El amor y el interés…

Depender económicamente de la pareja no es el estatus más ventajoso al que puedes aspirar si valoras tu autonomía

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Compra tu seguridad antes que tu felicidad, y ese es el precio que tendrás que pagar. Proverbio

Cada vez que una persona pudiente establece una unión formal con alguien que la supera en belleza o juventud, la opinión general es que esa relación no se sustenta en el amor, sino en el interés. Puede no ser verdad, pero es difícil eludir tal suspicacia colectiva.

En otras épocas también se estigmatizaron esos enlaces, que siempre han sido peor vistos cuando la persona de mejor posición financiera es mujer o si el acuerdo es entre dos seres del mismo sexo o de etnias distintas.

Depender económicamente de la pareja no es el estatus más ventajoso al que puedes aspirar si valoras tu autonomía. No obstante, para alguna gente funciona a las mil maravillas porque, si bien «cobran» por ello, están en disposición de brindar lo que más anhela la contraparte: compañía, sexo, cariño y estabilidad. Nada impide que puedan llegar a sentirse bien, haya o no amor, si apelan a otros recursos emocionales y habilidades hogareñas.

El tema fue debatido hace algunos meses en el foro de Sexo sentido, sin llegar a consenso. Por momentos era visto como algo natural, arraigado en las tradiciones, y más tarde se le catalogaba como una especie de prostitución exclusiva.

Incluso se presentó el caso de relaciones apasionadas que luego de extinguido el fuego no se deshacían para no perder comodidades o renunciar a proyectos que requerían más tiempo y dinero, por aquello de no abandonar en las maduras si ya me comí las verdes.

Cadenas voluntarias

Sería ingenuo creer que el amor solo funciona entre iguales, cualquiera sea el rasero por el que se mida: dinero, posición, nivel educativo, edad, origen… La diferencia no debería restringirte para llegar a la persona que te arrebata, y mucho menos condicionar el despliegue de tus emociones a lo que estime el resto de la sociedad.

Pero el amor no es la única razón para establecer alianzas. Si la persona en desventaja aprecia el cariño que le brindan, además del apoyo económico, y trata de merecer ambos con su buena conducta, nadie puede acusarla de deshonestidad o falta de escrúpulos.

Es un acuerdo saludable en el que cada quien aporta lo que el otro necesita y además comparten el deseo de hacerlo funcionar. Parejas así acuden con frecuencia a las consultas de terapia sexual para hacer que el erotismo fluya y calzar el convenio con eficiencia y diversión.

La experta española Miren Larrazábal afirma que todo es válido si mejora la relación. La sociedad se mueve por intereses económicos en casi todas sus esferas y sería hipócrita esperar que el matrimonio escape de esa dinámica, dice ella.

Sin embargo, llama la atención en nuestro país el número de jóvenes que declaran como proyecto de vida el «pescar buenos partidos para no tener que trabajar» o «parirles a varios hombres para vivir de las pensiones», fenómenos desechados hace décadas y que resurgen a la luz de la nueva realidad económica, alerta la colega y máster en Estudios sociodemográficos Dixie Edith.

Cuidado con la correa

A veces resulta obvio que una «pareja dispareja» pende de un hilo: quien tiene más abusa, o quien tiene menos hace evidente su desprecio y mal soporta la sumisión. En casos así ambos son propensos a faltas de respeto, infidelidades, trastornos emocionales y, como lógica consecuencia, a disfunciones sexuales y amorosas.

Cuando la persona de menos recursos actúa bajo presión familiar o amenazas; si ante un acoso prolongado no ve otra salida que aceptar, o si le imponen renunciar a lo que ama porque no está en condiciones de independizarse del bolsillo ajeno, el asunto tipifica como un delito contra el normal desarrollo de las relaciones sexuales y puede encauzarse por la vía legal.

La víctima puede recuperar su capacidad de decidir con ayuda de un tribunal y apoyo sicológico, pero debería renunciar al sostén económico si quiere salir adelante, excepto si no puede realmente valerse por sí misma o hay menores nacidos de esa unión.

Lo que no van a devolverle las leyes es su decoro, porque ese solo lo pierde quien lo cede voluntariamente a otras personas, tenga o no más recursos vitales para encaminar su vida.

Para la francesa Valerie Tasso, autora del polémico Antimanual del sexo, la dignidad es «una entereza individual que consiste en preservar su propio código de valores, por extraña, difícil o absurda que la vida se presente». Y como «no tiene sitio, ni colectivo, ni plural», tampoco deberíamos aceptar que la gente le ponga precio, ni para comprarnos ni para asumir que nos hemos vendido alguna vez.

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