Ni competencia ni concesión

La bisexualidad ha sido estudiada en diversas etapas, pero no hay pruebas definitivas sobre su origen o prevalencia. Los prejuicios sobre este comportamiento provocan un sesgo en los estudios y condicionan los servicios de salud brindados a esas personas

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Aquel que reconoce la verdad del cuerpo puede reconocer la verdad del Universo.

Proverbio hindú.

En materia de diversidad sexual, uno de los comportamientos que más polémica ha despertado a lo largo de los siglos es el de aquellas personas capaces de sentir atracción o amor por la gente independientemente de su género, al punto de tener prácticas sexuales placenteras y relaciones estables tanto con hombres como con mujeres sin que medie un interés económico ni otro tipo de presión social o cultural. Esa conducta se conoce como bisexualidad, y aunque ha sido estudiada en diversas etapas, no hay pruebas definitivas sobre su origen o prevalencia en cada sexo.

Es difícil aseverar desde una postura académica si alguien es o no bisexual. A veces la gente confunde sentimientos de amistad profunda y devoción con un amor de pareja, o a  alguien le perturba el goce que experimenta al observar gente del mismo sexo con fines estéticos y cree que ese acto involuntario responde a un interés erótico.

Otro fenómeno que lo complica es la homosexualidad egodistónica, reportada mayormente en hombres: individuos que no aceptan su inclinación homo y para disminuir su angustia se declaran bisexuales y viven experiencias como heteros, pero ciertas pruebas fisiológicas demuestran que la respuesta de su organismo es mucho más fuerte cuando el estímulo erótico proviene de alguien de su mismo sexo.

También se habla de bisexualidad circunstancial cuando la persona autodefinida heterosexual llega a tener prácticas homos para experimentar lo diferente o porque pasó mucho tiempo entre gente de su mismo sexo.

Incomprensiones y estereotipos

La bisexualidad es una de las conductas más vilipendiadas en la cultura occidental: entre heterosexuales, porque su preferencia ha dominado el panorama cultural por siglos y tienden a censurar todo lo que disienta de su paradigma o  parezca «competencia»; y entre homosexuales porque la catalogan como hipocresía para no «salir del armario». También suelen vivir con incomprensión las mismas personas bisexuales, que ante su supuesta «incapacidad para elegir un bando» se ven a sí mismas como ambiguas, indecisas, no comprometidas.

Popularmente se asocia a promiscuidad o falta de escrúpulos, pero una cosa no tiene que llevar a la otra. Ellas o ellos pueden ser tan fieles y estables en sus relaciones como cualquiera, y pueden también no serlo: depende de sus condiciones morales, y el hecho de que se interesen en las personas sin poner trabas a su sexo no significa que no miren otras cualidades o no establezcan requisitos para aceptar pareja.

La socióloga mexicana Myriam Brito define la discriminación por orientación sexual como una forma estructural de desigualdad en el plano de las representaciones subjetivas. Las personas y grupos estigmatizados a partir de características particulares sufren mayor vulnerabilidad social y están expuestas a tratos excluyentes también en lo político y lo económico.

Aún sin respuestas para todas las incógnitas, desde hace más de una década se celebra cada 23 de septiembre el Día Internacional de la Bisexualidad, fecha para buscar una visibilidad desprejuiciada del fenómeno y exigir respeto a los derechos de esas personas, teniendo en cuenta que esta y otras variantes minoritarias de la conducta sexual no son enfermedades, sino expresiones de una minoría poblacional, mientras que la bifobia, la homofobia y la transfobia sí involucran a mucha gente, víctimas de una ignorancia hegemónica que lastra la vida tanto de quien discrimina como de los grupos discriminados.

Los prejuicios sobre bisexualidad provocan un sesgo en las investigaciones y condicionan los servicios de salud que se brindan a esas personas, pues una atención limitada por una visión dual del erotismo (solo cuentan lo hetero y lo homo) legitima una educación discriminatoria que repercute, por ejemplo, en un mayor número de casos de mujeres con VIH en el mundo —también en Cuba—, cuyos esposos tuvieron sexo con otros hombres en circunstancias vulnerables, pero se niegan a reconocerlo o a protegerlas.

Por eso, tan arbitrario resulta negar la existencia de bisexuales como imponerles a la fuerza otras etiquetas para denigrar su opción de no «definirse» al gusto de la época. Es absurdo ignorar la diversidad a lo interno de esta minoría o focalizar el fenómeno en aquellos sujetos que viven relaciones de conflicto (estereotipo de inestabilidad e indefinición), mientras que a otras personas bisexuales cuyas vidas no son traumáticas no se les presta atención.

Y si la sociedad no está aún dispuesta a comprometerse con un estudio a fondo de la bisexualidad, ¿cuándo estará lista para explicar otras variantes como la heteroflexibilidad y la homoflexibilidad, que desdibujan las matrices sexuales reconocidas y plantean nuevos retos para la antropología, la demografía, la epidemiología y tantas disciplinas cuyo objeto de estudio es la complejidad humana?

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