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La «liga» de los supercódigos

Esas pulseras tan de moda entre adolescentes y jóvenes de esta Isla desde hace algunos meses, fueron prohibidas en escuelas y otros espacios infantiles de varios países y no por hacer campaña contra la banalidad, sino para cortar la violencia sexual que ya ha cobrado víctimas fatales

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

«Sea cual sea el lugar adonde llegues, no te compares con nadie y encontrarás la paz». Abad Poimén.

Las llamadas ligas de figuritas, tan de moda entre adolescentes y jóvenes de esta Isla desde hace algunos meses, fueron prohibidas en escuelas y otros espacios infantiles de varios países y no por hacer campaña contra la banalidad, sino para cortar la violencia sexual que ya ha cobrado víctimas fatales.

Surgidas hace algunos años (se discute si en Inglaterra o Estados Unidos), estas pulseras funcionan allí como una especie de código erótico que reduce la comunicación previa al acto sexual a la más mínima expresión, partiendo del supuesto que todo el mundo sabe de qué se trata: un juego silencioso llamado Romper según el cual tú declaras tus preferencias para recibir «favores» según el color que usas y quien esté dispuesto a prodigarlos solo tiene que halar la liga y «pagar» el castigo por romperla.

¡Por eso se parten tan fácilmente!, es la protesta de un buen número de adolescentes capitalinos a quienes comentamos la noticia. La connotación sexual «ni nos pasó por la mente», dice Brian, de 12 años: «Mi prima comentó que en Internet había un chisme sobre las ligas y ni pregunté… No creo que aquí alguien vaya a darles ese uso».

Sus vecinos, Ritter y Luis, levantaron los hombros ante la novedad, curiosos pero despreocupados: ni ellos ni su madre sabían la historia al comprarlas. La mayoría de los chicos sondeados en escuelas, tiendas y parques, no preguntaron el significado de los colores, cosa que sí hicieron las personas adultas, alarmadas.

Pero aún al tanto de su origen —reconocen chicas y varones— no pasan de verlas como algo simpático para intercambiar con las amistades de acuerdo con sus figuras y colores… Claro, en horario libre, porque el reglamento escolar en Cuba hace mucho tiempo que no permite adornos extravagantes.

Penetrar el mercado

La historia corre por los correos electrónicos hace un par de semanas. A nuestros oídos llegó gracias a un grupo de Comunicación Social de la sede universitaria municipal de La Habana Vieja, quienes analizaban cómo el divorcio entre el significado y el significante de una prenda (decodificación aberrante, diría el experto italiano en Comunicación Humberto Eco) lleva a actos violentos que a su vez desatan una ola de alerta a través de medios formales e informales de comunicación.

Pero las ligas no son el único objeto de carácter sexual que hoy penetra «inocentemente» el mundo estético de jóvenes, adolescentes y menores de edad. Hace algunos meses alertábamos en este espacio sobre el uso y abuso del icono de Playboy (la revista «para adultos» más famosa del mundo), un conejito que pulula en adornos y prendas de vestir  —¡incluso en canastillas!—, como si al masificar su imagen se lavara el sórdido mensaje de una industria pornográfica que cada vez engulle más cantidad de infantes en todo el planeta.

No menos preocupante es la reproducción en dijes, pulseras y otros artilugios de la simbología ideada por pedófilos (personas que procuran sexo con menores), o más bien copiada de la antigua Grecia y resignificada a su antojo.

Se trata en este caso de figuras dobles en las que la mayor envuelve a la menor: Los triángulos indican que les gustan los varones, los corazoncitos que eligen a las niñas y las mariposas que les da lo mismo uno u otro sexo.

Según este código —alertan varios sitios en Internet—, el mayor o menor grueso de la figura interior apunta a si el sujeto busca adolescentes o prefiere seres más pequeñitos.

Esta parafilia ha sido de las más repudiadas en todas las sociedades y tiempos. Incluso hay leyes muy severas que exigen responsabilidad penal a quienes incurran en actos de ese tipo, reciban o no tratamiento médico para su obsesión.

¿Qué lógica tiene entonces que sus atributos sean usados por otras personas como simples adornos? Y del mismo modo, ¿qué inculcamos a una niña vistiéndola de playboy desde edades tempranas?

Nada aparece en el mercado por casualidad. La exacerbación de lo erótico en aras del consumismo es recurso centenario cuyo alcance es imposible obviar. Globalizar miméticamente una costumbre, seguir la rima a tales símbolos sin cuestionar su contenido ético y social, ¿será ignorancia, insensibilidad o baja percepción de riesgo?

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