Variantes en las relaciones de pareja ganan espacio social - Sexo Sentido

Variantes en las relaciones de pareja ganan espacio social

Diversos compromisos y noviazgos actuales promueven la polémica acerca de la pureza de un amor que ya no mira diferencias o estatutos formales Pregunte sin pena

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila
¿Nombre, edad, ocupación...? ¿Estado civil...? Son preguntas rutinarias, típicas de cualquier trámite en una institución social y aparentemente fáciles de responder. Pero la joven que debe contestarlas se detiene en la última con cierta confusión y devuelve la interrogante a su entrevistadora: «¿A qué estado se refiere? —le dice. Vivo con un hombre hace tres años, pero no me he casado».

«Entonces es soltera», dice la otra, y con una simple cruz, marcada al vuelo en una planilla, echa por tierra 36 meses de amor, problemas, convivencia y hasta el desvelo común por el hijo nacido de esa relación.

Viendo el estupor de la muchacha, otra persona de la cola le pregunta a la funcionaria jocosamente: «Y en mi caso, ¿qué pongo? Hace 25 años que me casé y mantengo a otra familia desde hace diez años. ¿Soy casado y medio?».

Definir amor

Según la escritora Carmen Domingo, autora del libro Cada oveja con su pareja, el matrimonio continúa siendo la mejor opción para muchas personas en todo el mundo, pero ya no es la única. Parejas de hecho, noviazgos perpetuos, familias homosexuales y otras variantes nada ortodoxas van ganando espacio en la sociedad, para disgusto de unos y satisfación de los demás.

Quienes tienen el propósito de legalizar su relación ante la sociedad, catalogan este paso como un gesto de madurez, algo que implica «estabilidad personal, o sea, de la vida misma», afirma Domingo. Pero otras personas —sobre todo casadas en su juventud—, reconocen que actuaron por presión exterior, por «cumplir un destino» o complacer a su familia. Y si fallan, no importa: «Para eso está el divorcio», afirman con naturalidad.

Sin embargo, el número de parejas que se unen para vivir juntos sin firmar papeles crece considerablemente, y más en un país como el nuestro, en el que los hijos de estas uniones no sufren discriminación social, económica o de ningún otro tipo, y en caso necesario es posible incluso solicitar a un tribunal que reconozca de forma retroactiva dicha unión consensual, para no perder el derecho a determinados derechos patrimoniales.

Otra variante que ha tomado fuerza en nuestra sociedad, a pesar de la crítica de la mayoría de quienes peinan canas y de una parte de la juventud, es la de las «parejas abiertas», donde, a pesar de que impera la convivencia formal, no se excluyen intercambios fortuitos o frecuentes con otras personas, vistos por ambos como una posibilidad de ganar experiencia para luego recuperar el interés por la media naranja «oficial».

«Cada pareja va inventando el modelo que más le apetece llevar a cabo y lo pone en práctica», precisa Domingo. Con ella coinciden varias decenas de entrevistados por Sexo Sentido, entre ellos la estudiante universitaria camagüeyana Yanet Marrero:

«Para mí lo importante es el sentimiento, vivir cada momento como llega y no coger lucha con lo que dicen los demás», afirma. Tras varias desilusiones con sus coetáneos, un lustro de matrimonio con un hombre 29 años mayor que ella —del que naciera su hijo—, y dos años de soltería renovada, esta joven confiesa que ya no sale a la calle buscando el amor eterno, porque ha dejado de creer en él.

Para ella, y para otros entrevistados en el occidente y centro del país, la solución para no desalentarse es prolongar el noviazgo, definiendo como tal esa relación en la que predomina el intercambio espiritual y carnal, pero cada cual vive por su cuenta, no responde económicamente por su pareja y no hay exigencias más allá de la fidelidad y el compromiso moral entre ambos.

Los partidarios de esta modalidad argumentan que la convivencia diaria ahoga el amor, lo «materializa» y vulgariza en muchos casos. El asunto se complica cuando alguno de los miembros de la pareja no está satisfecho con ese estatus prolongado, y tarde o temprano quiere algo más sólido.

