Adolescencia: Uno entre millones

Hijos grandes, problemas grandes, dice el proverbio, pero es que, se quiera o no, la adolescencia es un momento para tomar decisiones y cosechar los valores sembrados a lo largo de la vida

Autores:

Dennis Valdés
Mileyda Menéndez Dávila
«No le evitéis a vuestros hijos las dificultades de la vida, enseñadles más bien a superarlas». Louis Pasteur

Los hijos le damos forma a un «oficio» para el que nadie nace preparado ni estudia en ninguna escuela: ser padres. Estos nos hacen crecer tanto como nosotros crecemos junto a ellos, si una semilla milagrosa llamada comunicación germina en ambos terrenos. Ellos aprenden, como nosostros de sus errores y los nuestros. A veces, casi sin querer, nos dibujan un devenir idílico donde proyectan sus propias vocaciones y espacios de vida, sobre todo aquellos que quedaron truncados.

Solo que también a veces esos sueños se les vienen abajo cuando descubren que elegimos un futuro diferente. Entonces en el hogar sobreviene, lamentablemente, el deterioro afectivo, la falta de diálogo, el trato incorrecto entre miembros de la familia, la incomprensión… un proceso que puede durar mucho o poco en función de cómo se prepare la familia para remediarlo.

Hijos grandes, problemas grandes, dice el proverbio, pero es que, se quiera o no, la adolescencia es un momento para tomar decisiones y cosechar los valores sembrados a lo largo de la vida. La responsabilidad familiar es auxiliar a quienes llaman hijo o hija, hermano o hermana. Es su turno de escuchar, comprender, apoyar, de establecer un lazo carismático y optimista para mejorar o restablecer las relaciones interpersonales desde una óptica de iguales.

¡Escúchennos!

«Lo siento, no soy lo que has soñado»; «Perdóname, pero es mi vida»; «Soy feliz así…». Son frases que se escuchan de hijos a padres o entre amigos cercanos cuando ese camino de doble sentido que constituye escucharse, lleva a que se viva un poquito para sí, aunque comprenda que el precio de esa confesión es bastante alto porque puede generar desilusiones, dolencias que alarman a nuestros progenitores y los impulsan a la sobreprotección, el desasosiego, el desvelo, el nerviosismo.

Instintivamente tratarán de darnos vías que nos protejan de todo, incluso de nosotros mismos. ¿Sabrás optar por la indicada? ¿Escucharán nuestras razones? Claro que es posible acotar el rumbo, pero no siempre hay marcha atrás para ciertas decisiones: un cambio brusco en el trabajo, la deserción de los estudios, la idea de emigrar, una orientación no heterosexual, una pareja nada convencional, embarazos o matrimonios a destiempo…

A veces falta el valor para intercambiar con la familia de nuestros eventos vitales y adecuar sus expectativas a nuestras condiciones reales. Les dejamos hacer planes, nos prestamos a estos a regañadientes mientras «la procesión va por dentro…

Nada es peor que vivir con el temor de que nuestros padres han de saber un día lo que yace en nuestra persona, eso que nosotros mismos apenas estamos por confirmar a cada instante y rechazamos porque se enfrenta a lo que nos inculcaron desde la infancia. Tratamos de evadir lo ineludible, queremos hartarnos de respuestas a incontables preguntas, indagamos con otras personas en la misma situación… y al final no vemos escapatoria. Cuando lo más seguro estaría en sincerarnos con esos seres especiales que con la magia del amor nos trajeron al mundo.

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Dicen que la edad es la culpable de tantos conflictos sociales y familiares. Se mencionan prejuicios y tabúes. Otros creen que es la falta de una figura paterna o materna, o la marca frustrante de alguno de ellos lo que «torció» nuestro camino. ¿Para qué engañarnos? Somos humanos, cada uno se expresa y actúa según sus necesidades.

¿Por qué imponer castigos físicos o psicológicos para crear valores en la adolescencia? Es más fácil que compartamos nuestros secretos si antes nos brindan un poco de ternura y comprensión. Ámennos. Ámate, amémonos: está en juego la felicidad de todos, la estabilidad hogareña, el futuro…

«No entiendo». «¿Qué hago?». «¿Me aceptarán?»… Es como un eco que la edad no apaga, sino que complejiza. ¿Qué es lo que realmente queremos? ¿Qué vida sería la nuestra si huyéramos y dejáramos nuestros problemas en manos de otros, de aquellos que llamamos amigos o familia?  Somos jóvenes, vivimos para rectificar errores, operar y formar el medio a nuestro favor, aún cuando no podamos explicarlo satisfactoriamente.

«¿Es una enfermedad?». «¿Nace con uno?». «¿¡Por qué a mí!?». Cuando cierras tus ojos descubres un mundo lleno de fantasías, sueños y aspiraciones ¿Es posible que exista un lugar como ese? Tal vez, pero ¿serás lo suficiente crédulo y a la vez realista para construirlo? No necesitamos un milagro, no pretendemos desaparecer, juzgar o incluso dominar la mente de una persona para que nos consienta.

Piénsalo bien, adolescente: Concebirás una mejor imagen de ti cuando logres conocerte más a fondo. Cambia acorde con lo que realmente quieres, exprésate libremente ante aquellos que viven a tu lado mientras ostentes confianza, seguridad. Es hora de que hagas tu camino; no esperes que tus padres lleguen a entender solos, razonen unidos, ayúdalos a comprender. Respétate y respeta, trata de ser único, trata de ser uno entre millones, vive, motívate; haz de ti la mejor persona del mundo. Eso es algo de lo que siempre se enorgullecerán.

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