Mario Alberto Kempes celebra con algarabía el gol que le da a Argentina su primer título mundialista. Autor: Tomada de As Publicado: 09/06/2026 | 10:16 am
El 25 de junio de 1978 no empezó como cualquier domingo en Buenos Aires. En las calles, el pueblo esperaba. En las sombras, la Junta Militar de Jorge Rafael Videla controlaba cada resquicio del país, y el Mundial era su vitrina para limpiar los horrores del pasado. Pero en el Monumental, con 71.483 almas estrujadas en las gradas, un hombre con su melena al viento se disponía a erizar de frío la piel de una nación entera.
Mario Alberto Kempes, el Matador de Bell Ville, había llegado a ese torneo como el único argentino que jugaba en el extranjero —en el Valencia de España— y cargaba sobre sus hombros la desconfianza de una prensa que lo criticaba por no jugar en casa. Y sin embargo, aquella tarde, mientras el sol caía sobre el césped y la gente temblaba por sus sueños, él ya lo sabía: aquella era su final.
No fue un camino fácil. Kempes comenzó el Mundial sin marcar en los primeros tres partidos, y los murmullos crecían como un río subterráneo. Pero ya en la segunda ronda, ante Polonia, el Matador despertó con una furia contenida: anotó dos goles para empezar a calentar su bota de oro. El periodista José María Muñoz, aquel «Gordo» de la radio que le había puesto el apodo años atrás, gritaba enloquecido mientras Kempes —que había salido de su casa sin saber muy bien lo que la vida le deparaba— empezaba a entender que la locura que llevaba dentro, la que lo hería y lo mataba por dentro, solo se apaciguaba cuando la pelota besaba la red.
Y aquella red, la de la final, la besó dos veces. El primer gol llegó a los 38 minutos del primer tiempo, un golazo que perforó la resistencia holandesa como un puñal certero. El segundo, en el minuto 105 de una prórroga que olía a gloria o a muerte, fue una obra de arte de tres tiempos: recibió en la frontal, encaró, dejó a tres defensas en el camino y definió con la zurda ante el arquero Jongbloed, como quien firma una obra maestra con la uña de un dedo. Y el estadio, que había contenido el aliento durante 105 minutos, estalló en un grito que atravesó la noche y se oyó hasta en las provincias más oscuras. Daniel Bertoni, cinco minutos después, selló el 3-1 definitivo, pero la foto de la portada ya la había tomado Kempes: saltando, con los brazos abiertos, como queriendo abarcar a los doscientos millones que lo miraban desde sus casas
La gente lloraba al verlo sufrir, al verlo reír, al verlo consagrado. Kempes terminó el Mundial como máximo goleador con seis tantos y se llevó la Bota de Oro, además de ser elegido el mejor jugador del torneo con el Balón de Oro.
Fue el primer gran ídolo argentino a nivel mundial, el que abrió la puerta para que después viniera Maradona, Batistuta, Messi. Pero su grandeza no fue solo goleadora: fue la de un hombre que, en medio de un país donde la alegría se vendía en dosis controladas por una dictadura, se atrevió a regalar una fiesta sincera.
Quiso ser su héroe. Quiso ser su dios. Y por un instante, mientras el Monumental rugía y el mundo entero aplaudía su hazaña, el Matador logró que el fútbol fuera más que un deporte: fuera el único territorio donde la Argentina rota, la de los desaparecidos y los fusilados, podía sentirse entera otra vez. Porque al final Kempes quiso a Argentina tanto como ella lo necesitaba aquella noche de junio. Y así, con bigote y zurda milagrosa, el primer gran ídolo argentino escribió su leyenda en el cielo de Buenos Aires, donde aún hoy, cuando el viento sopla del Monumental, se escucha el eco de su grito.
