¿Mentiras que valen la pena?

No todos, y no siempre, evitan esos enamoramientos fugaces en nombre de la estabilidad matrimonial

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Nada se seca más de prisa que una lágrima. Apolonio

La fidelidad conyugal es una actitud, pero no es intrínseca al ser humano, sino aprendida. Se trata de elegir entre ser leal a los deseos propios o a lo que presumimos sentirá la pareja al saber que satisfacemos tales deseos sin ella.

A veces una deslealtad interna mal manejada es la antesala de una externa. ¿Cuántas veces mentimos sobre cosas triviales porque resultan inaceptables para la pareja aunque no entrañen un peligro real de traición?

Tras siglos de intentar casi todo en materia de relaciones amorosas, la especie humana debería estar consciente de que nadie puede llenar la vida de otra persona ni suplantar vínculos esenciales como los de padre y madre, hermanos, hijos, amistades íntimas, colegas, compañeros de hobby…

Quien trata de abarcar todos esos roles termina perdiendo su propia identidad y el matrimonio se vuelve una carga tan pesada que es fácil penetrarlo con nuevas ilusiones, pues cualquier cosa parece mejor que una relación así.

Aun sin esas dificultades, es muy posible que alguna vez en la vida aparezca alguien especial y nos sorprendamos a cada hora recordándole, incluso sin querer ser infieles. A veces es puro deslumbramiento, gente que, mirada con calma, no pasa de una amistad, pero desde la infancia nos enseñaron a asociar amor y sexo y cuesta un poco desprenderse de ello.

El humor, la transparencia y la confianza son recursos para monitorear con honestidad tales devaneos, y ningún refugio mejor que el propio hogar para no caer.

Pero no todos, y no siempre, evitan esos enamoramientos fugaces en nombre de la estabilidad matrimonial. El psiquiatra mexicano Mario Zumaya estima que el 60 por ciento de los hombres y el 45 de las mujeres son infieles.

Algunas personas asocian infidelidad a carencias en la relación y se sienten culpables de que su pareja buscara fuera algo que ellos no supieron darles. A veces es cierto, pero no es esa la única excusa para vivir una historia sexual o platónica fuera del matrimonio.

Encuestas en varios países aluden a las circunstancias, la necesidad de experimentar, las fantasías… razones muy propias y no asociadas al cónyuge a quien consideran, aun con sus defectos, la mejor persona para mantener una vida estable y a quien no dejarían por nada en el mundo.

Vacaciones… ¿o esconder las dudas?

Pudiera sonar cínico, pero mucha gente acude a terapia para resolver infidelidades, más preocupados por la opinión de los demás que por sí mismos. Otros se sacuden esa carga cultural y experimentan nuevas maneras de oxigenar la relación organizando aventuras para ambos.

Los hombres han gozado esas vacaciones semiclandestinas desde siempre sin mucho cargo de conciencia. Para las mujeres la pregunta hoy no es tanto si lo hacen, sino más bien si lo confiesan, algo que el sexólogo español Paco Cabello nombra sincericidio, pues mucha gente está consciente de las lagunas de su relación y no le importa en un momento determinado compartirla, pero no quieren saberlo, para no verse compulsados a tomar una decisión.

No son pocos los hombres que quisieran perdonar algo así y escriben a Sexo Sentido porque no saben cómo hacerlo: tienen miedo a un después, que puede o no darse. Sin embargo, hoy es más común oír a varones jóvenes expresarse del asunto con cierta flexibilidad, aunque sea en tono de broma, y aceptar filosóficamente que si sus parejas «caen en tentación» el resto de sus valores es aval suficiente para darles la oportunidad de elegir, equivocarse y volver.

Una de las conclusiones manejadas hoy en las consultas de terapia sexual es que no siempre esos deslices amenazan la integridad del matrimonio. A veces incluso lo fortalecen si ayudan a recuperar energías, a conocerse mejor, comparar defectos y virtudes y poner en práctica nuevas técnicas para relacionarse ¡y hasta para enriquecer el sexo!, coinciden Cabello, Zumaya y el chileno Walter Rizo.

Negociar los límites

Tradicionalmente vive una parte de la sociedad amores bellos a través de las novelas y no les parece mal. Una novela también puede ser la realización personal de la pareja para aquellos que aprenden a no celar sus éxitos, no cercarla, y le ayuden a crecer sin perder los límites.

No todo acercamiento de otras personas conlleva deslealtad. Aceptar que alguien más llene en su pareja ciertos espacios sin que peligre la relación, implica madurez. Los límites varían según la cultura y personalidad de cada quien, pero toda relación es construida y debería poder hablarse con claridad  hasta dónde pueden llegar sin sufrir menoscabo en sus sentimientos, derechos y privacidad.

Quien aprovechó su juventud antes de estabilizarse con una pareja ya está de vuelta de todas esas cosas y sabe ser fiel porque conoce bien el sabor del «después» y establece mejor su ecuación costo-beneficio.

Por eso se insiste en que la adolescencia y la juventud temprana no son etapas buenas para establecer relaciones profundas, tener hijos o asumir la carga de un hogar. Es mejor experimentar, poner a prueba los sentimientos y tomarle el gusto a la libertad antes de renunciar a ella.

Un matrimonio debe hacerse fuerte mediante vivencias y no por prohibiciones, pésima vacuna ante asedios inteligentes, según lectores que se confiesan «especialistas» en encontrar los puntos débiles de las personas casadas y basar en esos su estrategia de seducción.

Sería mejor entonces encontrar a tiempo tales flaquezas y conjurarlas para no temer la amistad sincera, el coqueteo sin consecuencias o el piropo, cosas normales y agradables de la vida.

Ante el peligro real de un enamoramiento hay que tener recursos y razones morales para alertar a quien tiene la cabeza en las nubes sin agresiones, raptos de inseguridad o castigos desmedidos.

Si el amor es sólido, si no se trata de un matrimonio vacío sostenido apenas por la costumbre o las conveniencias, casi siempre resiste la prueba y hasta puede mejorar. Llegará el momento en que reirán juntos de tales peligros y armarán nuevas estrategias para prevenirlos.

Pero si la relación de todos modos debe acabar, mejor sellar la partida de modo elegante y no involucrar a un tercero, que muchas veces ni entiende cómo fue a parar al cráter de un volcán donde un viejo amor solo alimentaba rencores y cenizas.

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