¿Las mil o una noche?

El eterno dilema entre el encuentro azaroso y la unión más profunda deja mucho para la reflexión de los amantes

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

…El fuego se extingue / la mayoría de las veces / por una excusa tonta, / ¡pero es tan difícil decirlo! /Y me gustaría que fuera simple, pero nos rendimos enseguida…

KT Tunstall, en la canción Del otro lado del mundo

Para llegar a la perfección como amantes, ¿es mejor explorar a fondo una relación o tener muchas en la vida? Esa pregunta me la hacen personas jóvenes y de la tercera edad, casadas y solitarias, de todos los credos y apetencias sexuales.

Sin embargo, la cuestión primordial no es el «cuántos», sino el «para qué» de esas historias, la necesidad de moldear nuestro espíritu a través de vivencias sensoriales placenteras y no ver el sexo como simple gimnasia adormecedora.

Dicho de otro modo, no importa si soplas tu armónica en el desierto o formas parte de una gran orquesta: la repetición concienzuda te da oficio, pero el arte llega cuando asumes tus fantasías y vibras al compás de lo que te rodea.

Gozar del sexo es una experiencia subjetiva, individual, intransferible: lo que alguien considera sublime puede resultar fatal o aburrido para otras personas, y lo que funcionó en una etapa, pierde brillo si lo adoptas como estilo único y te privas de evolucionar en cada intercambio, sea o no la misma pareja de la vez anterior.

Un matrimonio que cumplimenta un único ritual básico por décadas, sin innovar, tiene una vida sexual tan vacía como la de cualquier adolescente que elige entregarse a alguien distinto en cada fiesta y ni siquiera le pregunta su nombre o si le interesaría repetir la experiencia.

Ambos casos desestiman su propio potencial erótico y pierden la oportunidad de entender y venerar esos cuerpos que se funden mientras el alma aprende a trascender y hacerse una con el universo.

Como en tantas leyendas, mucha gente persigue los pocos segundos del orgasmo común (si llega) y tras un rato de euforia se deprime, víctima de su propia estafa, sin atreverse a mirar en los ojos del otro, por miedo a descubrir similar aislamiento.

Sexo, magia y amor

Una experiencia erótica fabulosa se queda contigo aun después de terminada esa relación y se convierte en paradigma con que medir el resto de tus escarceos sexuales. Si nunca te das la oportunidad de intimar lo suficiente con alguien como para explorar en serio tu creatividad, nunca descubrirás lo que puedes dar… porque está bien recibir, pero dar sin reservas amplifica el placer de ambos.

«Lo de ayer fue fantástico, ¿para qué echarlo a perder?», dicen en su defensa quienes eligen mordisquear la fruta sin digerir el contenido. Pero si química y circunstancias se confabulan, ¿qué te impide viajar de lo intenso a lo exótico mientras la magia dure?

Bastan 24 horas, y hasta menos, para establecer una conexión energética que, según algunas culturas, dura para siempre. Cuando ese recuerdo reaparezca, de ti depende que la mente lo reciba en paz y aprehenda su mensaje o te fustigue con malestares físicos y te compulse a mal servirte de otro cuerpo igualmente atormentado.

Siempre habrá excusas para huir de una sensualidad comprometida y relevante. Puedes intentarlo con una o con cientos de parejas: si el denominador común es tu propio vacío o tu falta de refinamiento, el sexo chatarra no llenará el pozo de los auténticos deseos.

Tampoco hay que esperar un ser perfecto para ampliar el currículo sexual: una de las falacias más comunes es asumir que una persona se convertirá en el centro de tu vida en cuanto demuestre cierta compatibilidad erótica.

Al decir de Osho, filósofo hindú del siglo XX, los seres humanos estamos tan adaptados a ver el sexo como algo animal, incluso sucio, que necesitamos envolverlo en romanticismo para sentirnos con derecho a practicarlo. Por eso hablamos de amor cuando necesitamos sexo y buscamos sexo cuando falla el amor.

Ser buen amante es trascender el misterio de la naturaleza y rebasar la superficie para compartir la música de los sentidos. Eso involucra alma y cuerpo, porque no puedes reverenciar a uno sin cultivar al otro en el proceso.

Lo que inspiró a Scherezade en el mítico relato no fue el instinto de supervivencia, sino su capacidad de calar el espíritu atribulado del sultán y recrear un mundo diferente cada noche, hasta hallarle sentido a la vida de ambos.

Es eso lo que intuitivamente buscamos en la mirada de la gente con la que nos tropezamos. Ese es tu sexo sentido, y si aún no lo encuentras (o reencuentras), tal vez sea porque banalizas tus contactos o te pierdes en emociones mediocres a cambio de estabilidad, ropero o mesa llena.

Es fácil anestesiar tus ilusiones, pero tu conciencia susurra que ese tipo de aventuras ni es buen sexo ni es amor, y que allá afuera —o muy adentro— hay algo más esperando para enriquecer tu vida.

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