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Alberto Pedro: teatro y verdad

Autor:

Norge Espinosa Mendoza

La aparición de Teatro Mío, un tomo que recopila una docena de textos firmados por Alberto Pedro Torriente, merece toda la atención de un verdadero acontecimiento. Lo creado por este actor y dramaturgo en su breve y apretada existencia (1954-2005) alcanza por fin a un lector que puede ahora comprender el sitio real de sus creaciones, la fuerza de su sentido teatral y su capacidad de permanencia, que tuvo además en Miriam Lezcano y el grupo Teatro Mío el mejor de los aliados, pero que ya va tocando a otros colectivos, como Teatro de la Luna, seduciéndolos con el empuje de una palabra escénica enteramente cubana.

No es demasiado frecuente el que volúmenes así lleguen a las estanterías, si bien es enteramente saludable el empeño que desde editoriales como Letras Cubanas (responsable de esta entrega) y Alarcos, va poco a poco cubriendo el vacío de varios años atrás, cuando el criterio de que no existía un público dispuesto a leer teatro, entre otras excusas, alejó a muchos dramaturgos de la letra impresa.

En los últimos tiempos, libros que recogen buena parte de lo firmado por Abelardo Estorino (cuyo teatro completo espera una reedición a la altura de lo que todas sus piezas verdaderamente significan), Héctor Quintero, Eugenio Hernández Espinosa, Nicolás Dorr o José Milián, nos recuerdan, entre muchas cosas, cuán recelosos se muestran los jurados de premios y distinciones hacia nuestros escritores de la escena, merecedores algunos de ellos de esos galardones que se les escapan, a pesar de la calidad de lo que nos han ido legando.

Alberto Pedro no alcanzó a ver su libro en vida. Esa pena trata de suplirla este volumen, cuidadosamente editado, en el que pueden hallarse sus principales creaciones. Quien quiera saber de lo mejor de nuestra cultura, y no solo de la teatral, podrá encontrar aquí textos diversos y loables, como Week-end en Bahía (su primer gran éxito), Manteca o Delirio habanero, imprescindibles como espejo de lo que somos, lo que quisimos y lo que queremos.

Irreverente, arriesgado, siempre al límite: así estuvo viviendo Alberto Pedro y así lo sobrevive ahora su teatro, cargado de un humor que mezcla amargura, choteo, parodia, teatralidad y sensibilidad devastadora. Del marco realista de Week-end… el lector de este libro puede pasar a la fuerza alucinatoria de Delirio… y llegar hasta la fábula esperpéntica y demoledora de El banquete infinito, aún sin llevarse a las tablas.

El prólogo de Vivian Martínez Tabares no es solo útil como coordenada para asimilar la singularidad de un hombre que conocía la escena desde adentro, sino también como un análisis que ubica en contexto esas obras y anuncia por qué varias de ellas siguen siendo tan necesarias como en el día de su estreno.

La recopilación no es exhaustiva (quedan fuera obras que el dramaturgo desautorizó o que dejó en manos de sus actores y colaboradores). Se incluyen dos monólogos (Esperando a Odiseo, estrenado por Pancho García y Miriam Lezcano), y Las lágrimas no hacen ruido al caer, aproximación a ese espíritu musical indomable que fue la Lupe.

Podrían revisitarse, a partir de lo que este conjunto, este haz de piezas que son el retrato de lo más sólido que Alberto Pedro nos legó, diversos puntos que conforman una poética propia en su dramaturgia: la presencia de la música como elemento dramático, el drama de los seres desajustados dentro de un ámbito que se resiste a cumplir mecánicamente las utopías que los sustentaron alguna vez, y encontrar en sus roles femeninos un trazado sicológico que hilvana esos personajes a otros no menos memorables de nuestra tradición teatral. Alberto Pedro dialoga en estas piezas con los maestros de la escena cubana: Piñera, Quintero, Estorino, Triana, y demuestra tener argumentos con los cuales organizar sus propios conflictos. Y también con otras presencias imborrables, como la de Bulgákov, a quien evoca en Desamparado, a partir de El maestro y Margarita.

Recuerdo algunas funciones de Manteca en pleno año 1993, sin luz eléctrica, sin aire acondicionado, en condiciones tan arduas como la obra misma. Y los debates, las polémicas, que ese texto extraordinario desató. Recuerdo, también, la espléndida versión de Delirio habanero que Raúl Martín tiene como una joya de su repertorio, en homenaje al autor y a los actores que la estrenaron en 1994, diciéndonos que esas palabras pueden ser ya puente para otros talentos. Recuerdo a Alberto Pedro, tremendo e irrepetible, cuando pasó la vista sobre este libro que se llama como el grupo al que tanto amó: Teatro Mío. El lector puede ahora hacerlo suyo. Ser los personajes de Alberto Pedro. Ese privilegio nos lo da este volumen. Que leerlo sea, también, hallar otras maneras de aplaudirlo.

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