La trampa del moroso

La obsesión masculina por regalar una penetración excesivamente prolongada puede arruinar el camino del placer mutuo

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Cuando te enfrentes a una nueva empresa, espera siempre lo inesperado.

Helen Thomas


Es muy difícil encontrar un hombre satisfecho con su ritmo eyaculatorio. Durante la adolescencia lo más común es que se quejen porque la eyaculación llega muy rápido. Luego puede demorar demasiado y casi desaparecer, porque de tanto esforzarse, ya se ha creado el reflejo de contención.

Para estudiar el fenómeno hasta se ha inventado un término complicadísimo: Tiempo de Latencia Eyaculatoria Intravaginal o TLEI, según explica el especialista Luis Susaníbar Napurí en un blog peruano dedicado a responder dudas sobre este tema.

Tanto en lo físico como en lo espiritual, esa obsesión masculina por regalar una penetración excesivamente prolongada resulta molesta muchas veces. El afán de propiciarle a la pareja varios orgasmos es altruista, pero si el coito se prolonga demasiado porque él no sabe cuándo o cómo parar, la otra parte no le ve gracia al asunto.

Puede que el semen no brote porque retornó por la uretra y se refugió en la vejiga (eyaculación retrógrada), o tal vez porque el inconsciente asumió que no hay motivos para eyacular y aprende a bloquear esa posibilidad.

El asunto es para preocuparse cuando responde a factores fisiológicos, como una próstata muy inflamada, un sistema circulatorio obstruido o una depresión que lleva al hombre a perder fuerzas e interés en el coito, especialmente después de los 50 años, más si se acompaña de síntomas como dolor en los genitales, fatiga y mareos, entre otros.

Si la retención responde a un entrenamiento consciente y la pareja conoce de esa habilidad y está de acuerdo, no hay nada que objetar. El conflicto llega cuando a esa apatía del falo le acompaña una natural pérdida de erección (como la pantalla del móvil, que se apaga cuando no lo usan para ahorrar su carga vital) y el hombre decide consumir una pastillita a mitad de camino para recuperar y mantener una virilidad artificial más tiempo del preconcebido.

Tal actitud indica que no renunciará a la penetración hasta que no alcance la meta convencional, o al menos va a intentarlo hasta el agotamiento. Eso le impide disfrutar otras variantes eróticas y lo distancia emocionalmente de quien dejó de ser su pareja, para convertirse en mero objeto carnal obligado a complacer el ego ajeno.

Cuando el coito se eterniza, crece el disgusto de quien sospecha o descubre una trampa. Sobre todo si ya logró su orgasmo, incluso varias veces, y le es difícil seguir… o no lo ha logrado, pero sabe que ese no es el camino y se aburre, le duele o la perspectiva de prolongar la fricción en vano no le entusiasma.

La técnica es la técnica...

Para los seguidores de los estilos eróticos tántrico y taoísta, esa capacidad de tener sexo una y otra vez sin eyacular es lo mejor que puede desear un buen amante. Así acceden al placer y lo comparten sin derrochar su valiosa energía, destinada a fines más elevados, como establecer el vínculo con lo sagrado y sanar desequilibrios del cuerpo.

Las civilizaciones modernas y su afición a las tecnologías fuera de contexto han hecho un calvario de esa antigua virtud. Ningún fármaco o aditamento concebido para amenizar el sexo es de uso exclusivo de quien lo consume, por lo que la decisión de incorporarlo no debería ser solo suya.

En varios congresos cubanos de Sexología se han narrado experiencias de parejas que se separan tras recibir una prótesis peneana o un tratamiento con sildenafilo, aunque se mantuvieron unidas por años a pesar del «problema».

Según explica la doctora Beatriz Torres, psicóloga del equipo multidisciplinario que ha atendido estos casos y presidenta de la Sociedad Cubana Multidisciplinaria para los Estudios sobre Sexualidad (Socumes), a veces el afectado pretende recuperar el tiempo sin tomar en cuenta las necesidades y el erotismo pospuesto de la otra parte.

Por eso terapeutas sexuales de varios continentes se cuestionan si en las disfunciones sexuales pesan más el factor biológico o el sicológico. «¡Qué más da! —dice la experta española Miren Larrazabal—. Los problemas son multicausales, cualquiera sea el porciento de trastornos orgánicos, importa más cómo se vivencia tal condición».

A veces la magia no llega con tratamientos médicos. Bastan unas buenas vacaciones, mudar de ambiente, revisar el proyecto de vida, una pareja nueva o proponerse un cambio de mentalidad bien intencionado.

La eficacia en la vida sexual no se desliga de la capacidad de reacción en otros aspectos cotidianos, sobre todo si falla la autoestima o la confianza en el vínculo logrado.

Para que ambos disfruten hay que esforzarse en dar el ciento por ciento en cada encuentro. No menos… pero tampoco más. Amén de los cinco sentidos perceptores, hay que ejercitar también el sexto canal, el llamado propiosentido, que nos ubica en quiénes somos y dónde estamos en cada instante.

Quien quiera ser buena compañía debe aprender a funcionar mejor para sí mismo, explorar su cuerpo, hacer las paces con él y mimarlo mucho. Pero no solo al pene: también hay que cuidar el sistema circulatorio y el osteomuscular, la capacidad respiratoria y la habilidad de charlar sin presiones.

Disfrutar una sexualidad libre y segura implica no discriminar ni violentar a nadie, y dejar de ser víctimas involuntarias de los estereotipos que hoy secuestran el antes y después de cualquier penetración erótica.

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