¡Uy! ¡Ay! ¡Ahí! ¿Aló?

Las relaciones sexuales escandalosas constituyen una forma de ultraje sancionada por la ley en numerosos países, y pueden dar origen a diversas conductas que involucran actos o fantasías extravagantes para conseguir el placer de quienes los vivencian

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Cuida tus palabras, no sea que malogren tu destino.

William Shakespeare

Según los estereotipos culturales modernos, los caribeños tenemos fama de extrovertidos, escandalosos y sensuales. Intentar negarlo sería absurdo, pero pedir un poco de moderación en ciertas circunstancias no es tan descabellado, teniendo en cuenta las consecuencias psicológicas que acarrea escuchar a otros en su intimidad sin dar nuestro consentimiento para ello.

Y no hablamos de los naturales quejidos o requiebros que en voz baja intercambian la mayoría de los amantes, sino de alaridos y expresiones que pueden resultar excitantes para sus protagonistas, pero puertas afuera resultan agresivos o vulgares para muchos jóvenes y adultos, e incomprensibles y alarmantes para niñas, niños y adolescentes, tengan o no idea de lo que está ocurriendo.

Aunque poca gente esté al tanto, el sexo escandaloso es una forma de ultraje prevista y sancionada por la ley en numerosos países*, porque ofende el pudor y las buenas costumbres sociales. Pero más allá de su connotación legal, el asunto preocupa porque puede dar origen a diversas parafilias, como se conoce a las conductas que involucran fantasías o actos extravagantes reiterados y excluyentes para conseguir el placer de quienes las vivencian.

La audiofilia o audiolagnia es esa búsqueda a través de los sonidos, sobre todo los que provienen de una relación erótica. Excitarse con lo que dice la pareja es normal, pero depender de sus gritos para lograr el orgasmo o espiar a otros y estimularse con sus expresiones y ruidos son síntomas de que no todo está bien en el erotismo de esa persona, explica la doctora Elvia de Dios, experta en estos asuntos.

A Sexo Sentido escribió un joven preocupado por cierta manía de escuchar a sus compañeros mientras tenían sexo en la universidad. Según contó, esa necesidad empezó de modo involuntario: cuando era niño su vecina hacía el amor a todo pulmón y con la ventana abierta, por lo que era inevitable escucharla. Al llegar a la adolescencia decidió masturbarse en esos momentos, y ahora resulta que no puede eyacular si no es oyendo a otros, al punto de que ha llegado a grabarlos para estimularse después a solas.

Una explicación para este fenómeno está dada en la formación de hábitos desde la infancia, pues buena parte de lo que conforma nuestra identidad nos llega a través del oído, incluso desde el vientre materno. Por eso es crucial cuidar las palabras y sonoridades a las que exponemos a nuestra familia, tanto como el aire que respira o el alimento que ingiere.

Aun cuando las condiciones materiales dificulten la privacidad en las relaciones cotidianas, nos toca a los adultos velar por no exponer a los menores a lo que no entienden, sobre todo porque desde fuera el acto sexual casi siempre suena —y parece— violento.

Se impone entonces hablar con ese vecino o vecina escandaloso para que se modere, por el bien de la comunidad y el suyo propio. Puede que hasta ese momento no estuviera al tanto de las consecuencias de su conducta y esté dispuesto a cambiar, pero puede también que no lo logre porque ya esté condicionado por otras parafilias: la coitolalia, que es el impulso irrefrenable a hablar durante el acto sexual para excitarse, o la agrexofilia: placer que genera  saber que eres escuchado mientras mantienes relaciones sexuales.

En esos casos se les puede recomendar que suban el volumen de la radio o el televisor, aunque tal vez sea bueno recordarles que la Ley tiene mecanismos para persuadirlos a resolver el problema si hace falta.

Blablablá sexual

Las dos filias descritas son de las más extremas en este grupo relacionado con el habla, porque vulneran el derecho ajeno, pero hay otras igual de curiosas, aunque inofensivas, siempre que se practiquen con el consentimiento de la pareja y de forma privada.

Una de estas es la coprolalia o estimulación sexual mediante el uso de malas palabras. Su mayor desventaja es que estos vocablos son pegajosos y después se pueden escapar en momentos o con personas inadecuados, y aunque hoy eso parezca una moda es inevitable juzgar la cultura de una persona por el registro idiomático en el que se siente más cómoda. De hecho, la coprofemia es el placer sexual proveniente de decir obscenidades en público, y es también una parafilia de las menos reconocidas.

Otras conductas de doble filo son la escatología telefónica o erotofonofilia, que es el uso del lenguaje erótico en llamadas telefónicas, ya sea con personas conocidas o desconocidas; la erotolalia o impulso a hablar solo de sexo, trayéndolo a colación en cualquier circunstancia, y la narratofilia u obsesión por describir actos sexuales con lujo de detalles.

Recordar hazañas propias es un mecanismo saludable para despertar el deseo cuando hay pereza o la relación ha caído en la rutina; incluso es bueno para intercambiar sensaciones y ser mejores amantes, pero detallar minuciosamente las experiencias con parejas anteriores o hablar de lo visto en una película como si fuera una vivencia, convirtiendo además la narración en el centro del acto sexual, es, cuando menos, una manía de mal gusto.

En materia de sexo todas las personas tenemos uno o más gustos muy particulares, a veces inconfesados, y no hay que asustarse por ello, a menos que acaparen nuestros pensamientos o dificulten el desempeño social y familiar. Las conductas no convencionales solo son patológicas si son excluyentes a la hora de llegar a la cima del erotismo una y otra vez. Para determinar su origen y ajustarlas es bueno contar con ayuda especializada, concluye la doctora Elvia de Dios.

*En Cuba el ultraje sexual por exhibicionismo aparece en la sección quinta del capítulo titulado Delitos contra el normal desarrollo de las relaciones sexuales, del Código Penal, artículo 303, inciso b, y se sanciona con multa de cien a 300 cuotas o privación de libertad de tres meses a un año.

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