El tiempo siempre triunfa

La soledad del tiempo, de Alberto Guerra Naranjo es polifónica, cinematográfica, retadora, imaginativa, divertida a veces, terrible otras, como la vida, que entretiene sin edulcorar ni simplificar conflictos ni realidades

Autor:

Juventud Rebelde

Leyendo la novela La soledad del tiempo (Ediciones Unión, 2009), del escritor y amigo Alberto Guerra Naranjo, me vino a la mente una frase del profesor y ensayista norteamericano Harold Bloom: La mortalidad acecha, y todos aprendemos que el tiempo siempre triunfa. La asociación no es casual ni mucho menos gratuita.

Basta adentrarse en sus páginas para percibir el olor de la fugacidad, tal vez el viento, el soplo de la fugacidad del hombre y de las cosas. Nada nuevo, diría un crítico o un lector avisado. Sin embargo, la manera en que el autor entrelaza con maestría los hilos de esta historia, provoca un efecto perturbador que va más allá de las circunstancias que describe, de la anécdota que nos regala, de los entresijos que revela con lenguaje impecable, a tono con cada momento, sagazmente musical.

Y hablando de lenguaje, me atrevo a afirmar que es una de las muchas virtudes de esta novela. Un lenguaje en plena concordancia con la historia que nos cuenta, urdido con paciencia y con dominio de las potencialidades de nuestra lengua. En la novela hablan cubanos, blasfeman cubanos, disertan cubanos, todos con el garbo y la picardía que nos caracterizan. Nada de petulancia y culteranismos anacrónicos. Alguien habló de la crudeza, de la poética de la crudeza que se respira en el texto, y creo que no le falta razón.

Tengo el privilegio de haber visto nacer y crecer esta novela. Escuché por teléfono capítulos enteros. Disfruté las peripecias que el autor asignaba a cada personaje. Reí con la aventura del colchón en plena calle, con el absurdo de no llegar al lugar deseado. Medité con un J.L. convertido en «yuma» o extranjero por obra y gracia de la supervivencia, la pérdida de ciertos valores, la astucia como estandarte, con un M.G. cargado de envidia y frustración, con Atencio, disoluto consumidor de revistas y videos pornos además de típico buscavidas o «luchador», como se denomina hoy al que bordea la ley, con el desenfreno de Sergio Navarro echando afuera su dolor frente al farsante de Emilio Varona, en medio de las brumas de los 90, con la literatura vista desde adentro, desde la desgarradura, la infelicidad, la insatisfacción, la estrechez material, en fin, desde la perspectiva de los que dedicamos horas, días, meses, años al solitario y duro acto de escribir, mezclar ficciones con realidades, soñar con ojos abiertos, escudriñadores, críticos, rebeldes y traducir los sentimientos humanos al lenguaje humano.

Novela polifónica, cinematográfica, retadora, imaginativa, divertida a veces, terrible otras, como la vida, que entretiene sin edulcorar ni simplificar conflictos ni realidades, que interroga y busca respuestas, que no se divorcia de la verdad por cruda que esta sea o de lo que cree el autor que es la verdad (por suerte relativa, siempre relativa), que sabe ambientar muy bien sus escenas, que incluso logra que lo que describe se vea, se toque, se huela, se coma, se goce o se vomite, gracias a una mirada penetrante que fascina por los detalles que devela, que no teme equivocarse, desbocarse, que maneja la ironía como pistolas, tristes o graciosas antinomias que nos cercan, con disímiles voces narrativas, sincera en sus presupuestos, con vocación de universo, sin complejos de aldeano o ciego diletante a la hora de mirar autores, literaturas, que apuesta a la ética humana, a la justicia y a la belleza sin moralejas de pacotilla y discursos oportunistas para caer bien, con la cual se puede o no comulgar, pero que no dejará impasible al lector, incluso a los que se viesen reflejados por claras u oscuras razones.

Al final uno se pregunta, entre muchas otras interrogantes, qué es la literatura, para qué sirve la literatura, qué es ser escritor, cuál es el destino del escritor y se da cuenta de que lo que hemos leído de cierta forma ya lo sabíamos o lo sospechábamos, porque siempre ha sido así en los corrillos literarios de aquí y de allá.

Lo esencial, a mi juicio, es que la novela no se limita a la llamada ciudad letrada, sino que abarca la sociedad en su conjunto, traduce códigos de angustia y saturación, plantea asuntos tan actuales como las pústulas del racismo, el envilecimiento y la falta de escrúpulos, nos dice que detrás de un artista o debajo de un verdadero artista bulle la pasión, el deseo incurable, la ambición de crear una obra que trascienda y que ese artista come, bebe, sostiene un hogar, comete errores, cae en tentaciones, fracasa o triunfa como cualquiera. No hay respuestas simples, en esta novela se eluden las respuestas simples, si es que hay alguna respuesta. Tampoco banalidad, algo tan frecuente en la literatura enlatada y con fecha de caducidad (la frase es de Harold Bloom) que se fabrica en este mundo de ahora.

Sergio Navarro, una suerte de alter ego del autor, dice en uno de sus interesantes monólogos: Intento una novela que trascienda lo inmediato, que desasosiegue, que controle con rigor los materiales manejados y no se me imponga, que se deje inventar como la vida, a largo plazo, sin apresuramientos, como los grandes designios. He aquí uno de los secretos de esta magnífica novela.

Sin pesimismo barato (tampoco con el optimismo del otrora realismo socialista), la novela parece decirnos que estamos solos en el tiempo, que nunca dejamos de estar solos, que al final estamos solos y que el tiempo siempre triunfa. Sergio Navarro no pudo con el tiempo que le tocó. Horribles accidentes le enredaron la existencia, le escamotearon sus ambiciones. Entonces aparece el escritor real que es Alberto Guerra Naranjo y concluye la novela que Sergio soñó y que no es otra cosa que su propia vida.

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