Cortesía sexual

La vida demuestra que mientras más elegante es una persona en su trato hacia las demás, más satisfacciones cosecha

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Lástima que la prisa nunca sea elegante.

José Ángel Buesa

En tiempos de agitación y metas excesivas, un recurso que parece estar fuera de moda es la cortesía. Sin embargo, la vida demuestra que mientras más elegante es una persona en su trato hacia las demás, más satisfacciones cosecha.

Como regla se asume que expresar consideración y ceder privilegios es algo intrínsecamente femenino, así que los hombres, educados en patrones machistas, deciden en qué momento y con quiénes van a comportarse «como una dama» sin que otras personas lo consideren un rasgo de debilidad.

Lo natural y saludable es practicar buenos modales el mayor tiempo posible, fortaleza que se cultiva desde la infancia si la familia enaltece la concordia como estilo de vida. Siempre habrá algo que moleste, pero es preferible explotar en privado y recomponerse pronto, o mejor aún, prevenir la ira mediante actividad física y meditación. Lo que no tiene sentido es volcar el agravio en la pareja o tratar a la gente con amargura, señal inequívoca de una vida sexual mediocre y falta de vasopresina en el torrente sanguíneo.

Más saliva, por favor

Casi todo el mundo cuenta con la magia de una frase cordial para iniciar una conquista y luego olvida hacer sostenible esa amabilidad. Un interesante manual del siglo XX escrito por Lord Badmington afirma que en ninguna conducta la gente se siente tan insegura sobre lo correcto como en la sexual.

Investigaciones sicológicas, antropológicas y neurológicas así lo confirman, pero no es el sexo el que nos crispa los nervios, sino crecer con tabúes y lagunas de ignorancia sobre la materia, pues rara vez alguien se toma en serio entrenarte en los buenos modales sexuales, y si el tema surge, predomina la vergüenza o el miedo a la evaluación.

Quien no aprende a las buenas lo hará a las malas, porque las reacciones descorteses son perturbadoras (¿Le generé dolor, asco, disgusto?). Hay reglas básicas de urbanidad para comunicarse hasta ganar más confianza, entre estas expresar abiertamente el agrado y reaccionar con elegante firmeza ante lo incómodo o lo inaceptable. Así cuidas la paz por el tiempo que dure esa interacción, ya sea un largo matrimonio o los inevitables minutos de una guagua.

Lord Badmington apunta: «Alabar a tu amante después de haber tenido sexo es tan importante como celebrar un rico plato recién servido; sobre todo si deseas que te inviten a cenar otra vez», consejo válido también para las relaciones homoeróticas.

Este autor ejemplifica frases que es mejor no decir en el lecho amatorio, al menos en los primeros topes, y remarca la grosería de usar sobrenombres desmotivadores para los órganos sexuales, contestar el teléfono, comentar cosas ajenas al momento, tararear, rascarse, dormirse, emitir olores desagradables o ¡terrible pecado!: cambiar el nombre.

Para el después también hay normas básicas: es de mal gusto correr al baño a lavarse los dientes compulsivamente y peor aún preguntar cuántos orgasmos tuvo o en qué pensaba. No son adecuadas las burlas o críticas si alguien no estuvo a la altura del momento, ni justificarse con anécdotas del pasado. Si no tienes certeza de que se sintieron todo lo bien que deseaban, ten la amabilidad de esperar otras circunstancias para un diálogo más racional.

Otra conducta poco civilizada es manipular los tiempos. Si hubo un acuerdo previo de «cortico porque no he comido o tengo algo que hacer» y luego no lo cumples, estarás cambiando unos minutos de egoísta gratificación por la posibilidad de decenas de otros momentos en el futuro.

Ábrete, sésamo

Somos seres sexuados desde el nacimiento y por tanto nuestra construcción cultural como hombres, mujeres o transexuales se hace evidente en todo momento, pero la sociedad nos juzga por la manera de interactuar, más allá de lo asumido sobre la conducta en privado.

Nuestros cuerpos emiten mensajes todo el tiempo, y de su lectura depende mucho el trato que recibimos. Para lidiar inteligentemente con prejuicios ajenos y desmontar sus razones es importante cuidar el vestuario y las posturas en los espacios públicos, el tono y contenido de los diálogos, además de evitar gestos inapropiados o miradas agresivas, señal de baja autoestima y deficiente educación, dos cualidades que te convierten en diana del desprecio ajeno.

Valdría la pena resucitar una antigua doctrina griega, el estoicismo, que educaba en los seres humanos la voluntad de trascender ese instinto animal de competir por el dominio de oportunidades para reproducirse y sobrevivir. En esencia enseñaban a controlar las pasiones, transitar los retos más perturbadores sin perder el carácter y cultivar la cortesía como virtud para alcanzar la felicidad, sin apegos materiales ni desgastantes egolatrías. 

Como dice el colega Luis Hernández Serrano, el mejor título que se debe ganar en la vida es que la gente te catalogue, frente a ti o a tus espaldas, como una persona decente: tan diminuto y poderoso como la frase mágica de Las mil y una noches.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.