Inapetencia sexual: trastornos de la libido

Una sistemática falta de interés por el sexo constituye un problema de salud Pregunte sin pena

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila
Además del placer inmediato que genera, hacer el amor es una forma natural de mantener el cuerpo en forma, alejar depresiones y combatir no pocas enfermedades, como las cardiovasculares, por lo que una sistemática falta de interés por el sexo constituye un problema de salud digno de ser atendido por especialistas.

Cerca de un tercio de las mujeres y un 15 por ciento de los hombres padece en algún momento de su vida algún trastorno de la libido, ese impulso individual que nos hace desear a otra persona o volvernos deseables para ellas.

Basta escribir «inapetencia sexual» en un buscador de internet, y aparecerán más de 700 000 sitios sobre el tema, aportando desde explicaciones científicas del fenómeno hasta recetas «mágicas» para enfrentarlo.

Como todo instinto, la libido se origina en el área inconsciente del cerebro y responde a varios factores fisiológicos, espirituales y psicológicos, entre ellos las hormonas, la experiencia, la educación, la cultura... pero la cotidianidad tiene también un gran peso en este asunto.

Claro que el hecho de que dos personas no sientan deseo de intimar con la misma frecuencia o intensidad, no significa que una de las dos esté necesariamente enferma, o que los lazos espirituales hayan desaparecido.

¿Apetitos sexuales estandarizados?

Aun cuando el amor es el mayor afrodisiaco que se conoce en el mundo, la experiencia clínica demuestra que no existe una dosis estándar de deseo: tal y como unas personas comen, duermen o se ríen más que otras sin razón aparente, el apetito sexual sigue pautas únicas para cada individuo y circunstancia.

El éxito está en el equilibrio: cuando hay diferencias, el ritmo debe ponerlo el miembro menos fogoso de la pareja (que no siempre es la mujer en las uniones heterosexuales), pero sin abusar, so pena de comprometer la estabilidad de la unión, puesto que la falta de contacto físico es uno de los desencadenantes principales de reproches, peleas, separaciones y divorcios.

En el sexo, como en toda empresa humana, una prolongada inactividad conduce a la apatía, el desinterés y la búsqueda en otras direcciones.

Los expertos hablan de deseo sexual interferido cuando la intimidad no fluye, en una relación establecida por conveniencia, cuando se desconfía de la pareja, o existen serios motivos de disgusto entre ambos y el sexo se usa habitualmente como arma o soborno.

Pero cuando sí hay seducción y falla el erotismo se impone una charla sincera y desprejuiciada para tratar de encontrar las causas de la inapetencia, que pueden ir desde el rechazo a modificaciones en el aspecto físico (como engordar, adelgazar, cirugías) hasta la existencia de un nuevo «amor» por alguna de las partes.

Asimismo, algunas enfermedades y medicamentos influyen en la pérdida de la libido en ambos sexos, produciendo un deseo hipoactivo. Este detalle debe ser advertido por el médico al diagnosticar y prescribir los tratamientos.

En este caso están la anemia y los trastornos hormonales, por ejemplo, y el uso de antihipertensivos, antidepresivos, diuréticos e incluso las drogas y el alcohol.

Placeres desplazados

A pesar del alto grado de erotización que vivimos en la sociedad actual, ¿puede haber algo menos estimulante que la presión laboral, social y económica a la que muchos se someten en el mundo día por día?

En esa lucha por subsistir, el placer cede lugar a otras urgencias, lo cual atenta contra la salud física y mental, pues produce una tensión emocional inconsciente que conduce a cefaleas, baja autoestima e infelicidad.

Es ese el camino hacia el llamado Síndrome del Deseo Sexual Inhibido, DSI. Quienes lo padecen rehúyen las oportunidades de encuentros amorosos, dicen no tener fantasías ni sueños eróticos, no se estimulan con fotos o películas de contenido erótico y tienen poca disposición a masturbarse, aunque pasen por largos períodos sin relaciones coitales.

A los juegos sexuales pueden responder con excitación (erección del pene en el hombre y lubricación vaginal en la mujer) e incluso alcanzar algún que otro orgasmo, pero este es muy localizado en los genitales y sin intensidad emocional, como si se comiera algo sin tener hambre.

En algunos casos de DSI, la más mínima proximidad de la pareja produce enojo, incomodidad y hasta pánico, a pesar de amarla sinceramente.

Si están lejos pueden excitarse, pero cerca no la soportan, así que tratan de dilatar el momento y solo ceden alguna que otra vez por complacer al otro, lo cual empeora la situación y les hace sentir miserables.

Viajar al pasado

Cuando se decide buscar ayuda especializada deben asistir los dos miembros de la pareja juntos, pues hasta puede ocurrir que la persona menos «activa» no sea la del problema, sino que la otra clasifique como hiperfílica, trastorno de la conducta caracterizado por un excesivo interés por las relaciones íntimas.

También porque muchas veces uno o ambos individuos han sido entrenados culturalmente para reprimir sus instintos sexuales o sentir culpa por ellos. Las mujeres latinas, por ejemplo, rara vez hablan sobre sus fantasías sexuales, más bien pretenden que su pareja las adivine, y si no lo logran se aburren y tratan de espaciar los encuentros, sobre todo cuando hay niños que exigen mucho tiempo y energía.

Tales actitudes deberán desaprenderse en pareja para ganar entusiasmo, aunque eso implique comenzar desde cero.

Resulta curioso cómo a nuestra sección llegan cartas de parejas preocupadas porque aún disfrutan del sexo como el primer día a pesar de llevar muchos años juntos, como si el matrimonio estuviera condenado al aburrimiento.

Ellos son la prueba de que es posible disfrutar con la misma persona mucho tiempo a pesar de los retos y sucesivos cambios que la vida nos impone. Y aunque se habla de alimentos estimulantes, como el chocolate o los mariscos, el mejor aperitivo es dejar correr la imaginación y permitir que el erotismo propio tome forma.

Una lectora nos confesó haber tenido dificultades en algún momento, pero que ahora «funcionaba» perfectamente: su esposo aprendió que para tenerla en brazos a las diez de la noche debía empezar a halagarla desde las siete de la mañana, con el buenos días del café, porque ella es una pieza única y sensible que se «carga» con las miradas, la charla y las caricias, no una computadora programable para el coito a la hora que a él le apeteciera.

Hay remedios válidos para cualquier pareja: seducir, coquetear, hacerse deseable, armarse de paciencia y ternura, crear ambientes excitantes... pero sobre todo ser muy sinceros y conservar el respeto: juicios descalificadores empeoran el conflicto y hacen más difícil la recuperación.

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