El supremo suspiro

La experiencia orgásmica cambia con los años, las circunstancias y el grado de fantasía o enamoramiento de cada individuo. Este fenómeno responde más a la subjetividad que a la anatomía

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Un orgasmo dura segundos, tanto en nosotras como en los hombres, pero sus consecuencias pueden cambiar una vida y extenderse en el tiempo, no siempre con buenos resultados.

De hecho hay quien se aferra a la pareja equivocada porque la cree única en eso de llevarle al clímax (el correo de Sexo Sentido está lleno de esos ejemplos).

La experiencia orgásmica cambia con los años, las circunstancias y el grado de fantasía o enamoramiento de cada individuo, pero no hay medias tintas en eso de saber si hubo o no un orgasmo. Este fenómeno responde más a la subjetividad que a la anatomía y por tanto es una experiencia individual, fácilmente anticipable además si se velan las señales de nuestro cuerpo y las del compañero sexual, con lo cual se gana control y se disfruta más.

Puede haber hombres duchos, pero ninguno es adivino, así que la tarea orgásmica de una mujer es suya. No olviden que de cada diez, solo tres vivencian el orgasmo como vaginal. En cambio casi todas llegamos bien si se estimula el clítoris, razón por la cual se habla cada vez menos de anorgasmia y más de preorgasmia, como estado previo al conocimiento pleno del cuerpo y a la decisión de mejorar nuestro rendimiento.

Cuesta trabajo explicarlo, dicen las personas sondeadas en estas semanas, pero siempre se sabe cuándo el «acelerón» va a llegar o si el estímulo se perdió y volvimos a la fase anterior —llamada de meseta— y hay que empezar de nuevo. Mejor hubiera sido guiar a la pareja o acariciarnos nosotras mismas en el «punto exacto en que explotamos al amar», como dice Arjona. Y no se escandalicen que eso no deprime a los hombres: más bien excita su imaginación.

También en ellos el anuncio de proximidad llega con el aumento del pulso, la temperatura y la tensión corporal (¡Hasta el cerebro se contrae!, dice Acosta, de 60 años), los testículos se recogen en la bolsa escrotal, la erección es más firme, el pene se amolda mejor a la vagina…

Unos segundos antes o después de esa experiencia placentera ocurre la eyaculación. Para la mayoría de los hombres son procesos concatenados, porque así lo aprendieron de sus mayores o en sus prácticas masturbatorias, pero se pueden desaprender esos reflejos y disfrutar de un orgasmo seco (y hasta de varios), o perfeccionar el acto de la «retirada» en el coito interrumpido. Hay quienes afirman que el semen derramado puede usarse como crema nutritiva para la piel del pecho o el abdomen.

Con un poco de entrenamiento y comunicación la pareja puede identificar síntomas preorgásmicos y ayudar a acelerar el proceso o ralentizarlo. En el primer caso, cambiando el ritmo de los movimientos o la posición (con el tiempo sabes cómo llega mejor tu pareja). En el segundo, interrumpiendo la penetración y apretando un punto bajo el glande durante unos segundos para luego reanudar el coito.

A veces el orgasmo «está ahí, pero no llega solo», dice Miguel Ángel. Entonces hay que concentrarse y provocarlo a voluntad, lo cual es posible por la naturaleza humana del placer, afirman quienes defienden técnicas y filosofías orientales asociadas al sexo, como el Tao y el Tantra.

Por eso los ratos de privacidad adolescente son básicos para un efectivo aprendizaje: tanto muchachas como varones deben explorarse a solas y en un ambiente relajado, sin temor a interrupciones o suspicacias familiares.

El cuidado de su sexualidad no pasa solo por suministrarles condones; también hay que asegurar el escenario para que descubran sin presión sus rutas al orgasmo, ganen seguridad y autoestima y no confundan el placer de ir a la cama con el de hacer el amor, como escribió el forista Kindelán.

El placer es derecho

Se ha comprobado que el orgasmo no se asienta en el pene o la vulva, sino en el cerebro (en el hemisferio derecho, al parecer) y abarca todo el organismo. Hay reportes de experiencias orgásmicas que ni siquiera involucran la estimulación genital, sino que se asocian a conversaciones eróticas, sueños, episodios epilépticos y hasta al cepillado compulsivo de los dientes, dice el neurocientífico Daniel G. Amen.

Y como el cerebro es también la base del comportamiento adquirido, se puede aprender a separar el placer de las demandas reproductivas, a tener orgasmos múltiples y hasta a fingir, un recurso tan antiguo como discutible por aquello de que es tonto dejar camino por vereda: aunque el camino sea abrupto se disfruta, y hay quienes prefieren «demorar el momento de llegar a la meta», como escribió Victoria en el sitio de JR a raíz del artículo pasado.

Encuentros

Grisset dice que para ella y sus amigas han cambiado muchas cosas gracias a cierto libro de los que circulamos el año pasado. Creo que a mucha gente le pasa lo mismo. Para mí hay uno muy especial: se llama Sexo en el cerebro, y me lo regaló Gualterio, un lector superfiel de JR. Antes de que pregunten: no lo tengo digitalizado. Pero si van a la peña de la Facultad de Matemática y Computación de la Universidad de La Habana el próximo miércoles 30, a las 4:30 de la tarde, podrán hojearlo y escuchar mucho de lo que he aprendido en él.

Con el entusiasmo de una hija se embulló una madre a publicar su dirección. ¡Y después hay quien dice que esto de hallar amistades por correo no tiene encanto! Sus datos: Margarita Camejo, calle República No. 3537 entre 6 y 7, Vista Alegre, Ciego de Ávila. CP 65300. Escriban también a Miriela, miry@ipvc.lt.rimed.cu; danaysi@ma.ca.rimed.cu; norman09022@scu.jovenclub.cu; raizagc@ro.cf.rimed.cu, orlando@ipivc.rimed.cu y dailyncp@uclv.edu.cu.

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