La diversidad necesita respeto

Desde la infancia les dicen a los varones que deben ser fuertes, dominantes y hasta agresivos si hace falta, mientras las mujeres deben ser sensibles, obedientes, dispuestas a cuidar y atender a los demás

Autores:

Mileyda Menéndez Dávila
MSc. Salvador Salazar Amador*

Conviértete en una

mejor persona y asegúrate

de saber quién eres antes

de conocer a alguien más

y esperar que esa persona

sepa quién eres.

Gabriel García Márquez

Hombres y mujeres somos distintos. Nacemos con características corporales diferentes, pero ¿es esta la única diferencia que se refleja en nuestra conducta?

Hay otras divergencias no biológicas que surgen según el estilo de vida propio de los lugares donde crecemos, trabajamos y formamos familias. Recordando a nuestras abuelas, madres y hermanas, podemos decir que no es lo mismo ser mujer hoy en día que haber nacido hace algunos años.

Muchas costumbres y leyes han cambiado a lo largo de la historia. ¿Acaso las jóvenes de hoy son conscientes de que unas décadas atrás las mujeres no podían votar y para el divorcio era obligatorio la voluntad de las dos partes?

No hace mucho, la generalidad de las mujeres eran amas de casa y muy pocas eran dirigentes, médicas, científicas. Ahora en esos campos son mayoría, gracias a que en nuestra legalidad socialista todos tenemos los mismos derechos.

Sin embargo, hay que reconocerlo, no siempre esta igualdad se cumple en la vida cotidiana. Así, las tareas diarias de la casa y el cuidado de la familia suelen seguir recayendo sobre las mujeres.

También se notan diferencias en el ámbito laboral: para un mismo puesto hay quien prefiere contratar a un hombre, aunque el currículo de la mujer optante demuestre que está mejor preparada para su desempeño.

Todos ayudamos a reforzar esas situaciones injustas cuando tratamos de manera distinta a niñas y varones. A ellas les pedimos desde pequeñas que laven los platos, hagan la comida y ayuden en la casa, pero no les pedimos lo mismo a sus hermanos y primos. O les decimos a ellos que no deben llorar porque eso es cosa de mujeres, cuando manifestar el dolor auténtico no tiene nada que ver con el sexo, sino con la esencia humana.

Desde la infancia les dicen a los varones que deben ser fuertes, dominantes y hasta agresivos si hace falta, mientras las mujeres deben ser sensibles, obedientes, dispuestas a cuidar y atender a los demás. Nada de eso es necesariamente cierto, porque esas diferencias no son naturales, sino el resultado de la cultura en la que vivimos.

Vive como sientes

También la cultura deja su marca en las diversas maneras de vivir la sexualidad. Cuando nos enteramos de que alguien de una familia conocida o de la nuestra es homosexual, podemos llegar a sentir curiosidad, frustración, preocupación, miedo o vergüenza, y casi nunca sabemos cómo actuar.

La razón detrás de ese malestar puede ser que nos inculcaron una sola manera «adecuada» de vivir la sexualidad y probablemente nos alarmemos sobre el futuro de estas personas: ¿se cumplirá todo aquello que esperamos para él o ella? ¿Serán felices? ¿Lograrán formar pareja? ¿Tendrán hijos? ¿Serán aceptados? ¿No sufrirán discriminación en la escuela, en el barrio, en el trabajo?

Debería ayudarnos saber que ni la heterosexualidad ni la homosexualidad constituyen una elección individual arbitraria. No se puede decir que las personas deciden a propósito el desear a personas de su mismo sexo o del sexo opuesto, como no elegimos que nos gusten mayores o más jóvenes, gordas o flacas, serias o divertidas.

Tampoco es una enfermedad: hace ya muchos años que la Organización Mundial de la Salud no la considera así, porque la calidad de vida no peligra por el hecho de ser homosexual, excepto cuando la sociedad lo condena y vulnera sus derechos.

La orientación sexual de un hijo o hija no son culpa ni mérito de nadie. En una misma familia, bajo la misma crianza, puede haber homosexuales y heterosexuales. Los adultos no debemos sentir que algo hicimos especialmente mal, porque sucedió lo que no esperábamos.

Ni siquiera es relevante la orientación sexual manifiesta de los adultos en casa. Hay parejas funcionales, que aportan una buena educación, formadas por una mujer y un hombre, por dos mujeres o por dos varones, y las hay disfuncionales en todas esas variantes por factores ajenos a su expresión erótica.

Nuestro deber es enseñar a respetar a todas las personas y a respetarse a sí mismos como seres humanos, sin importar la atracción física y afectiva que sientan o materialicen.

Todos los días muchas personas son discriminadas por vivir su sexualidad tal como la sienten. Les expulsan de sus casas, no terminan de estudiar, no son aceptadas en algunos trabajos o son motivo de burla, y hasta de agresión física o de palabra, lo cual constituye un delito penado por las leyes.

Estas conductas hacen daño a mucha gente, no solo a la víctima elegida, y van en contra de los derechos que nuestra sociedad ha conquistado en aras de un mundo más equitativo.

Si tu niño o niña decide consultar sus dudas contigo, tómalo como una demostración de cariño y un pedido de apoyo y comprensión en nombre del amor que siempre has dicho tenerle. Aunque nos lleve un tiempo aceptarlo, lo más adecuado y digno es recordar que sigue siendo sangre de tu sangre y necesita un hogar donde crecer con dignidad y obtener buenos patrones de conducta.

¿Preferirías que te ocultaran algo tan importante y fueran otras personas, tal vez no bien intencionadas, quienes trazaran el camino de sus vidas y marcaran con rencor y ligereza sus más trascendentales decisiones?

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