En esta misma cuerda están los defensores de las parejas casuales, tal vez un escalón más abajo del noviazgo y pariente cercano de la pareja abierta, pues en este caso los amantes se limitan a encuentros ocasionales que tienen cierta periodicidad y son previamente acordados, casi siempre en ambientes festivos, pero muy íntimos, solo para «despejar».

Los une el placer sexual, las conversaciones livianas, algunos gustos en común y la voluntad de proteger cada quien su libertad, puesto que ambos privilegian intereses personales o laborales que les roban demasiado tiempo y no les permiten un lazo más prolongado o profundo.

Defender nuestra elección

Otros tipos de relaciones han ido ganando —no sin contratiempos— un lugar de respeto en el ámbito nacional. A despecho de posiciones más tradicionalistas, numerosas personas se animan a defender su derecho a amar libremente a quienes su corazón elige, aunque sean diferentes por su raza, edad, país de origen o ideología, e incluso cuando tienen el mismo sexo biológico.

Tal decisión implica enfrentar abiertamente a quienes, en un nivel de generalización dañina y bastante injusta, los estigmatizan como interesados o inescrupulosos, y no dudan en amargarles el día con su desprecio.

A juicio de la escritora consultada, estas mezclas aportan mayor riqueza cultural a la relación e incorporan elementos que antes no existían en la vida de cada cual, siempre que la identidad se mantenga y se asuma la relación por amor, no por desafiar a la sociedad.

Muy distinto asunto es casarse o mantener una unión basada en el interés, ya sea para obtener dinero, cambiar de vivienda o emigrar a otro país. Tal es la opinión de la psicóloga camagüeyana Olga Pérez, quien cataloga de muy desagradable y difícil una relación en la que el corazón y el gusto vayan por un lado y la codicia por otro.

Tarde o temprano, considera ella, esa relación está destinada al fracaso, pero mientras el tiempo pasa ambos se laceran mutuamente y tal vez se pierdan otras oportunidades más enriquecedoras en el plano espiritual.

Sin embargo, para Carmen Domingo estas parejas pueden funcionar igual que esas otras basadas en el amor. Todo está en que no haya engaños o manipulaciones sentimentales por parte de nadie. Si ambos se benefician y no existen daños a terceras personas, no hay nada que objetar.

«Mi esposa es mexicana y mayor que yo», reconoce un joven capitalino a propósito del tema. «Ella sabe que yo no estoy loco por ella ni nada de eso... pero mientras cumpla con mi parte del contrato, que es tratarla con respeto, llevarla a conocer el país y enseñarle nuestra cultura e historia nacional, no tiene nada que reclamar».

¿Y qué decir de aquellos que han encontrado el amor a través de un teclado? El correo electrónico, los sitios de chat y otras opciones que propicia internet, han multiplicado las posibilidades de conocer «almas gemelas», con las que se puede o no llegar a establecer un vínculo real.

«Las historias que surgen en la red son como todas, pero siguen sorprendiendo más que otras», precisa Domingo. Lo mejor de estas relaciones es que Cupido no se apoya en las cualidades físicas de los pretendientes, sino en sus virtudes comunicativas, en su capacidad para trasmitir sentimientos a través de pulsos digitales y llevarlos a soñar juntos, aún cuando sepan que tal vez no se encuentren jamás.

«Eso no es algo que me importe mucho», asevera Eduardo Vega. «Para mí lo valioso es mantener el contacto sistemático con ella, tenerla al tanto de mis cosas, compartir de algún modo su vida y recordarla cuando escucho una canción romántica o miro las estrellas».

En definitiva, la mano tiene cinco dedos y ninguno se parece. Nadie puede decir que su pulgar es más importante que el meñique o esté mejor estructurado, y lo mismo pasa con las parejas actuales. Además de las aquí mencionadas, existen otras formas de relacionarse que tal vez nos escandalicen en un primer momento, pero luego, si las miramos desprejuiciadamente, entenderemos su razón.

El respeto es esencial en estos casos. Sobre todo porque nadie puede asegurar que un día no le tocará vivir una experiencia similar, y entonces reclamará su derecho a amar como mejor le parezca y satisfaga.

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