Almas desiguales... ¿Por qué no?

Se acerca el Día del amor, y algunas parejas se preguntan si el suyo resistirá la distancia, nuevos proyectos individuales o las diferencias que se instalan en sus vidas y les «alejan» momentáneamente Pregunte sin pena Sabías que...

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Más allá del amor y el goce sexual que unen establemente a una pareja, todos tenemos puntos vulnerables: intereses que nos hacen «ir y volver» de nosotros mismos hacia situaciones por las que la otra persona no se siente motivada.

A veces son cismas superficiales, como el gusto por un tipo de música, el color preferido o el equipo al que apoyar en una competencia. Otras son tan profundas como un trabajo absorbente, un pasatiempo apasionante o departir con amigos y familiares que para la otra parte resultan antipáticos.

Al principio, cuando estamos apenas conociéndonos y damos mucho valor a las coincidencias, tales desacuerdos se dejan a un lado para no crear disonancias en la relación. Se extraña, pero se puede prescindir momentáneamente de su disfrute.

El siguiente paso es procurar el contagio: tratar de ser empáticos con lo que a cada cual le interesa, para abrir el espectro de lo disfrutable, lo cual constituye uno de los mayores méritos del amor, pues de esa dulce manera adquirimos conocimientos y nuevas pasiones para el resto de la vida.

Pero no todo es unificable en una pareja. «Lo que no nace, no crece», dice el refrán, y determinados gustos son totalmente incompatibles con la personalidad de cada quien, sin que eso signifique de facto una unión condenada al fracaso. Tarde o temprano entenderemos que en materia de amor también dos son uno más uno, cuando las viejas preferencias reclamen su espacio, proceso que jamás ocurre en total armonía.

Numerosos casos en las consultas de terapia sexual dan fe del desgaste que supone ese intento de regresar a la «normalidad» si no se tiene suficiente sabiduría para enfrentarlo. La tercera parte de las cartas recibidas en nuestra sección a lo largo de 2006 son también síntoma de esta realidad, abordada hoy por Sexo Sentido para invitarlos a reflexionar en vísperas del 14 de Febrero, el llamado Día del amor.

ESPERA CREADORA

Popularmente se dice que la mujer se casa convencida de que transformará al marido, y el hombre lo hace con la esperanza de que ella nunca va a cambiar... Ambos se equivocan, pero aquellos que además tratan de anular tales diferencias para evitar enfrentamientos, probablemente terminen con una mayor pobreza de espíritu y mucho más lejos de la realidad.

Extrañarse a sí mismo puede llegar a ser más doloroso que renunciar a la persona amada, y es un rencor que de todas formas corroe cualquier vínculo y termina explotando. Es inevitable soñar, sentir nostalgia, añorar lo que nos dio placer en el pasado... mucho más cuando sabemos que tales deseos resultan inofensivos para la pareja, si bien no le son especialmente estimulantes.

Un lector cuenta que a su esposa no le gusta el campo. Por complacerla lleva dos años sin visitar a su familia en el interior del país. Otro extraña las tertulias de ciencia ficción entre amigos. Una tercera añora el gimnasio... La lista sería interminable, y de seguro quien ahora nos lee tiene su propio «sacrificio» que adjuntar.

¿A quién no le ha tocado vivir esa experiencia cotidiana? Para muchos sexólogos, parte de la magia de sostener una relación está en reconocer desde el principio esos puntos divergentes y negociarlos con gallardía.

Cuán difícil resulta elegir entre hacer solos lo que nos gusta o renunciar a ello por el rechazo o la indiferencia que provoca en nuestra pareja tal actividad. Pero del mismo modo que hemos sido la incomprendida ola, también nos ha tocado ser la orilla.

Por eso sabemos lo que se siente al dejar ir a esa persona, ya sea por instantes, días o meses, para materializar un sueño en el que de ningún modo estaremos involucrados.

Cuánta confianza en uno mismo, y en la pareja, exigen ambas decisiones. Cuánta imaginación hace falta para mantenernos presentes aún distantes; para hacer de la nostalgia un puente seguro hacia el regreso, y de la escucha paciente una forma aceptable de compartir, si no el hecho, al menos la enriquecedora euforia que dejarán tales vivencias.

Para esto no hay fórmulas universales, pero la experiencia demuestra que es imprescindible tener una adecuada autovaloración, lo cual se traduce en vida propia: algo que hacer y disfrutar, ya sea en solitario o en otro círculo de amigos, para que esas necesarias «ausencias» no se conviertan en vacío, y no nos hagan caer en la tentación de reprochar al otro nuestra falta de espiritualidad.

Sobre todo cuando ese distanciamiento no es físico: la pareja puede estar en el mismo espacio, dedicándose a actividades diferentes. Tal circunstancia puede generar displacer, pero también puede aprovecharse creadoramente.

Una joven atleta nos contaba que su novio la acompaña a la playa aunque jamás entra al agua o juega al voleibol. Al principio esto le resultaba incómodo: le molestaba que lo tildaran de aburrido y celoso. Hasta ella misma lo veía así.

Luego entendió que los límites no pueden forzarse: él era feliz viéndola correr tras una pelota, pero prefería quedar a la sombra, oyendo música o jugando ajedrez con el novio de otra de las chicas.

«Lo importante es que estemos de algún modo juntos —dice ella—. Si tengo deseos de besarlo, él está allí... me consuela si pierdo y me aplaude si gano, ¡y nunca me ha pedido echar una partida con él, porque sabe que no me atrevo ni a mover una pieza! ¿Qué más puedo desear entonces?».

¿BORRÓN Y CELOS NUEVOS?

Sin llegar al extremo del polémico sexólogo Sigmund Freud, que achacaba al impulso sexual todas las reacciones humanas, muchos expertos reconocen que tras el sufrimiento de quienes no entienden las necesidades individuales de su pareja se esconde un reflejo distorsionado de la propia realidad, ya sea por desconfianza, afán de posesión o baja autoestima.

Un bolero mexicano se hace eco de esta trampa: quien proclame con Manzanero que nació el mismo día en que conoció al ser amado, estaría negándose a sí mismo, y a la vez cayendo en un peligroso intento de borrar el pasado de su actual «otra mitad».

Lo curioso es que estas personas viven más el ayer de lo que están dispuestas a aceptar, y de manera consciente —o no— comparan cada circunstancia de la nueva relación con lo vivido anteriormente por ambos, a veces al extremo de «pasar cuenta» por faltas anteriores o ajenas, en un afán desmedido de evitarlas.

Afortunadamente, la mayor parte de la nueva generación se adhiere a la postura de otro autor, Ricardo Arjona, quien sin prejuicios canta a su amada: «si el pasado te enseñó a besar así, bendito sea el que estuvo antes de mí», y lo mismo piensan para las formas de bailar, reír, departir con amistades de cualquier sexo...

Entre una y otra postura nos alineamos todos, como asomados a ese mar que siempre idealizan los enamorados. A veces, una actitud inesperada provoca ciertas suspicacias, como el oleaje que salpica la playa, o una mirada insistente hacia una puesta de sol desata el tsunami de los celos.

Se requiere entonces de mucho autodominio para no dañar a quienes amamos por el miedo a perderle, o a perdernos. También de altruismo, para ayudarle a aventurarse en el camino que ha elegido, y de una fe que solo se alcanza con sentimientos maduros, para edificar, según nuestros propios intereses, una espera optimista y enriquecedora.

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