Amor de estudiante

El Código de Trabajo cubano y el reglamento estudiantil son bien estrictos: nada de amoríos en las escuelas entre profesores y estudiantes. No obstante, hay matices a la hora de analizar cada caso

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Una onza de falsa vanidad deteriora todo un quintal de auténtico mérito. Proverbio turco

Cada vez que sus miradas se cruzan hay chispas en el ambiente, alimentadas por ese aire de prohibición que lo hace parecer más deseable. Con casi la misma edad y gustos muy parecidos, la barrera está en los roles: ella estudia en el tecnológico donde él imparte clases de Informática.

Si les preguntan, dirán que están muy enamorados y sufren porque no pueden concretar su sueño. Por eso reniegan del reglamento que frena sus impulsos. La lógica dice que compartir intereses profesionales es un punto a favor, pero la ética sugiere distancia para evitar malos entendidos y hasta actos que puedan constituir delitos.

Amar no es una fechoría, pero está demostrado que el enamoramiento puede nublar el juicio y conducir por trillos escabrosos, especialmente cuando la jerarquía facilita tomar malas decisiones. ¿Qué haría ese profesor a la hora de evaluar una asignatura «difícil» para la muchacha? ¿Cómo reaccionaría ante una indisciplina suya, o incluso de su mejor amiguita? ¿Soportarían verse en el receso sin rozar los labios ni decirse una frase cargada de intención?

La ley y el orden

El Código de Trabajo cubano y el reglamento estudiantil son bien estrictos: nada de amoríos en las escuelas entre profesores y estudiantes. De hecho, se espera que la restricción funcione incluso fuera, porque si decidieran entenderse en la calle o en sus casas, tarde o temprano eso repercutiría en el vínculo escolar.

«Los sentimientos son difíciles de evitar, pero la conducta sí puede controlarse, sobre todo por parte del adulto, quien debe ser capaz de mantener los límites y no alentar acciones que empañen su ejemplaridad», puntualizó la Doctora Ena Elsa Velázquez Cobiella, ministra de Educación.

En diálogo con Sexo Sentido, la titular reconoció que las circunstancias son muy distintas a las que existían cuando se dictaron esos reglamentos (hace varias décadas), pero los principios éticos siguen siendo los mismos.

Hoy la juventud tiene más acceso a la educación sexual, los «profes» tienen menos edad y la sociedad mira el noviazgo con ojos más permisivos, pero el rol formativo de las escuelas no cambia y una conducta que comprometa la integridad del docente no debe tomarse a la ligera, insiste.

No es una medida exclusiva de nuestro sistema educacional, precisa la Ministra. Numerosos países pautan la relación entre sus estudiantes y el profesorado, incluso en la enseñanza posgraduada, porque es difícil estimar la duración o las intenciones de esos «amores» académicos.

No obstante, hay matices a la hora de analizar cada caso, puntualiza la entrevistada. La edad, el nivel de enseñanza, el vínculo previo y el estatus de la relación influyen en la medida organizativa o disciplinaria que se aplique. Se trata de respetar el derecho individual a elegir pareja, pero sin sentar un mal precedente en el centro o el territorio.

En la educación Primaria es totalmente inaceptable y hasta tipifica como delito de estupro o de corrupción de menores si una maestra o maestro alienta sentimientos amorosos en menores de 12 años con cualquier finalidad. Si tuvo lugar un encuentro sexual puede juzgarse como violación, aun si fue consentida por el adolescente, porque su inmadurez no le permite comprender tales actos ni sus consecuencias.

En ambos casos la ley prevé sanciones rigurosas, con privación de libertad de hasta 30 años si hay varias circunstancias agravantes, y una de estas es que el adulto aproveche su condición de tutor o docente, porque abusa además de la confianza de la familia y el Estado.

En la Secundaria hay más posibilidades de una participación espontánea en la construcción del vínculo, pero eso no lo hace más legítimo, porque sigue siendo un ser vulnerable en el aspecto psicosocial e incluso en lo biológico en muchos casos. La pubertad despierta sensaciones nuevas y es muy fácil confundir admiración o simpatía con el amor de las películas, pero esa confusión no puede ser aprovechada por el claustro para seducir al alumnado.

Le corresponde al adulto dejar esa situación bien clara para evitar traumas que lastren la adolescencia, y además porque se expone a un proceso penal si la familia decide denunciar, aun cuando estuviera de acuerdo inicialmente.

En este caso la minoría de edad tiene un gran peso, aun cuando la otra parte le lleve pocos años y prácticamente pertenezcan a la misma generación. Para colmo, el interés en esa etapa es muy voluble y si no hay una formación moral adecuada cualquiera de los dos puede acudir al chantaje emocional para prolongar o romper el vínculo o para tomar ventajas en el sistema escolar.

Las decisiones más escabrosas se dan en la enseñanza preuniversitaria y tecnológica, cuando ambos involucrados superan los 16 años y hay mayor madurez para ejercer los derechos sexuales con pleno conocimiento de causa, ajustado a los valores sociales que defendemos.

Si la relación va más allá de lo casual erótico, si ya existía el noviazgo antes de coincidir en el mismo centro, si es socialmente reconocida o ya hay hijos comunes, es recomendable facilitar el traslado para otro plantel, precisa Velázquez.

Si se trata de una carrera específica o un territorio sin otras opciones, la pareja debe comprometerse con la dirección del centro a no hacer manifestaciones públicas de su afecto ni permitir el trato privilegiado entre sí o por parte del resto del claustro.

En la medida en que la educación sexual alcance a más estudiantes y profesores, será más fácil dialogar sobre este tipo de situaciones con argumentos científicos y morales acordes con los nuevos tiempos. Así entenderán que las relaciones serias bien pueden esperar tres años para concretarse. Si es amor de verdad, tal prueba de respeto y contención no lo rebajará. Todo lo contrario.

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