La literatura rusa y sus lectores cubanos

Autor:

Víctor Fowler Calzada

Ignoro si habrá estadísticas al efecto, pero cualquier memoria escrita, fotográfica o fílmica alcanza para captar la escena en la que un lector cubano lleva bajo el brazo o abre un libro de un autor ruso. ¿Qué medidores usar para una literatura que llegó a ser, durante casi cuatro décadas, tan próxima como si hubiese sido la nuestra? En cualquiera de los géneros literarios, en el vasto tejido que va desde los clásicos del siglo XIX hasta los autores que se iniciaban en los 80 del siglo pasado en una de las literaturas más poderosas del mundo. Traductores cubanos y del país soviético alimentaron a nuestras editoriales que, junto con las revistas y libros que de allá nos llegaban, consiguieron el milagro de crear en Cuba lectores para una literatura de la cual, antes de 1959, muy poco se conocía en el país más allá de los grandes autores del siglo XIX y esta como patrimonio de las élites letradas. El milagro al que me refiero es el del acercamiento masivo de estos nuevos lectores a la literatura, la lengua y, en general, la cultura rusa de todos los tiempos.

Tan poderoso, modelador y universal fue el proceso de descubrimiento y penetración en la literatura rusa que hoy resulta difícil extraer un nombre que lo simbolice; desde creadores de mundos de alta complejidad espiritual y compositiva (como Tolstói, Chéjov, Dostoievski, Bulgákov o Sholojov), hasta escritores de literatura de tema bélico (como Polevoi, Chakovski, Býkov), de literatura infantil (Olesha), policial (Semiónov) o de la ciencia ficción (Boris y Arkadi Strugatski). Al hablar de pedagogía se pensaba en Makarenko, en Stanislavski a propósito del teatro y en Bajtin cuando se trataba de estética. En sus aspectos más dolorosos y polémicos, el deseo de conocer a ese otro que considerábamos como nuestro nos impulsaba y buscábamos las obras de Pasternak, Ajmatova, Tsvieteiva, Solzhenitsin y de tantos escritores más.

Lo que intento decir es que nuestra relación con la literatura rusa y con lo que esta nos transmitía del espíritu de su pueblo fue un ejemplo sorprendente del proceso de contacto y diálogo entre culturas; proceso que tendía raíces hacia los más diversos ámbitos, pues no pocas veces conocíamos de este o aquel escritor gracias a las adaptaciones cinematográficas de sus obras, las muñecas matrioska terminaron siendo un popular adorno en el ambiente doméstico cubano, beber té negro una costumbre integrada a las nuestras y los éxitos de la cosmonáutica soviética eran conocidos por cualquier escolar. Pese a cualquier contradicción, aprendimos a querer una cultura y un pueblo que apenas unas décadas antes nos habían sido ajenos y distantes.

Las dimensiones de tal interacción abarcan tanto lo hasta aquí dicho como a los centenares de miles de cubanos que, en las más diversas profesiones, estudiaron en territorio ruso o los miles que aquí estudiaron la lengua. Si sopesamos todo junto, podemos sentir que se trata de un capital enorme, de miles de lectores ansiosos por reconectar con una cultura que continúa viva en el interior de la cultura cubana de hoy. Ninguna ocasión mejor que una feria del libro como esta, dedicada a la literatura rusa, para continuar el diálogo y hacerlo aún más significativo.

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