El Síndrome de Peter Pan

Esta patología fue descrita en 1983 por el psicólogo Dan Kiley, aplicándola a las personas que no quieren aceptar las responsabilidades propias de la vida como adulto Pregunte sin pena

Autor:

Mairim Silva Rodríguez

Adrián nunca había tenido novia. Pasados los 25 años decidió establecer una relación con una muchacha, pero al ver que las cosas iban en serio y cada vez se formalizaban más, decidió romper con ella repentinamente, a pesar de lo mucho que le gustaba.

Dice que junto a ella se sentía bien, pero sin ella también. Solo quiere tener sexo sin responsabilidades. No está preparado para casarse y tener hijos, y cree que nunca se va a enamorar. Para él, tener pareja significa perder su libertad.

Esta actitud inmadura de Adrián no es solo ante el noviazgo, sino ante todo lo que entrañe la más mínima responsabilidad. Se molesta si en su trabajo le dan a asumir una tarea. En la casa no hace nada, pues piensa que esa no es su obligación. Teniendo la oportunidad de independizarse, no lo hace.

No hace nada para solucionar sus problemas, prefiere vivir con ellos a cuesta, lamentándose de su mala suerte. No le interesa superarse profesionalmente, no tiene metas ni aspiraciones en la vida, y amigos, muy pocos. Algo sí tiene de sobra: mucha pobreza de espíritu.

EL COMPLEJO DE NUNCA JAMÁS

Adrián cree que es una persona «rara», pero lo más probable es que sea víctima del Síndrome de Peter Pan, fenómeno psicosocial muy de moda en estos tiempos.

En el año 1983 el psicólogo Dan Kiley describió esta patología en un libro, aplicándola a las personas que no quieren crecer.

A su juicio, es un conjunto de características propias de quienes no saben o no quieren renunciar a ser hijos para empezar a ser padres o madres. Tal dificultad se produce por igual en hombres y mujeres, a cualquier edad.

Al final de la adolescencia, todos debemos empezar a orientar nuestra vida hacia una determinada dirección. El problema surge con la negación de superar esta etapa, y el resistirse a crecer.

Es como tener un cuerpo de adulto con mentalidad de niño. Si esta fase no se supera, ocasiona quejas emocionales, como la baja autoestima, ya que estas personas lo quieren todo, pero sin renunciar a nada de lo que tienen, y no están dispuestas a poner de su parte para conseguir nuevas metas y objetivos.

Por eso se quejan y culpan siempre a los demás. No se sienten parte del problema o dificultad, ni siquiera reconocen que tengan algo que ver con su evolución. Tales «Peter Pan» tienen un deseo enorme de que los demás cubran sus necesidades, y si no es así, se enfadan y «echan a volar» con rumbo desconocido.

Su comportamiento sigue siendo propio de la adolescencia: les seduce más el idealizado País de Nunca Jamás (juventud) que su momento real (madurez). Por eso tienen miedo a la soledad y son inseguros, aunque no lo demuestren.

Su actitud está más centrada en recibir, pedir y criticar, que en dar, querer o hacer. No están hechos para la vida adulta, y no se pueden comprometer porque creen que será un obstáculo para su «independencia».

En realidad, cada Peter Pan depende de alguna Wendy: una persona que cubra sus necesidades básicas. Ellos no se responsabilizan por lo que hacen, pero creen que otros sí deben hacerlo.

Están centrados en sí mismos: sus disgustos, su estrés, su excesivo trabajo... Aunque disfruten de éxito profesional o económico, se dan cuenta de que su vida no tiene la firmeza ni la estabilidad que les gustaría. Están insatisfechos con lo que tienen, y sin embargo no hacen nada para solucionarlo.

APARIENCIAS QUE ENGAÑAN

Falta de responsabilidad, actitudes de desamparo, extorsión emocional y una despreocupada visión de la vida, son algunos de los síntomas de esas personas que, como Peter Pan, eligen ser eternamente niños, según se describe en el sitio web zonapediatrica.com.

Por una parte suelen ser personas divertidas, y a su lado todo parece pura alegría de vivir. Por la otra, tratan de evadir continuamente sus responsabilidades; se refugian en fantasías imposibles de cumplir y culpan a los demás de todo lo que les ocurre.

Pueden parecer seguros de sí mismos, incluso arrogantes, pero en el fondo se sienten vulnerables.

Su presencia no pasa desapercibida: son chispeantes y seductores, incluso a primera vista, pero realmente son indecisos, inseguros y, sobre todo, temen que no los amen, por lo que tapan sus inseguridades con una máscara de seguridad y alegría ficticia.

Viven escondiéndose tras fachadas y excusas; disimulan su incapacidad de madurar con juegos, pasatiempos, negocios fantásticos, grandes proyectos imposibles y aventuras amorosas (a veces inventadas). Como si el único compromiso que asumieran realmente es el de evitar a toda costa cualquier compromiso.

UN ALMANAQUE POR ESPEJO

Tarde o temprano, todos nos convertimos en personas «grandes», independientemente de lo que hagamos o no por nuestras vidas. Sin embargo, este natural proceso requiere esfuerzos.

Cada individuo debe elegir conscientemente el llegar a ser adulto, y empeñarse en lograrlo, lo cual empieza al aceptar la responsabilidad de lo que uno es y lo que uno hace; sin evadir obligaciones ni utilizar excusas para justificar su conducta.

Quien no ha recorrido este camino como es debido, lo primero que tiene que hacer es darse cuenta de que tiene un problema. Muchas veces hace falta sentir en carne propia las consecuencias de nuestros actos, para entonces pensar en la necesidad de algún cambio.

Según reconocen los expertos —y demuestra también la práctica cotidiana—, las conductas ejercidas durante muchos años no se modifican fácilmente, por lo que una terapia psicológica sería la mejor indicación, ya sea individual, de pareja o con toda la familia.

Es preciso evitar el error de creer que el problema es solamente del afectado, pues en muchos casos la pareja o los padres tienen una gran responsabilidad en esta actitud escurridiza, aún sin percatarse de ello.

Para que una persona se recupere de este síndrome, debe enfrentar la realidad y asumir las consecuencias de sus actos. Si se queja de sus problemas, en vez de consolarlo, acusarlo de inútil o quejarse junto a él, es mejor preguntarle qué va a hacer al respecto y apoyar sus decisiones.

Fomentar las partes positivas de su personalidad y alentarle a que desarrolle su potencial adulto basándose en ellas, es la actitud más coherente y adecuada en estos casos.

Solo así podrá cerrar la ventana de su vida para evitar nuevas fugas al estilo del legendario chiquillo volador.

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