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Descubrimiento cubano y de «pura cepa»

Hace casi un siglo un pediatra cubano llamado Antonio Béguez describió por primera vez la sintomatología de una rara enfermedad en los niños. Sin embargo, algunos pretendieron adjudicarse su mérito, incluso hoy se hace referencia a esta afección como de Chédiak-Higashi

Autor:

Julio César Hernández Perera

Ciertp día del año 1933, en Santiago de Cuba, una desesperada madre llevaba a su hijo al hospital Saturnino Lora. Allí, un médico puso su interés y conocimiento en aras de salvarlo. Aunque están dispersos en el tiempo los datos de aquel encuentro, es probable que el niño llamara la atención por su frágil estado de salud, embestido por convulsiones y fiebres, y por su particular cabello de color gris.

A los pocos días la muerte sacudía con dolor las almas de la familia del paciente. También sufrió el médico, a quien, según se cuenta, le caló hondo la impotencia ante la muerte del pequeño.

Pero las historias se repitieron, y durante sus años de profesión, a aquel doctor santiaguero llamado Antonio Béguez César (1895-1975), se le presentaron dos niños con síntomas muy similares a los del paciente fallecido.

Para sorpresa del galeno, los dos nuevos pacientes eran hermanos de la anterior víctima. Como todo buen facultativo, Béguez se resistió a dar la espalda a una incógnita, y por eso dedicó años al exhaustivo estudio de las historias clínicas de los tres pacientes, así como de otras historias de interés. Al cabo del tiempo, llegó a la conclusión de estar ante una enfermedad nunca antes descrita en la Medicina.

Neutropenia crónica maligna familiar fue el nombre que le dio Béguez, y el descubrimiento fue hecho público, por vez primera en el orbe, en 1943, en el Boletín de la Sociedad Cubana de Pediatría.

En la actualidad la enfermedad clasifica dentro del grupo de las raras o poco frecuentes. Forma parte, además, de las afecciones consideradas como inmunodeficiencias, específicamente causadas por un trastorno que tiene lugar en determinadas células (linfocitos polimorfonucleares y macrófagos).

Estas células son capaces de apoderarse, mediante seudópodos (emisión de prolongaciones celulares como si fueran dedos), de bacterias y toda clase de partículas nocivas o inútiles para el organismo. También llamadas fagocitos, integran uno de los mecanismos de protección contra las infecciones.

El médico cubano describió la enfermedad como un trastorno que se halla en un complejo proceso que ocurre en el interior de estas células.

Con el ulterior desarrollo de la Genética se supo, además, que la afección es causada por una anomalía muy específica a nivel de un cromosoma (el 1q43).

Por todas estas razones el mal se puede heredar, y quienes lo padecen pueden tener infecciones graves, y lo más cruel: casi siempre los afectados son niños.

Epónimos desatinados

En Medicina es habitual el empleo de epónimos (nombre de una persona o de un lugar que designa un pueblo, una época, una enfermedad, etc.) para denominar determinadas enfermedades o técnicas. Es una forma de recordar la historia y agradecer los aportes y el esfuerzo de grandes personalidades que por lo general hicieron importantes descubrimientos.

Actualmente, quizás instigados por una corriente de anglicismos que atiborran nuestros espacios como si nos despreciaran, es posible encontrar en diferentes comunicaciones de habla hispana que se escriba enfermedad (o síndrome) de «Beguez-Cesar» —sin tilde y unidos por un guión—, como si se tratara de dos médicos. Pero más lamentable es ver cómo casi siempre encontramos —incluso en los libros cubanos de Pediatría— que se hace referencia a esta afección como de «Chédiak-Higashi». Se niega así el lógico reconocimiento que merece nuestro pediatra.

Es importante precisar cómo la segunda mención de la enfermedad apareció en la revista Archivos alemanes de Medicina clínica, en 1948, escrita por el médico alemán Steimbrinck. En 1952, a punto de cumplirse una década del reporte hecho por nuestro santiaguero, el francés Moisés Chédiak publicó su referencia, mientras que el japonés Otokata Higashi lo hacía un año más tarde.

Los dos últimos autores manipularon sus reportes como «los primeros en el mundo». Intentaron llevarse un mérito que no les correspondía, y así germinó un desatinado epónimo.

El eminente pediatra cubano tenía 78 años cuando participó en la Primera jornada latinoamericana de estudios cooperativos en Hematología, celebrada en La Habana en 1973. En la clausura de ese encuentro hubo un momento especial, cuando se le reconoció oficialmente como el descubridor de la mal llamada enfermedad de Chédiak-Higashi.

De esta manera quedaba bien claro para la comunidad médica el crédito de Antonio Béguez César y se hacía justicia por el derecho que se le había usurpado.

Otros momentos

La vida de este célebre santiaguero estuvo colmada de significativos momentos. Graduado como médico en 1919 en la Universidad de La Habana, se vio obligado a ejercer la profesión en la ciudad matancera de Cárdenas por un modesto salario: no había encontrado trabajo en su ciudad natal y atravesaba por una precaria situación económica.

Permaneció en esa ciudad del norte de Cuba hasta 1921, cuando tuvo que marchar a Santiago de Cuba por la enfermedad de su madre. Allí empezó a trabajar en el hospital Saturnino Lora, sin sueldo alguno por siete años, hasta que se le habilitó como médico de ese centro.

En 1929, junto a otros profesionales, creó en el hospital una sala para la atención especial a los niños. Algunos afirman que el embrión de la Pediatría santiaguera estuvo allí, donde Antonio trabajaba gratuita e infatigablemente. Solo después de 14 años de trabajo en ese lugar se le asignó un sueldo como jefe de servicio.

Fue fundador de la Sociedad Cubana de Pediatría de Oriente, en 1934, y por decisión unánime, su primer presidente. Muchos fueron los trabajos presentados relacionados con la atención médica de los niños.

Con orgullo presenció cómo uno de sus hijos combatió en la Sierra Maestra al lado de «los barbudos». No podía hacer menos que él y por eso ayudó a ocultar a perseguidos por los batistianos, y a dar atención a los hijos de los revolucionarios.

Al triunfar la Revolución tenía 64 años y se afirma que ansiaba tener menos edad para consagrarse a la obra social con el mismo ímpetu con que se había dedicado a curar niños.

Esta es una historia que merece ser recordada en homenaje a un pediatra cuya entrega forma parte de los tesoros que mejor nos distinguen como nación.

Fuentes:

León Guevara, A., et al (1999): Yo, Antonio Béguez César, médico cubano. Rev. Cubana Pediatr, 71(4)

Staines, A.T., et al (2005): Inmunodeficiencias por alteraciones en las células fagocitarias: un desafío para el pediatra. Alerg. Asma Inmunol. Ped., 14(1): 5-9.

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