Puertas abiertas en El Mejunje

Durante casi tres décadas el centro cultural villaclareño ha sido un espacio donde la hibridez y la aceptación resultan únicos denominadores a la hora de concebir la cultura…

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Decide ahora mismo ser feliz porque la felicidad es una adquisición.

Facundo Cabral

SANTA CLARA, Villa Clara.— Con poses de ciudad desvelada, impaciente e hiperquinética, Santa Clara suele ser para quienes la visitan una de las plazas más bohemias y plurales de Cuba. No extraña que por estos lares los acordes de un juglar se acoplen de improviso con los altos decibeles del rock, o que a tiempo de danzón o a ritmo de un bolero se despabilen las pasiones de noctámbulos, ya habituales en el céntrico Parque Vidal o en los alrededores del teatro La Caridad, en unos muros que la añoranza juvenil de esta villa sin mar ha bautizado jocosamente como su «malecón».

Esos singulares rasgos de urbe intranquila deben mucho al centro cultural El Mejunje, espacio en el que la hibridez y la aceptación resultan únicos denominadores a la hora de concebir la cultura… Y es ahí cuando cabría preguntarse qué es la cultura en un lugar que desde hace años rebasó su significado de práctica artística para asumir el término en su sentido mucho más abarcador y antropológico, al colocar al ser humano y sus inquietudes biológicas y sociales como centro de toda gestión posible.

Durante casi tres décadas esta institución villaclareña ha contribuido de manera sistemática a promover el respeto a la diversidad humana en toda su expresión sensual, sexual, emocional… Algo que aflora a los ojos de cualquiera por la naturaleza múltiple y desprejuiciada de este oasis, a juzgar por los cánones que rigen nuestra sociedad patriarcal.

Tales razones le han conferido a este sitio miradas de todo tipo, aunque pesan aquellas que ponderan lo saludable de un espacio en el que no importa hacia quiénes se orientan las pasiones de sus feligreses ni su procedencia, color de piel, títulos o apariencia, pues cualquiera es aceptado.

A juicio del director de este centro, el actor Ramón Silverio Gómez, es justamente ese sentido humanista de inclusión social y educación lo que ha marcado la diferencia.

«A veces las personas necesitan espacios donde sentirse tal cual son libremente. Donde no cueste trabajo manifestarse con autenticidad, con desenfado… Eso es lo que creo que siempre ha propiciado El Mejunje: un contexto de libertad plena en el que el público se encarga de poner los límites y todo el que asiste tiene igual derecho a sentirse bien.

«Pienso que tampoco hay que tratar de imitar este espacio desde el facilismo ni hacer “lo mismo con lo mismo”. El proyecto surgió y fue tomando cuerpo con el público y las características de Santa Clara y eso también lo hace legítimo, acorde al carisma de la gente de esta ciudad. Tal vez en otros lugares una idea como esta no encuentre tan buena acogida».

Según cuenta Silverio, El Mejunje ha sido siempre lugar de puertas abiertas, lo mismo para el buen ciudadano que para el que alguna vez obró mal. Muchas personas han rectificado aquí sus errores y han sabido tomar la senda correcta. Otros se reafirman en sus gustos y proyecciones, convencidos de que no harán mal a nadie con eso.

Estupendo, genial y único considera este sitio la joven amante del rock y licenciada en Marxismo-Leninismo Raydamara Chirino Pedroso, quien sitúa entre sus mayores gustos el de departir con amigos en un escenario donde «poco importa cómo vistes o si estás a la moda o no para encontrar gente sincera, dispuesta a ser feliz y nada más».

Igual parecer convoca al psicólogo Roswell Borges Castellano varios días de la semana hasta este sitio con apariencia de construcción en ruinas, en el que «uno puede cubrir no solo carencias recreativas, sino también afectivas, pues la interacción que genera nos permite crecer siempre».

Cinco décadas de experiencia facultan a la ama de casa Ana Valero para confesarse mujer de privilegios, por encontrar en tan singular espacio la seguridad que la auxilia a vivir mejor. «Es algo tan fraternal que solo se compara con mi propia familia».

Y así, con un espíritu santo y claro como el de esta ciudad, El Mejunje vibra entre tanta gente que lo visitan por ser un monumento a la diversidad erigido desde el centro de Cuba y, sobre todo, hacia el mismo centro del ser humano.

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