Acercamiento a la antigua prisionera, hoy evadida

La fugitiva estimula el deseo del lector de explorar hasta el final, para luego recobrar el tiempo perdido, en el último tomo de uno de los hitos de la literatura contemporánea

Autor:

Susana Adilen García González*

Para algunos historiadores y críticos, la novela cíclica En busca del tiempo perdido, del escritor francés Marcel Proust (1871-1922), constituye la cumbre de las letras francesas del siglo XX y una de las más grandes creaciones que se pone al servicio de un propósito radicalmente innovador del género novelístico. La sexta parte de esta obra es La fugitiva, volumen que ha sido publicado por la Editorial Arte y Literatura en el año 2010.

Proust brinda al lector todo un ágape verbal tomando como base la pérdida —que concluye en encuentro psíquico— de Albertina Simonet, la antigua prisionera y ahora presencia constante en un obsesivo y complicado ejercicio mental. El dolor del narrador-protagonista por haber perdido a Albertina es innegable. Ante la fatalidad de su desaparición, nace el verdadero y lacerante padecimiento, que en un momento determinado crece, se propaga y se torna opresivo. La única manera que encuentra para recuperarla es la memoria, recordar lo que ha vivido junto a ella con intensidad. «El sufrimiento por la pérdida deviene tan punzante y omnipresente que el recuerdo se transforma en imperativo y en refugio el dolor». Se valida así la vieja sentencia «recordar es volver a vivir» o el célebre verso de Jorge Manrique «todo tiempo pasado fue mejor». A partir de una prosa prolija, el pasado se vislumbra, o mejor, se reconstruye con asombrosos detalles que buscan una visión más auténtica de lo real, en la que el tiempo desempeña un papel compensador.

Al adentrarnos en el universo que Proust nos describe, transitamos de lo que intuimos de forma somera, al conocimiento fragmentado de disímiles personajes, en medio de una época y una sociedad burguesa con ínfulas, frivolidades, vicios, pasiones, verdades a medias y mentiras desgarradoras. Todo esto en su conjunto, focalizado por medio de divergentes prismas, lejos de mostrarnos una consistencia objetiva, nos presenta juicios y visiones que suelen ser provisionales, pues se erigen como sustancia de un recuerdo y, por ende, de las proyecciones anímicas.

Ahora bien, al observar la obra como una entidad unitaria, es evidente que el hilo conductor y el aliciente que nos motiva es el lenguaje. Su estilo laberíntico, donde abundan los períodos largos, parece obedecer al propósito de descubrir los fulgores de la vida interior. Y eso es tal vez lo que cautiva. Lo afectivo y lo subjetivo se mezclan en una realidad que solo tiene sentido a través de la percepción concreta o imaginaria del sujeto, dándole ese aliento de ambigüedad que recorre la novela.

La fugitiva es una lectura extraordinaria que alimenta el espíritu. Esta singular historia, con sus digresiones y saltos temporales como el fluir involuntario de la memoria, estimula el deseo del lector de explorar hasta el final, para luego recobrar el tiempo perdido, en el último tomo de uno de los hitos de la literatura contemporánea.

*Estudiante de tercer año de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana

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