El amor no es ciego

El mirar es un recurso inconsciente para buscar signos de buena salud en una pareja potencial con la que podrían tenerse descendientes. Luego, el siguiente paso es preguntar a nuestras narices si les gusta lo que huelen y a nuestros oídos si les convencen los argumentos de esa persona

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Es un hecho curioso de la vida
que si uno se niega a aceptar
nada que no sea lo mejor, suele
conseguirlo.
W. Somerset Maugham, escritor y
diplomático inglés.

Daniel y Yamilia llevan varios años viviendo como pareja. Se conocieron en su bregar como dirigentes de la Asociación Nacional del Ciego (ANCI) en la capital. Ella tiene baja visión y el es ciego total. Quien los observa no repara de inmediato en su discapacidad: primero se nota la empatía entre ambos, la manera de mimarse y apoyarse mutuamente.

Jorge perdió la visión siendo adulto. Oscar lidia con un defecto congénito degenerativo. Ambos se esfuerzan por llevar una vida corriente, y a pesar de la dificultad para captar o transmitir ciertas señales, logran enamorarse a plenitud y conservar relaciones estables, en las que predominan la pasión y no la lástima.

El primero confiesa que extraña un poco ese deleite de mirar a la gente en la calle y piropear a mujeres bonitas. «Ahora me excito escuchando una voz agradable y soy galante con esa persona. No es que busque aventuras, porque no las necesito, es solo otra manera de sentirme vivo», reconoce.

También Mileydis, otra joven líder de la Anci, se regodea en su romance: «La gente me pregunta cómo puedo saber si mi pareja está bravo conmigo o si quiere pasar un buen rato», comenta. «Cuando hay amor, hay muchos modos de comunicarse. Liván y yo nos conocemos por el tono de la voz o la manera de acercarnos. Hay códigos verbales que usamos incluso delante de otras personas. Somos ciegos, no bobos, y si hay un motivo de disgusto es mejor aclararlo pronto para no amargar la relación».

El cerebro aprende

Las funciones visuales demandan más del 50 por ciento de la actividad neuronal y tienen mucho peso en la sexualidad humana —especialmente en los hombres—, pero si ese sentido no está disponible el cerebro reajusta sus capacidades para no desperdiciar energía y talentos.

Los modernos estudios de imagen computarizada confirman que la amígdala es una de las estructuras cerebrales que más se activan al contemplar escenas eróticas, pues es esta quien controla las emociones y motivaciones cotidianas.

Cuando el sujeto no puede ver, otros estímulos sustituyen esa necesidad de apropiarse de la realidad y la amígdala reacciona como si la información llegara desde los ojos: olores, sonidos, roces de piel, cambios de temperatura… el mapa de la actividad sexual se reconstruye desde nuevas coordenadas y llega a ser muy vívido, experiencia explotada desde la antigüedad para refinar las técnicas amatorias.

A la larga, el mucho mirar es un recurso inconsciente para buscar signos de buena salud en una pareja potencial con la que podrían tenerse descendientes. Así ha sido desde la era de las cavernas. Aunque el ser humano prioriza el placer y destina poco tiempo a reflexionar sobre la reproducción, aún reaccionamos como seres biológicos, condicionados para perder el juicio ante un rostro simétrico o un cuerpo que atraiga por su brillo.

Tras ese deslumbramiento, el siguiente paso es preguntar a nuestras narices si les gusta lo que huelen, y a nuestros oídos si les convencen los argumentos de esa persona. Cuando se pretende llegar a una relación sólida se cierran los ojos inconscientemente para pensar mejor en los pro y los contra de la situación.

En ese sentido es una ventaja ser ciego, jaranea Daniel. Nosotros desarrollamos otras habilidades para identificar las intenciones de la gente que se nos acerca, y como usamos mucho nuestras manos para ubicarnos y establecer contacto físico, podemos determinar si la otra persona reacciona con agrado o disgusto a nuestra presencia.

Tales ventajas deben acompañarse de responsabilidad para no ser malinterpretadas, precisa Ramón, también miembro de la Anci capitalina y profesor de artes marciales para personas de baja o nula visión.

«Aprender a moverse, a interactuar con el medio y con el resto de la gente, no solo es una táctica defensiva: es también un recurso para hacernos la vida más placentera», aconseja él.

Doralina apoya esa filosofía y acota: «Quien no puede cegarse es el corazón. Como seres humanos tenemos derecho a coquetear y a experimentar cualquier práctica sexual que nos apetezca. En algunos aspectos hace falta ayuda, pero en la mayoría nos desenvolvemos con naturalidad.

«A veces la familia no entiende que sus adolescentes se enamoren, pero eso también es parte de la rehabilitación social que defendemos. Cuando una persona ciega se anima a tener pareja y familia, está creciendo humanamente».

Así lo cree también Felito, un joven deportista que perdió la vista en la adolescencia por un golpe callejero. «¿Sexo y ceguera? Claro que ligan bien… ¿O nunca han hecho el amor completamente a oscuras, buscando su pareja a tientas?», nos provoca. «Cuando se trata de la persona que me gusta solo hay que darme un chance para que las manos hablen y las narices vean ¡en todos los colores!».

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