Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Entre duendes y dragones

Tener amigos imaginarios en la infancia es un fenómeno común que contribuye al proceso socializador. Si les pasan cosas malas, póngales mucha atención a sus historias

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

En mi casa tenía una flor: era siempre la primera en hablar…

El Principito,

Antoine de Saint Exupery

«¡Sí existe y se llama Lulú! ¿Ves? Tú también la hiciste llorar», replica la niña y se aleja furiosa, mientras la madre ríe de la «tonta ocurrencia» de su hija de cinco años, que insiste en hablarle de una amiguita imaginaria.

Conciliadora, le cuento que esa fantasía es muy común en la infancia y no tiene nada de negativa. De hecho, es descrita en la sicología infantil como estrategia de socialización, tan útil como hablar con muñecos o hacer los ejercicios que sugiere en la TV el personaje de Dora la exploradora.

Si se maneja con tacto, las familias pueden apropiarse de ese vínculo virtual para reforzar sus valores y reglas de convivencia, además de entrar al mundo subjetivo que se construyen sus menores, porque ese ser irreal es un reflejo del diálogo interior que necesita todo ser humano.

La joven madre escucha, pero trata de restar importancia al personaje inventado por su propia hija porque esa Lulú es una fastidiosa a la que siempre le pasan cosas malas en casa de su familia paterna…

Mientras lo dice como a la ligera, una luz de alarma se va encendiendo en su mirada. Llama a la niña con el pretexto de darle una fruta y revisa discretamente sus bracitos y abdomen. Suspira temblorosa, ensaya una sonrisa y le pide: «A ver, mi amor, cuéntame ahora. ¿Qué fue lo que le pasó esta vez a tu amiguita en casa de sus tíos y abuelos?».

Leer entre Hadas

En la edad prescolar, es difícil separar el mundo imaginado de la vida real. Son tantas nuevas experiencias para aprehender cada día y tienen tan pocas nociones sobre lo correcto y lo peligroso, que a veces recurren a un supuesto alter ego para compartir angustias y aventuras.

Esa compañía idealizada puede coincidir con el sexo de quien la imagina y puede ser tan pequeña como una hormiga o tener grandes orejas de duendes. Lo importante es monitorear qué «hacen» cotidianamente, porque el lenguaje de las fantasías esconde verdades con las que nuestra personita amada no sabe lidiar, y como a esa edad son fácilmente impresionables, cualquier adulto inescrupuloso puede aprovecharse de su inocencia y hasta de su amor hacia la familia para que consientan en actos que atentan contra su integridad física o mental.

Como no saben si «aquello» está bien o mal, su personalidad en ciernes se desdobla para expresarlo en el ambiente hogareño o con sus cuidadoras, a ver qué tal reaccionan esos adultos significativos a las andanzas y preferencias de ese cómplice imaginario.

Más allá de lo divertidas o extrañas que resulten sus historias, es juicioso prestar atención al estado emocional con que las cuenta, y observar sobre todo sus posturas y reacciones mientras «conversan» a solas.

Si se descalifica a priori esa amistad imaginaria o se castiga como alucinaciones o mentiras pecaminosas, se estarían tronchando las saludables ramas de la creatividad y la confianza infantil, además de ignorar un posible grito de socorro que no supo emitir de otro modo.

Al decir de la sicóloga argentina Alicia Haydée Ganduglia, tanto la mentira como el chiste son demasiado subjetivos para una mente tan pequeña. Solo aparecen en una especial relación con el otro, para señalar una puerta de entrada al debate sobre un tema que de otra forma no sabe manejar.

Tal vez ese niño o niña pasa mucho tiempo a solas y necesita hadas que enriquezcan sus días, o sus jerigonzas son el producto de una mente tenaz que no se conforma con juegos aburridos y busca modelar lo que pasa en su entorno.

Incluso si se trata de un velado S.O.S. a raíz de una estresante situación, propia o familiar, esa simbólica interacción es beneficiosa para el desarrollo de sus habilidades sociales, porque compartir la sobrecarga emocional con «alguien» cercano protege su estabilidad mental mientras llega la ayuda que demanda.

 

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