Aprendiendo a vivir (I)

Un condicionamiento biológico y cultural durante milenios ha llevado a lo femenino y a lo masculino a manifestarse de modo muy diferente en diversos aspectos

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

La mujer debe sentirse libre, no
para rivalizar con los hombres,
sino libre en sus capacidades y
personalidad.

Indira Gandhi (1917-1984)
Estadista y política hindú.

¿Cuándo empiezan las vacaciones para un hombre que lleva a su familia de campismo? Al llegar a la cabaña, instalarse y tomar el primer baño de mar. Cualquier cosa que demore esa meta es una molestia para él.

Para su esposa, en cambio, las vacaciones incluyen la elección del destino, la compra de insumos para esos días, el llenado de mochilas y jabas con decenas de cachivaches, la espera en el parque para tomar el transporte…

Cuando llegue a la meta, ella necesitará organizar el nido, aunque sea para tres días; tratará de imponer un horario de comida, higiene y sueño, y probablemente peleará mucho porque su «desconsiderada» familia anda dispersa en sus placeres y nadie la ayuda a mantener el orden que tanto necesita su cerebro femenino para sentirse a gusto.

Dicho así parece una aberración, pero es el resultado de un condicionamiento biológico y cultural que durante milenios ha llevado a lo masculino y lo femenino a manifestarse de modo muy diferente en numerosos aspectos, según demostró la psicóloga y periodista chilena Pilar Sordo en una investigación que involucró a varios miles de personas dentro y fuera de su país.

El estudio partió de la observación de pacientes de ambos sexos cuya conducta mostraba regularidades asociadas al género: los hombres siempre hablaban de sí mismos para resolver aspectos concretos y avanzar en la vida, mientras que las mujeres se explayaban describiendo a las personas que les rodeaban, a las cuales culpaban de sus fracasos y neurosis frecuentes.

En su trabajo por comunidades de diversos estratos, la doctora Sordo logró identificar 14 grandes diferencias y estableció algunas consecuencias de este fenómeno en las relaciones interpersonales e intergeneracionales. Su afán era desmontar esos estereotipos y enseñar a resolver conflictos de una manera más saludable para ambos miembros de la pareja.

Truco o trato

Una gran diferencia —ha dicho ella en sus charlas en diversas ciudades del mundo— es que el cerebro masculino funciona centrado en los objetivos, y el femenino, en los procesos o trayectos, tanto para las decisiones cotidianas del hogar como para las profesionales y emocionales.

Por eso en el sexo es tan importante para nosotras la ceremonia de preámbulo y el acurruque posterior, mientras que para ellos la meta concreta es ser efectivos en la triada erección–penetración–eyaculación. Claro que hay excepciones, y son esas parejas la prueba de que es posible transformar los patrones de conducta por el bien común.

Pilar encontró dos palabras que definen la filosofía de vida asociadas de manera inconsciente al rol reproductivo: para ellos la palabra es soltar, y para ellas, es retener.

La retención femenina tiene varios niveles. Primero está el concreto biológico (sudamos menos, tenemos celulitis, tendemos a ser gorditas y ¿cuántas veces no descubrimos que ni siquiera orinamos en todo el día?). También acaparamos más objetos de uso práctico (por si «mañana hacen falta») y muchos otros asociados a nuestra estupenda memoria emocional: no solo nos acordamos de todo lo que nos han hecho, bueno o malo, sino que al sacarlo a la luz —incluso años más tarde— lo revivimos con idéntico dolor o placer. Por eso nos molesta tanto que ellos apenas recuerden fechas o circunstancias claves en la historia de la pareja.

El tercer nivel tiene que ver con lo preguntonas que somos, dice Pilar. ¿Todavía me quieres? ¿Qué te pasa? ¿Comiste bien? ¿Cómo me veo? Esas son interrogantes suicidas, porque los hombres, respondan como respondan, nos hieren igual.

El par dialéctico retener-soltar condiciona los dos principios de vida que definen a cada género: la mujer aprende a vivir para ser necesitada (su placer depende del bienestar ajeno) y el hombre para ser admirado (por lo que tiene, sabe o controla). Ellas se quejan, pero no sueltan esa omnipresencia. Ellos se callan y siguen adelante, pero sufren físicamente si sus   acciones no les hacen relevantes.

La experta aclara que hay muchos grados de retención o desprendimiento en ambos sexos. Los extremos serían la clásica mujer que lo asume todo en su ámbito («Si no lo hago yo, no lo hace nadie») mientras descalifica a quien trata de ayudarla (porque «Nadie lo hace mejor que yo») y el hombre que continuamente vive y olvida, y es capaz de voltear a su mujer en la cama para intentar penetrarla pocos minutos después de criticar su comida o burlarse de sus aeróbicos.

«La gran tarea femenina es aprender a soltar lo que nos hace mal», resume la experta. La gran tarea masculina es entender que su pareja no es una marca de misión cumplida en la lista de la vida, sino una conquista diaria que requiere estrategias para sostenerse a largo plazo.

El cambio práctico puede empezar por la comunicación. Ellos usan al día unas 10 000 palabras, pero gastan la mayoría en la calle o el trabajo, y dejan apenas unas pocas para la familia, un diálogo que requeriría —dice Pilar— al menos un tercio del total.

Por otro lado, nosotras empleamos unas 27 000 palabras, pero un gran por ciento lo destinamos a procesos que no tienen nada que ver con lo que nos pasa internamente. Al final damos muchos rodeos y empleamos parábolas para que ellos adivinen lo que necesitamos, y luego nos disgustamos cuando no lo logran de la primera vez.

Este es el resultado de tener un mayor pensamiento mágico, tema del que hablaremos en la próxima edición.

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