Flechazos de amor

Casi todos los seres humanos tienen la capacidad de enamorarse, no una, sino varias veces, e incluso de individuos muy diferentes entre sí

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Al principio todos
los pensamientos pertenecen
al amor. Después, todo el amor
pertenece a los pensamientos.

Albert Einstein

«Pasas por mi lado y millones de células nerviosas chispean en mi cerebro, haciéndome voltear para mirarte otra vez. Tú también miras hacia atrás y un tímido asomo de sonrisa aparece en tus labios, hasta que notas mis ojos siguiéndote y tu sonrisa se desencadena.

«Una descarga de adrenalina provoca que mi corazón brinque excitado, enviando un incremento de fluido sanguíneo hacia las zonas sensitivas de mi cuerpo. Pensar en ti ilumina los centros emocionales de mi mente y por un breve momento tú vives literalmente en mi piel».

Así describe el inicio de los enamoramientos el neuropsiquiatra norteamericano Daniel G. Amen, autor de Sexo en el cerebro, libro editado en 2007. Según demuestran sus numerosos estudios, ese es un proceso que activa todos los sistemas del organismo, desarticula todas las rutinas y puede hacer que las personas más equilibradas «sufran» una crisis de enajenación mental.

«Como hemos “conectado”, mi mente trabaja horas extras, obsesionada con tu olor y el color de tus ojos. Tú palpitas en mi corazón y pulsas en mi sistema nervioso, desde la red neuronal de mi cerebro hasta las plantas de mis pies.

«Comienzo a desorientarme cuando nos apartamos. Con el tiempo, tu toque se vuelve esencial: te apetezco, te necesito cerca de mí. Tu cuerpo se siente tibio y tranquilizante. Duermo en paz sabiéndote cerca, y me despierto a menudo en la oscuridad para sentir tu piel».

Misterios que la ciencia no aclara

Casi todos los seres humanos tienen la capacidad de enamorarse, no una, sino varias veces, e incluso de individuos muy diferentes entre sí. El grado de dependencia física provocado por esta pasión, y las razones por las que nos cautivan unas personas y otras no, son misterios que la ciencia aún no aclara, aunque desde hace décadas se ensayan varias teorías: experiencias vitales tempranas, componentes químicos, sabiduría ancestral del ADN... Tampoco se explica por qué ese sentimiento arrollador desaparece, de golpe o paulatinamente, dejando huellas más o menos profundas en nuestra conducta cotidiana.

Lo que sí queda claro es que el amor y el sexo se viven con todo el cuerpo, pero es en el cerebro donde se asientan esos cambios de estado, reales o imaginarios. Este decide quién resulta atractivo, cómo preparar una cita, qué hacer con esos sentimientos dulces o perturbadores y cuán lejos los dejaremos llegar en la práctica.

«No quisiera salir de la cama cuando reposo cerca de ti. Si te alejas, te busco en mi cerebro. Tu voz endulza las vibraciones del aire. Mi mente me suplica que te haga el amor una y otra vez. Nuestros cuerpos navegan juntos en el espacio. Tu mente lee la mía y adivina cómo deseo que me toques. ¿Cómo puede ocurrir?

«Tus células reflejan mis deseos. Las neuronas de mis ojos se encienden como chispas cuando caminas en la habitación, especialmente si estuviste ausente por un rato. Las canciones, los olores, los lugares y las fotos no me dejan olvidarte: estos activan esos centros de mi memoria donde habitas, como si estuvieras cerca de mí».

Un cerebro que trabaja bien nos ayuda a ser reflexivos, juguetones, románticos, íntimos y comprometidos con la pareja, dice el doctor Amen, pero advierte que si ese órgano resulta disfuncional o está sometido a grandes tensiones nos puede llevar a ser impulsivos, distraídos, adictos, infieles, huraños y hasta odiosos. ¡Y luego nos preguntamos por qué se arruinan siempre las oportunidades de mantener una intimidad o buscamos culpables a nuestro alrededor!

«La parte juiciosa de mi cerebro vigila lo que hablo cuando estamos juntos, tratando de proteger tus sentimientos: miro tus ojos, tu rostro, tu cuerpo, veo cómo reaccionan cuando me hablas para saber si estás feliz, si deseas algo de mí o si necesitas un abrazo de comprensión».

Cuidar nuestro cerebro es conservar la esperanza de una nueva ilusión, sea con alguien desconocido o con esa persona que comparte nuestra vida desde hace tanto tiempo. Es ese órgano, al decir del doctor Amen, el que nos ayuda a ser entusiastas en la cama o, por el contrario, drena nuestros deseos; el que procesa las rupturas para aprender de estas o nos vuelve vulnerables a las depresiones y las obsesiones, construyendo fantasmas que a veces ciegan la razón.

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