Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Conversar, proponer, encaminar

El paso a la adolescencia es siempre un momento de ruptura donde la familia debe respetar y la nueva generación mostrar madurez Un triángulo amoroso no es la solución

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Una lectora en edad madura escribe a nuestra sección porque su hija de 13 años está enamorada: «Me percaté de ello por las insistentes llamadas del compañerito, de la misma edad. Para ella todo es natural, asume la vida con el mayor desenfado. Le dije que lo trajera a casa para conocerlo y se pasaron la tarde conversando, tomados de las manos.

«Para mí resulta tan inverosímil, que mi hija, llena de fantasías infantiles, de pronto reciba el llamado de sus hormonas. Confieso que tuve taquicardias, pero me mostré muy serena. Fue una verdadera sorpresa: creció y no me dio tiempo a reaccionar. Mis compañeras me dicen que soy muy condescendiente, pero pienso que para bien o para mal, la confianza es la base de toda relación».

Tras estas reflexiones, Rosa pregunta cómo enfocar la conversación con su hija sobre el tema amoroso y sexual. ¿Acaso no es evidente que el diálogo entre ellas empezó muy bien? A juzgar por las cartas que recibimos, aún no abundan los adolescentes con similar espacio en sus hogares.

«Muchos dolores de cabeza nos evitaríamos, experiencias amargas, enfermedades o hasta embarazos prematuros si nuestros padres nos escucharan más y nos reprimieran menos», estima Rocío, estudiante santiaguera del preuniversitario urbano Cuqui Bosh, y lo mismo piensan los grupos de onceno grado de los politécnicos Mariana Grajales, de Santiago de Cuba, y Cucalambé, de Las Tunas, visitados recientemente.

En este último, el alumno José Lázaro describió el hecho de una manera algo exagerada, pero elocuente: «¿Hablar con la familia? ¡Si la mayoría de las muchachas les tienen más miedo a sus madres que al Sida... y los varones también!».

Por fortuna no es su caso. Lo evidencia su expresión desinhibida y sus prioridades en materia amorosa y sexual. Su madre es enfermera, tiene 38 años y siempre ha estado pronta para conversar. «Uno de mil...», dicen los demás.

Oídos sordos no paran un tren  

De los centenares de cartas que recibimos cada año, más de un tercio provienen de jóvenes carentes de comunicación hogareña. Viven sin ese espacio para madurar su sexualidad bajo el amparo paterno. Las taquicardias de Rosa serían preferibles a cuanto enfrentan a solas en el exterior.

También nos escriben padres y madres «asustados» por el bienestar de sus vástagos. Usan de puente nuestra sección. Claro que el interés de ayudar no se demuestra dando oídos sordos a las inquietudes juveniles, o haciendo ver que la sexua-

lidad no existe en edades tempranas.

Hoy es imposible sustraerse al tema. Intentarlo resulta una actitud cuando menos peligrosa para el equilibrio familiar, pues aumenta el abismo afectivo y ético entre generaciones, además de reproducir roles sexistas y estereotipos dañinos.

Esta semana llamó a la redacción un padre, preocupado por algo que publicamos recientemente en el Pregunte sin pena. En su opinión no es conveniente ni lógico que reflejemos «con tanta crudeza» todo lo que en materia sexual se «ha destapado» actualmente. ¿Por qué sus hijos de 13 y 17 años tenían que leer algo así? nos preguntaba, evidentemente choqueado, pero en tono respetuoso y conciliador.

Tal vez ese lector, como otras personas que se lamentan de la apertura comunicativa sobre el tema, prefieran creer que su prole está ajena a ciertas vertientes escabrosas de este asunto, que no lo perciben en la calle, no lo comentan con sus amistades y mucho menos lo experimentarán.

Lamentablemente no siempre es así, y ante las brechas en el papel socializador de la familia, el estigma de la duda y esa presión cultural culpabilizadora que heredamos de la colonia, la juventud acude a alternativas de información que marcan, no siempre en positivo, su personalidad.

Dando y dando 

Pero la comunicación no es tarea de un solo bando: el éxito depende muchas veces de quién y cómo asuma el primer paso. La mayoría de quienes reclaman «libertad» para empuñar el timón apenas rebasados los tres lustros de vida, no demuestran su defendida madurez en otros aspectos de la cotidianidad, más allá del horario para volver a casa, la moda a seguir o el cambio frecuente de noviazgo.

Una joven guantanamera de 17 años nos comentaba orgullosa que ella decide por sí misma el curso de su vida amorosa, e incluso lo que hace cada fin de semana al llegar de la beca. «Sin traumas familiares ni discusión», asegura.

Sus padres no interfieren porque es un derecho que ha sabido ganarse, aclara ella: «Desde los once años ayudo a limpiar mi casa, me lavo mi ropa, atiendo a mi hermanito menor, cocino si mi mamá no ha llegado, visito con frecuencia a mis abuelos, que viven un poquito lejos, y me preocupo por tener las mejores notas en la escuela».

A esto llaman los expertos negociar los límites, con flexibilidad y respeto de ambas partes. «Nadie me pidió que lo hiciera así: Yo veía los enredos en que andaban mis primas para hacer lo que prefiere la juventud, pero también veía los trabajos de mis tías para acomodarlas y darles sus gustos. Entonces decidí que nunca iría a una fiesta a costa de que mi mamá lavara y planchara de corre corre un pantalón, ni mentiría para llegar tarde o quedarme por ahí si podía tener mi propia llave, ganada con la confianza de que la uso bien a cualquier hora del día o de la noche».

Semejante posición defiende el villaclareño Carlos Alejandro, de 16 años: «Si quiero que me vean como un muchacho maduro para asuntos amorosos, tengo que probar que lo soy para todo en la vida... Es lo justo, ¿no? y cuando tengo una duda voy directo a mis padres, sin rodeos. Ellos saben en qué pasos ando, me ayudan lo mejor que pueden con sus consejos, les cuento mis experiencias y ellos a cambio me confiesan las suyas, para evitarme tropezones».

Siempre contamos esas historias en los encuentros con estudiantes que nuestro equipo realiza sistemáticamente en diferentes provincias. Al escucharlas, la mayoría queda pensativa, y luego reconoce que no es ese su caso: casi todos han exigido «ser vistos como grandes» sin probar antes que lo son de verdad.

«Es que con mi mamá eso no camina», reaccionó una muchacha bayamesa en cierta ocasión. «Es durísima: y eso que ella todavía tiene que esconderse de mi abuela para tener sus relaciones... Pero probar no cuesta nada, ¿verdad?».

Las noticias que se multiplican en nuestro correo a los pocos meses de estos intercambios, dan fe de que la «fórmula» resulta efectiva para la mayoría de aquellas familias que la ponen en práctica: dialogar, demostrar, crecer juntos como hijos y padres.

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