Si las miradas mataran…

En cualquier relación que pretenda ser sana las personas deben delinear lo común y lo privado para evitar situaciones violentas. En esos límites entra el bienestar que produce estar a gusto con la imagen que damos al mundo y proyectar lo que somos

Autores:

Mileyda Menéndez Dávila
Carlos Alejandro Rodríguez

Nos han vendido un estilo de vida, cuando lo que nuestra alma deseaba era la vida.

Una pareja heterosexual cruza el parque rumbo a la parada, y casi topa con una figura femenina de  falda cortísima y maquillaje llamativo. El ruido de tacones y su perfume prologan la percepción de su sensualidad tiempo después del cruce.

Ambos la han visto, pero no comentan nada. Ella piensa desdeñosa: «¿Serán implantes?». Mira con disimulo su blusa poco llamativa y encoge inconscientemente el abdomen. No puede evitar sentirse agredida en su amor propio cada vez que tropieza con una mujer así. ¡Hasta con sus amigas! Se percibe insegura, disminuida, fuera de competencia.

Escruta el rostro de su marido en busca de pensamientos lascivos, pero él ya ha aprendido a disimular. No entiende porqué su esposa reacciona así. Ha llegado a pellizcarlo y dejarlo plantado en plena calle. Lo avergüenza incluso en presencia de sus amistades. A él le gusta ella, su cuerpo, su textura, pero no es ciego ¿no?, y admirar la belleza no lo vuelve un descarado o un infiel, como ella le grita.

Además tiene sus propios motivos para estar incómodo con el incidente. La otra pasó muy rápido… Despampanante, atractiva, pero ¿de verdad era mujer? Últimamente se siente molesto con eso, vive como «estafado» y en permanente guardia. No basta mirar una vez para estar seguros. ¡Ya no se atreve a piropear a nadie, aunque ande solo, por miedo a caer en el «vacío»!

Absortos en tales pensamientos, se apartan uno del otro por varios minutos. «¡Qué desfachatez! ¿Por qué no tapa más?», rumia ella. «¿Por qué no muestra más para ficharla como es debido?», es el reclamo en la mente de él.

Sin ponerse de acuerdo voltean sus cabezas para buscar al ser «culpable», que camina tranquilamente a más de cien metros, tal vez ignorando el revuelo causado en esas almas repletas de prejuicios. Solo entonces marido y mujer se miran, como entendiéndose, y vuelven sus ojos con encono hacia ella: Ah, si las miradas mataran…

Se mira y no se toca

Al nacer, la sociedad nos asigna un sexo según la apariencia de nuestros genitales externos, y por el resto de nuestras vidas nos inculcan que «eso» que nos hace hombre o mujer no se puede mostrar, al menos sin obtener algo a cambio: amor, placer, seguridad material…

Parte de nuestra misión de género es potenciar con el resto del cuerpo y un montón de accesorios la condición femenina o masculina adjudicada, y hacernos apetecibles dentro del carril de belleza y moralidad que cada época impone.

Lo obvio entonces se complica, y como es difícil hallar el justo límite entre mostrar y esconder, aparecen fórmulas como la autoviolencia de perseguir me-tas a veces irracionales: dietas que deprimen (cuando no conducen a la anorexia o la bulimia), ropas superajustadas para marcar hasta lo que no hay, malabares sobre zapatos torturantes, tatuajes, perforaciones, operaciones para quitar o poner… todo vale para atraer miradas y mostrar disponibles —aunque inaccesibles— nuestros cuerpos, sexuados y vestidos según capricho de la sociedad.

Y sobre ese «hábitat» de nuestra personalidad, tan vilipendiado o exaltado por rachas, los dictadores de la moda experimentan hasta el peligro cuantas ideas les parecen válidas a cada momento. Quienes no logran sustraerse a ese mandato viven quitando y poniendo «capas» por ciclos, como la nieve en las altas montañas.

Eso también es violencia de género: tan antigua como el machismo, tan lacerante como el golpe, tan dañina para la salud como la tortura física o psicológica que se ensaña durante siglos en tantas mujeres y minorías sexuales.

Es difícil romper ataduras culturales y condicionamientos reforzados por la familia, los medios de comunicación, el espacio laboral y educacional… pero existen argumentos nada desdeñables para enfrentar este asunto.

«Lo que se hereda no se hurta», dicen los más viejos, y en esa categoría entran nuestras proporciones físicas. Si las modelos de revista no representan ni al 20 por ciento de la población mundial, ¿por qué hacer grandes sacrificios para imitarlas cuando tu base anatómica no se ajusta, y además nadie va a «premiarte» con una vida de lujo y agotadora fama por lograrlo?

El hábito no hace al monje

Restar belleza, ocultar el cuerpo y uniformar colores y estilos es parte del ritual de muchos grupos humanos que por diversas razones eligen apartarse de la vida mundanal y sus placeres, o aquellos que quieren que la gente les reconozca sus ideales «por encima de la ropa».

Si esta dejación es voluntaria y entendida cabalmente no representa una agresión, pero es muy distinto cuando la «fealdad» o el recato son impuestos por alguien que se cree con derechos a decidir sobre la imagen, la comunicación y la vida social de su pareja.

Algunas muchachas aceptan la intrusión masculina en su ropero porque fueron criadas así: La noción de lo «más lindo» o lo «correcto» no les perteneció ni en su infancia, cuando madre y padre decidían todo en sus vidas. Otras en cambio defienden su potestad de elegir no solo el vestuario sino también estudios, amistades, parejas, ámbito laboral…

Eso no quiere decir que no se equivoquen o no necesiten cierta orientación, pero es bueno dejarlas desarrollar un juicio propio sobre su vida y asumir las consecuencias de sus elecciones para que no sean sus novios quienes decidan hipócritamente no dejarlas usar lo que mejor les queda cuando a ellos les encanta verlo en las demás, algo que también pasa al revés.

En cualquier relación que pretenda ser sana las personas deben delinear claramente lo común y lo privado para evitar situaciones violentas, por muy sutiles que estas sean. En esos límites entra el bienestar que produce estar a gusto con la imagen que damos al mundo y proyectar lo que somos en cada momento según nuestra voluntad.

Si tenemos claro que «este libro», «este televisor» o «este vehículo» es mío y otros se sirven de él pero no pueden decidir su destino, ¿por qué no pensar así de nuestro cuerpo, única posesión «material» que nos acompañará toda la vida?

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