Entre tantos amores

Las historias de amores veraniegos que llegan a esta sección, escritas por personas de todas las edades, fueron algunas fugaces y otras forjaron vidas

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila
A veces, cuando considero las tremendas consecuencias de las pequeñas cosas... me siento tentado a pensar que no hay cosas pequeñas. Bruce Barton

La pasión, bien se ha dicho, no tiene edad ni entiende sinrazones. Para crecer no necesita siquiera alimentarse de actos reales: basta una brizna de ilusión para que cobre fuerzas y se vuelva eterna.

Así lo prueban las historias veraniegas que nos llegan. Escribe gente de todas las edades. Algunas fueron fugaces, otras forjaron vidas. Hoy nos haremos cómplices de varias para saldar deudas y apurar a los indecisos.

Para empezar, dos parejas relacionadas, y lo envía Mónica, encantada de venerar las raíces del más eterno de los sentimientos: «Mis abuelos, Margarita y Tuti, como todo el mundo los conoce, llevan 60 años juntos. Ella tenía solo 15 años y el 19 cuando se hicieron novios, y cuatro años más tarde se casaron. Guardan muchas cartas, y si las tuviera conmigo me atrevería a copiar algún pedazo, aunque corriera el riesgo de que su intimidad, tan cuidada en aquellos tiempos, se viera al desnudo por algún momento.

«Todavía se miran enamorados, mi abuelo le pasa por el lado y besa su blanca cabellera, ella suspira con los ojos cerrados y sonríe. Su historia tiene de todo: alegrías y tristezas. Tuvieron tres hijos. Mi mamá, que fue la menor, enfermó de poliomielitis a los tres años, antes del triunfo de la Revolución, cuando no existía la vacuna, y a los 27 años, diez días después de mi nacimiento, murió.

«Esa pérdida, la más grande que puede existir según me cuentan, los unió más, y aunque ella no volvió a pintar su pelo, ni sus uñas, ni a maquillarse nunca más y no llevó prendas de vestir de colores llamativos, para él siguió siendo la mujer más hermosa del mundo.

«La segunda historia solo cuenta con ocho meses. Éramos muy buenos amigos y compañeros de trabajo, sentíamos una gran admiración como profesionales, él cibernético y yo informática. Primero almorzábamos juntos y luego “por casualidad” desayunábamos también… Fuimos a una fiesta y parecía que no existía nadie más: bailamos sin parar todo el tiempo, ya no quería bailar con nadie más.

«Un mes después, luego de una conversación “de amigos” sobre cuál sería el mejor lugar para una primera cita, yo lo ayudé a llegar a una conclusión: si esa cita era muy esperada por los dos no importaba cuán cerca, lejos, humilde, lujoso, iluminado u oscuro fuera el lugar… así que simplemente vimos una película juntos. Ahora solo deseo que dentro de 60 años nuestros nietos escriban como yo lo hago hoy. ¡Ojalá esta página viva para entonces!».

Verano inolvidable

Una muchacha del municipio de San Cristóbal, Pinar del Río, también se animó a escribir.

Adanay dice que, gracias al amor, este es y será su verano inolvidable: «Comenzó en una visita a un lugar de mi municipio al que muchos no quieren llegar por el peligro de viajar en las montañas. Allí nos vimos por primera vez, y cruzamos miradas y frases que me dejaron deseosa de volverlo a ver.

«Gracias a una reunión de trabajo convocada por él tuve la oportunidad de comenzar una linda relación que crece más y más a pesar de los obstáculos —que son muchos, por cierto—, al punto de que ha dejado de ser el jefe de mis reuniones para convertirse en el jefe de mi alma y mis sueños.

«Por primera vez disfruté de cosas lindas e inolvidables como ver el amanecer a su lado, compartir sueños y momentos de alegrías, ver la luz de las estrellas desde lo más profundo del mar y sobre todo escuchar de su voz que me ama. Estas son razones suficientes para esperarlo toda la vida y seguirlo amando».

Felizmente egoísta

La última historia va sin nombre. Al leer el correo una colega dijo: ¡cuánto la envidio! A mí me recordó una canción de Ana Belén, Entre dos amores, que también copio para ustedes. Busquen la música y luego me cuentan si les ha pasado.

«Mi amor de verano, de invierno, de todas las épocas es mío solamente, él no sabrá nunca cuánto significa para mí escuchar su voz por teléfono o verle de pasada, pero me ha hecho una mejor persona a esta altura de mi vida en la cual se supone que ya conozcamos todas las pasiones, y aunque él no lo sepa nunca, disfruto este sentimiento con la misma alegría de una muchacha de veinte años y no una señora de 50, que es lo que soy.

«Muchas cosas nos separan: mi viejo amor de 20 años, serio, tranquilo, sosegado; mi tranquila vida de lecturas y mis dos perros; las opiniones de los demás, la sociedad… Pero ¿puedes creerme que soy feliz, que escucharle y/o verlo es un regalo a mis ojos y oídos? Mi corazón late desbocado si coincidimos en la calle, y soy felizmente egoísta porque así es mío solamente».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.