¿Qué piensa este grande de nuestra cultura de lo que está ocurriendo en el panorama actual de la literatura cubana? De esta y de otras cuestiones nos habla Retamar en sus breves pero muy precisas y sabias respuestas a las preguntas que le formulé y que son también la manera en que El Tintero le rinde merecido homenaje en este nuevo aniversario.

—¿Cómo era el joven poeta Roberto Fernández Retamar y cuáles sus inquietudes al escribir sus primeros poemas?

—Deslumbrado desde mis 13 años por Julián del Casal, escribí mis primeros poemas hacia 1945. Hasta entonces me atraía sobre todo la matemática, pero una inolvidable profesora, Patria Sedano, y un condiscípulo genial que murió en la adolescencia me ganaron para la literatura. Y solo a partir de 1950 publiqué poemas. Mi inicial cuaderno de versos, Elegía como un himno, dedicado a Rubén Martínez Villena (lo que habla de mis inquietudes), me lo imprimió ese año en su casa Tomás Gutiérrez Alea, «Titón». Desde entonces me consideré (y me consideraron) poeta. Ya había leído a muchos autores que me alimentaron y dejaron huellas visibles en mis textos.

—¿Cómo ve el panorama de la poesía y de la ensayística de los jóvenes autores cubanos?

—Me gustaría estar más familiarizado con tal panorama. Lo que conozco me entusiasma. Pienso ahora en poetas muy jóvenes, como los holguineros Luis Yussef y Moisés Mayán, y el villaclareño Sergio García Zamora, para solo mencionar a unos pocos. He tenido y tengo el privilegio de ver brotar obras de autores de varias generaciones gracias a las cuales la poesía se renueva. En cuanto a la ensayística, creo, con Martí, que «la prosa viene con los años».

—Dada su experiencia, ¿cuáles serían sus recomendaciones a los que empiezan a adentrarse hoy en el difícil ejercicio de una carrera literaria?

—Sé que a los jóvenes no les interesan las recomendaciones. Y sé también que quien esté destinado a ejercer la carrera literaria (difícil, como toda carrera) la asumirá contra viento y marea. Una auténtica vocación es indetenible, y tengo muy cerca ejemplos de ello.

—¿Considera usted, como algunos piensan, que la poesía es un género de juventud?

—Goethe escribió poemas hasta la mucha vejez. Y Fina García Marruz, quien ha cumplido 90 años, produce aún poemas. Pero, en términos generales, creo que la poesía es más propia de la juventud. Es fácil encontrar un poema bueno hecho por alguien de 20 años y aun menos. Por ejemplo, Norge Espinosa tenía 17 años cuando escribió Vestido de novia.

Siempre que usted hace una lectura comienza con Felices los normales y finaliza con ¿Y Fernández? ¿Quiere eso decir que son tales textos los que considera sus poemas preferidos o más logrados?

—Así es. Felices los normales es el poema mío con el que me siento más identificado. Apareció en el cuaderno Historia antigua, que considero obra de madurez y está cumpliendo medio siglo. Por gentileza del poeta Alex Pausides pronto va a ser reeditado en la Colección Sur. ¿Y Fernández? es muy posterior, pero también me satisface. Una vez el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II me dijo que después de leer ese texto yo no debía leer ningún otro, y he seguido ese sabio consejo.

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