¿Quién me enseña a ser papá? (I)

La explicación sería muy enmarañada, pero se puede resumir en su contexto: la cultura machista y patriarcal que no permite a los niños jugar a las casitas o a las muñecas, ni a la escuelita, los cocinaditos o el ula-ula con las niñas

Autor:

Jorge Sánchez Armas

El problema con el aprendizaje de ser padres es que los hijos

son los maestros.

Robert Brault

 

¿Por qué hoy ser papá es tan complicado? La explicación sería muy enmarañada, pero se puede resumir en su contexto: la cultura machista y patriarcal que no permite a los niños jugar a las casitas o a las muñecas, ni a la escuelita, los cocinaditos o el ula-ula con las niñas.

Desde pequeños tampoco nos consienten llorar, aunque te hayas raspado las rodillas y las tiras de piel te cuelguen, y desde la cuna te dicen que «aquello» es de mamá, o de las tías, hermanas, primas… y ni hablar de la famosa preguntica: ¿Cuántas novias tiene el niño?, dando por sentado que deben ser lindas y en la rupértica condición de a pululu.

Nos enseñan que si alguien nos da un golpe, le tienes que responder con otro más fuerte, y al final no es gracioso, pero son aprendizajes que se fijan en nuestro ADN y luego se reproducen en escaladas de violencia. ¿Cómo se supone entonces que obtengamos calificaciones satisfactorias en la exigente prueba de ser papá?

Tuve la oportunidad de participar en varios talleres impartidos por la Doctora argentina Mirtha Cucco sobre la problemática silenciada del hombre… ¡¿Silenciada?! ¡¿Problemática?! ¿Qué era esto ahora? ¿Una epidemia o una acusación? Nada de eso: es el tributo que pagamos los del sexo masculino, sea cual fuere nuestra orientación sexual, por cumplir el mandato cultural destinado a los «machos» como simples reproductores sin responsabilidad.

Lo primero es que no se nos educa para defender nuestros derechos, que se ven vulnerados una y otra vez ante las «dueñas» de las crías, que casi siempre son las madres, pero bien puede ser una tía, la abuela o una hermana mayor que se erige en tutora no legal poniendo en duda la capacidad del padre de cuidar debidamente a su prole.

Con esto no estoy minimizando el enorme trabajo de las mujeres y su labor maternal. Pero —como bien quedó claro en los talleres de la Doctora Cucco—, reconocer esa problemática por parte del hombre y su familia hace más viable la vida en pareja y mejor repartidas las tareas del hogar, incluida la crianza de las niñas y niños.

La arcaica enseñanza de que los hombres «mueren de pie» tiene su efecto también en la salud, pues por no vernos «flojitos» asistimos al trabajo, aunque se nos esté cayendo el cuerpo a pedazos, para traer el sustento a la casa. Y si nos privan del cariño filial por venganza materna, nos hacemos los guapos y «aguantamos callados» para que ellas no piensen que aprovechamos las circunstancias para mantenerlas vigiladas.  

Y llega un momento en que de verdad nos desmoronamos, física y mentalmente, porque nuestra biología tiene límites, y no reconocerlo tiene efectos negativos. Datos recientes de la OMS (Organización Mundial de la Salud) revelan que los hombres vivimos casi cinco años menos que las mujeres, (también en Cuba), y aunque parezca paradójico, ellas expresan más los estados depresivos, pero de cada cuatro suicidios, tres son de hombres.

Estos son solo datos aislados. La problemática es más compleja si vemos que del medio millón de muertes violentas producidas en el mundo cada año, el 83 por ciento de las víctimas son adultos y niños varones.

Si somos capaces de hacer venir al mundo a una o varias criaturas, a la par debemos responsabilizarnos con su educación y preparar para el futuro a nuevos padres sin mutilaciones sicológicas, que consideren cada vez más la ventaja de entender que papá no es solo el que regaña, sino también el que hace el almuerzo, peina, lava, friega, comparte su tiempo de ocio con la familia y se queda en el hospital cuando hay enfermedades.

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