¡Mujeressss!

No hay un único modo de ser mujer en la vida. Los estereotipos son moldes, y no hay que vivir con ellos sin cuestionamiento

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila
¿De qué nos sirve viajar a la Luna si no logramos franquear el foso que nos separa de nosotros mismos? Este será el más importante de todos los viajes y exploraciones; sin él, todos los demás son inútiles y destructivos.
Tomás Merton

EL próximo martes se celebra el Día Internacional de la Mujer, una jornada que por más de un siglo ha constituido espacio de reivindicación de ciertos derechos negados a las féminas, o sea, más de la mitad de la población mundial.

Pero incluso en naciones donde esta celebración tiene hoy carácter festivo hay razones para debatir con los hombres —y con otras mujeres— hasta desenmascarar ciertos estereotipos que aún nos impiden crecer plenamente.

Este es un diálogo tan necesario desde la academia como detrás del fogón, ese «reclamado trono de espinas» —como lo cataloga el Doctor Jorge Luis Acanda, filósofo y profesor de la Universidad de La Habana— en el que aún nos ubica el imaginario popular de todo el orbe, con la «desinteresada» ayuda del pensamiento racional burgués, para el que tan vital resulta la abundancia de sujetos explotables (y si estamos convencidas de lo legítimo de esa explotación, mucho mejor).

Así funciona la cultura patriarcal que nosotras mismas reproducimos aún sin estar concientes de la naturaleza discriminadora de esa acción, dice la Doctora Ada Alfonso, subdirectora del CENESEX.

Cuesta mucho que las mujeres se coloquen en el centro de sus vidas, afirma la experta. Que su proyecto sean ellas mismas y no la pareja, luego los hijos, más tarde los padres…

Esa vocación de servicio la aprendimos con la primera muñeca, y hasta las madres modernas queremos para las hijas lo que aún negamos a las nueras: el marido perfecto que supuestamente ha de surgir ¿de nuestra marcada crianza sexista?

El filtro en la cazuela

En la última centuria los hombres han cedido poder en el espacio público, con sus resistencias más o menos veladas. De un modo u otro nos «colamos» globalmente en la administración, la política, el arte, el deporte, la ciencia, la técnica… pero se nos sigue midiendo por el éxito con que despleguemos ¡también! los tradicionales roles reproductivos: dar vida, mantener la casa impecable, hacer funcionar un matrimonio y mantener la belleza para que ellos se sientan a gusto con nosotras.

Créanlo o no, nadie nace mujer, como no se nace hombre. Ambas son construcciones sociales, como diría el Doctor Acanda: complejas estructuras mentales para interpretar la realidad objetiva que nos antecedió y la que nos circunda; patrones «naturalizados» en la práctica a través de involuntarios esquemas diferenciadores, pues además del género filtramos la vida según «nos toca» por edad, raza, clase social de origen, lugar de nacimiento, orientación sexual, vocación profesional…

Se nace, entonces, ser humano. No hay una sola forma de ser mujer, como no hay un único modo de ser hombre. Cada sociedad construye moldes según la lógica competitiva de su momento, pero la vida en su diversidad desborda esos contratos sociales que nos reducen y despersonalizan: a veces por las buenas; otras, desde la pelea verbal y hasta física, con más o menos apoyo según las circunstancias.

Aunque nos parezcamos mucho al tiempo que nos toca vivir, todos tenemos una huella histórica indeleble que se expresa en la forma de resignificar el mundo para ubicarnos en él.

Reproducir estereotipos es camino fácil y hasta jocoso, pero su costo emocional y ético es muy alto. Vivir coherentemente con valores que defendemos desde la reflexión teórica (equidad, justicia, dignidad humana, decencia…) implica observarnos de manera crítica y pasar por el tamiz de la duda nuestra conducta cotidiana, incluyendo el lenguaje que empleamos para nombrar subjetivamente una realidad en permanente cambio, dentro y fuera del hogar.

¿Se han puesto a pensar, por ejemplo, por qué llamamos a algunos hombres cazueleros? «Ese es el que se mete en las cosas de la casa, pero demasiado, al extremo», dijo una colega de maestría esta semana, a lo que el profesor Acanda inquirió provocadoramente: «Ah, sí, al extremo… Y para la mujer, ¿cuál sería ese extremo?».

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