¿Qué hay detrás de la «puntuación Apgar»?

Sobre una servilleta de papel se escribieron los cinco parámetros que todavía sirven para salvar millones de vidas. La autora enfrentó enormes prejuicios en el camino a ser una de las más notables profesionales en la historia de la Medicina

Autor:

Julio César Hernández Perera

Al traer al mundo un nuevo ser, muchas mujeres escuchan al médico cuando anuncia el número con el cual califican al recién nacido. La cifra se subordina a lo que se conoce como «puntuación Apgar», escala que tiempo después del nacimiento los padres suelen recordar como prueba de la buena salud del niño: «Tuvo una puntuación por encima de siete…», dicen orgullosos.

Si a madres y padres no familiarizados con el universo de la Medicina les preguntamos detalles acerca de la «puntuación Apgar», difícilmente responderán con exactitud.

Detrás de esa escala habita la entrega de una mujer sobresaliente, quien supo aprovechar las pocas oportunidades que tuvo hasta convertirse en una de las más notables profesionales en la historia de la Medicina.

Se llamó Virginia Apgar, y se enfrentó a las barreras de una sociedad transida por el machismo. De tal modo eran las cosas en la época que vivió esta mujer, nacida el 7 de junio de 1909 en Westfield, Nueva Jersey, Estados Unidos, que solo después de graduada tuvo oportunidad de conocer a féminas de su misma profesión.

Había optado por estudiar y ejercer una carrera que básicamente realizaban los hombres. Los prejuicios de que fue víctima la obligaron a cambiar de especialidad médica para poder subsistir. Tuvo que declarar con frecuencia que «la mujer estaba liberada desde el momento en que nacía».

Despunte de una eminencia

Virginia desde niña aprendió a tocar el violonchelo y el violín, y en 1929 se graduó en Zoología y en artes. Para pagar sus estudios realizó diversos trabajos, e incluso atrapaba gatos para un laboratorio de fisiología. En el mismo año 29 empezó a estudiar Medicina en el Colegio de cirujanos de la Universidad de Columbia, Nueva York.

Eran momentos convulsos y difíciles. El país estaba inmerso en un período de severa recesión económica. Como muchos, Virginia llegó a vivir asediada por deudas financieras y tuvo que pedir ayuda a sus familiares para continuar su carrera. Se graduó de médico en 1933, con el mérito de ser la cuarta en el escalafón.

Su mayor incentivo era ser cirujana y ganó un internado en Columbia. Sobresalió rápidamente por su inteligencia y por ser la única mujer en una clase de 90 estudiantes. Pero menos de un año duró su formación. El destacado doctor Alan Whipple, en aquellos momentos jefe de cirugía, la convenció para que empezara a formarse como anestesista. Eran dos las razones que apoyaban aquella propuesta. La primera, un precedente desfavorable, determinado por el fracaso financiero que encontraron cuatro cirujanas que él había entrenado. En esos momentos la cirugía era una especialidad muy disputada.

La segunda razón fue la perspicacia que tuvo el profesor en sus ansias por mejorar la anestesia. En la mayoría de las intervenciones quirúrgicas las anestesias eran seguidas por enfermeras y los cirujanos necesitaban avances en esta especialidad.

Whipple fue capaz de ver en Virginia cualidades consideradas como óptimas para esa especialidad. Así fue que hacia finales de 1936 ella trabajó intensamente en prestigiosos lugares, como algo necesario para su preparación como anestesióloga.

Desarrolló una ferviente labor investigativa, y enfrentó la abrumadora carga asistencial y la resistencia de los cirujanos para admitir a los anestesiólogos como sus iguales en el quirófano.

En 1946 tuvieron lugar importantes cambios. Había culminado la Segunda Guerra Mundial y la anestesia empezó a ser reconocida como especialidad. Fue el momento para formar un Departamento de Anestesiología y desarrollar un ambicioso programa de investigación.

Aporta a la anestesia obstétrica

Virginia encontró gran motivación en la anestesia obstétrica. Era esa una especialidad que estaba muy descuidada, abandono que constituía una de las causas principales de la elevada mortalidad materna en el país norteño. Por eso la excepcional mujer desarrolló en el Sloane Hospital for Women un programa de enseñanza para los residentes que debían rotar durante dos meses por anestesia obstétrica.

Ella dedicó diez años a la evaluación del recién nacido.

Al final pudo haber asistido a unos 17 000 pequeños en el momento de nacer. Una de sus más grandes contribuciones fue la Valoración de Apgar, también conocida como «puntuación de Apgar», la cual se basó en cinco datos del bebé: frecuencia cardiaca, esfuerzo respiratorio, tono muscular, respuesta refleja y color.

La idea de la puntuación apareció en 1949: cierto día un estudiante de Medicina mencionó la necesidad de evaluar a los recién nacidos. Basada en su gran experiencia, Apgar le dijo que eso era fácil, y escribió sobre una servilleta de papel los cinco parámetros que se contemplan en la puntuación. Desde entonces este método práctico se comenzó a emplear, estandarizar y validar exitosamente en diferentes partes del mundo.

Virginia dedicó su existencia no solo a la Medicina: era aficionada al béisbol, la filatelia y la música clásica. Participó como violinista en cuartetos integrados por médicos y aprendió a fabricar instrumentos de cuerda.

Considerada como fundadora de la Perinatología, y exitosa en sus proyectos más importantes, murió el 7 de agosto de 1974, en Nueva York. Fue descrita como un ser «con profunda empatía con la humanidad».

Nada la detuvo, ni siquiera sentir que en su época los prejuicios contra la mujer podían convertirse en barreras insalvables.

Bibliografía.

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García Galavíz JL, Reyes Gómez. Dra. Virginia Apgar (1909-1974). Una mujer ejemplar. Acta Pediatr Mex 2007; 28(1):38-46

Doctor en Ciencias Médicas, especialista de Segundo grado en Medicina Interna, profesor titular de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana e investigador auxiliar.

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