Retrato de familia

Cuando las mujeres confunden su realización profesional y personal, décadas después, la vida de esa mujer no se parece en nada a sus sueños

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Dondequiera que hay una mujer, hay un espacio de privilegios que la sociedad tiene negados para ella.

Paula Companioni, joven periodista y feminista cubana.

Ella tomó el título de ingeniera, el primero en su familia, y lo apretó en el pecho, colmada por las ansias de mejorar el mundo y la alegría de saber cómo hacerlo. Dos días después se casó y en un mes comenzó a trabajar en una plaza inferior, pero que le permitía estar cerca de la pareja.

Sus planes de marcar la diferencia en una profesión tradicionalmente asignada a hombres fueron pospuestos ante la urgencia de impresionar a la familia política, criar dos hijos, construir casa propia, ajustarse al cambio socioeconómico, asumir el envejecimiento familiar…

Dos décadas después, la vida de esa mujer no se parece en nada a sus sueños. En calzoncillos y despatarrados sobre los sillones de la sala, dos veinteañeros exigen que la madre les alcance el desayuno y conteste el teléfono para no perderse ni una patada del fútbol, aunque eso signifique atrasarla en sus otras tareas domésticas.

Al oírlos criticar la mediocridad del empleo materno o cuestionarle el valor de estudiar una carrera, se pudiera creer que la derrota del equipo favorito los ha vuelto groseros, pero eludir responsabilidades y menospreciar el sacrificio de sus mayores es lo «normal» para esos chicos, cuyas muecas de ingratitud se reflejan en el pulido cristal de los títulos de ambos padres, enmarcados en una pared detrás del televisor.

Luces en la noche

Del mal sabor de aquella imagen logró curarme esta semana el Centro Martin Luther King y su taller anual sobre Género y Diversidades, espacio que esa institución organiza para promover una mirada más equitativa a las relaciones entre hombres y mujeres en todos los ámbitos, con énfasis en la familia y la comunidad.

Una veintena de profesionales de distintas provincias y dos muchachas colombianas nos reunimos para recrear experiencias mediante los divertidos métodos de la Educación Popular, que el centro promueve por su capacidad de estimular en la gente un proceso de cambio hacia conductas más respetuosas de la otredad.

El diálogo con textos y especialistas generó la consecuente revisión interna y la confirmación de metas esperanzadoras, pero el tema más inquietante fue, sin duda, el de los modos de nombrar y vivir nuestra diversidad como seres sexuados.

El intercambio con el médico y activista cubano Alberto Roque derramó sal y pimienta sobre la brecha de la ignorancia y el miedo a esas realidades, al punto que difícilmente alguien del grupo engavete lo discutido o vuelva a mirar el mundo con los ojos de la dicotomía patriarcal hegemónica.

Nadie asimila en pocos días las múltiples combinaciones de un sistema de identidades que conecta al sexo biológico con el género socialmente construido, la orientación del deseo, las prácticas eróticas y el modo de relacionarnos con otros sujetos. Pero, ¿acaso hace falta clasificar a los seres humanos por lo que prefieren hacer en privado para aquilatar sus aportes o entender sus ilusiones?

Vivir felices y admirar en el prójimo similar privilegio presupone aceptar que hay muchas maneras de habitar el cuerpo desde la           angustia o el placer, como un calidoscopio de oportunidades que abre cuando las sociedades maduran.

En la vida real, nadie ve las cosas tal como son, sino como somos o creemos ser desde un mandato asignado al nacer. Al revisar con humildad nuestros esquemas solemos dar un No consciente a ese condicionamiento, anclado al estatus social o a cualidades físicas como sexo, color, edad y proporciones, que en unos aspectos nos coloca en la casilla ganadora y en otros nos manda a la papelera de reciclaje.

Romper estereotipos es un proceso que duele, como todo crecimiento humano, insistía Yohana Lezcano, periodista de profesión, educadora popular y coordinadora de este taller junto a su colega Miriela Fernández y el siquiatra Rigoberto Oliva.

La versátil realidad cubana invita a no ser inocentes. Para que el mapa de las relaciones humanas cambie no basta con visibilizar la desigualdad en los arquetipos tradicionales de hombre y mujer, ni con reconocer el carácter injusto de esa jerarquía instaurada en lo privado y lo público.

Solo una práctica éticamente responsable puede salvarnos de victimizar o ser víctimas de las inequidades. No hay que cansarse de actuar con obstinada coherencia en todos los espacios y sugerir nuevos roles, explicándolos desde la ventaja de aliviar malestares cotidianos de ambos sexos.

El grupo regresa cargado de herramientas para las redes de educación popular de sus territorios, con el ánimo de impulsar el mejoramiento en familias como la de mi amiga, que reproducen la violencia de género porque no aprendieron a vivir de otro modo, pero no son felices haciéndolo.

Tristemente, ella no es un ente aislado. De buenas intenciones y amorosas renuncias se empedraron los trillos del paternalismo para perpetuar la subordinación femenina a las necesidades ajenas. Primero por respeto al padre y luego por deber hacia el marido o devoción a los hijos…

Como simbólico recuerdo de aquella joven llena de proyectos, queda hoy la ampliación descolorida de una novia discreta y sonriente: otro cuadro para adornar la sala que limpia día tras día, mientras su rostro, su espíritu y habilidades sociales van pareciéndose cada vez más a las de su preterida madre campesina.

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