24 °C Lo cuenta el mismo Manuel Márquez Sterling en su libro Los últimos días del presidente Madero. Desde las páginas del periódico El Mundo, el periodista rasguñaba la política del presidente Tomás Estrada Palma, y el mandatario lo fue alejando poco a poco de Palacio. Habían tenido una relación cercana desde que, en el periódico mencionado, el 20 de mayo de 1902, fecha de la instauración de la República, Márquez Sterling publicara su versión del largo diálogo que sostuviera con el entonces recién estrenado presidente y que dio inicio a la entrevista moderna en Cuba. A partir de ahí, en no pocas ocasiones, don Tomás se había valido de él para transmitir al país, en declaraciones de suma trascendencia, sus planes y anhelos, zozobras y resquemores. Dejó de hacerlo cuando las críticas de Márquez Sterling a su gestión empezaron a molestarlo. Pero lo llama de nuevo. Corre como la pólvora el rumor de que el Presidente se prepara para un segundo mandato y la Isla se conmociona. Rechazan los cubanos la reelección de don Tomás y, de persistir este en su determinación, los liberales, encabezados por el general José Miguel Gómez, su caudillo natural, amenazan con alzarse en armas. La guerra civil está entonces a las puertas de la nación y, con el conflicto bélico, la posibilidad real de una segunda intervención militar norteamericana.
Muchos años después, el periodista y crítico literario cubano Enrique Piñeyro conservaba como uno de los recuerdos más vívidos de su juventud la imagen de Gertrudis Gómez de Avellaneda. La célebre escritora nacida en Camagüey, pero residente en España, había venido a la Isla junto con su esposo, el coronel Domingo Verdugo, como parte del séquito del nuevo capitán general, y el Liceo de La Habana quiso rendirle un homenaje solemne, acontecido el 27 de enero de 1860. Se impondría a la poetisa, en el Gran Teatro, una corona de laurel hecha de oro. Pese al paso del tiempo conservaba Piñeyro fuertemente impreso en su memoria el rostro moreno de su coterránea, «con ojos negros fulgurantes y labios apretados por la cólera» y de los que pendía una gota de sangre. ¿Por qué esa furia cuando el momento debía ser de júbilo?
No festejan las familias acomodadas las bodas de sus hijos. No hay, tras el enlace matrimonial, baile ni banquete. La ceremonia tiene lugar en la iglesia, muy temprano en la mañana, y no demoran los recién casados en salir de la ciudad a fin de pasar la luna de miel en el ingenio o en alguna de las fincas de los suyos o de algún amigo. Sí se come y se bebe en los velorios. En una de las habitaciones de la casa donde se vela al fallecido se reúnen los visitantes con los familiares del difunto y, lejos de la compostura y el silencio que supone un pésame, reina allí la mayor algazara. Cada cual habla acerca de lo que le viene en ganas y lo hace en voz alta, como si estuviera en la plaza pública, hasta que a las 12 de la noche amigos y dolientes pasan al comedor donde el jamón y el champán mitigarán un tanto el dolor. En otra sala de la casa mortuoria esperan las mesas de juego a los que quieran echar una partida de cartas.
Hacia 1820 se prohíbe de manera terminante construir nuevas viviendas dentro de las murallas. La disposición estipula que por ser La Habana una plaza fuerte «no se pueden construir dentro de sus murallas más casas de las que ya existen», medida que traía como consecuencia, por la escasez de viviendas que provocaba, el alto monto de los alquileres. Una familia acomodada que quiera asentarse en la ciudad intramural debe abonar una renta que oscila entre los 8 000 y los 14 000 pesos al año. Los alquileres no son de esa magnitud en los inmuebles ubicados fuera de las murallas, pero de todas formas se arriendan por sumas elevadas con la excusa de que en esas zonas se hace menor el riesgo de contraer la fiebre amarilla.
José Trujillo Monagas, abuelo paterno del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, el sátrapa dominicano, fue un inspector de policía destacado en La Habana durante los años postreros de la dominación española en Cuba.
Enrique Núñez Rodríguez estaría cumpliendo 90 años en estos días. Nació en Quemado de Güines, en la región central de la Isla, el 13 de mayo de 1923, y aunque la cifra no miente bien vale verla en su caso con natural reserva. Porque aún con nueve décadas en las costillas, este popularísimo escritor —dramaturgo, narrador, autor de radio y TV, periodista— no sería jamás un veterano ni un viejo, sino una de esa gente, como afirmó el novelista Abel Prieto, que se mantiene «entera hasta la eternidad, como un príncipe de sonrisa adolescente».
Desde hace 40 años no he podido tener relaciones sexuales, declaró Joe Stassi, uno de los barones de la mafia norteamericana en la capital cubana, en una entrevista que concedió al cineasta Richard Stratton en 1999, a su salida de la cárcel, donde estuvo recluido por tráfico de drogas. Durante su larga vida de gánster, Stassi rehusó siempre negociar con narcóticos, pero ya fuera de Cuba su situación económica se hizo tan desesperada que no tuvo alternativa. Lo pillaron en un tráfico de heroína y pasó entre rejas una larga temporada. La última vez que pudo estar con una mujer fue en La Habana, confesó a Stratton, más o menos en la misma fecha en la que salió a la precipitada de la Isla.
En los días de Fulgencio Batista como jefe del Ejército, un soldado de su escolta miraba en los caracoles si un visitante, aunque estuviese citado, podía pasar o no al despacho del coronel.
Un suceso lo retrata de cuerpo entero. De visita en el Museo Británico de Zoología, de Londres, el cubano Carlos de la Torre y Huerta revisa las colecciones con ojos acuciosos e inteligentes, mientras que un empleado del establecimiento lo conduce ante las vitrinas que contienen los ejemplares más curiosos. Todo muy bien hasta que pasan a lo que es la zona más profunda de los conocimientos de don Carlos, la malacología. Como sin vacilar señala los numerosos errores que advierte en la clasificación de algunas de las especies de caracoles en exhibición, el empleado lo deja solo en la sala y con pasos rápidos se dirige al despacho del director de la institución, Edward Smith, a fin de darle cuenta de la osadía del visitante. Smith se dirige entonces a la sala. Quiere conocer al extranjero.
EL muy habanero barrio de San Isidro asumió, en tiempos de la primera intervención militar norteamericana, las cinco zonas de tolerancia que se conocían entonces en La Habana, es decir los núcleos de la prostitución en la ciudad.
El antiguo Palacio Presidencial, actual Museo de la Revolución, ocupa la manzana comprendida entre las calles Refugio y Colón, Zulueta y Monserrate. Su dirección oficial es Refugio No. 1, La Habana. Es una zona que comenzó a urbanizarse luego de demolidas las murallas.
El pasado día 18 se cumplieron 90 años de la histórica Protesta de los 13, aquel gesto que protagonizaron 15 jóvenes cubanos y que fue, dijo Juan Marinello, «la primera expresión política de nuestros intelectuales, como grupo definido».
Existe el propósito, y se trabaja por conseguirlo, de que el cañonazo de las nueve sea reconocido como patrimonio intangible de la nación. Durante la Colonia, el cañonazo sirvió para anunciar que se abrían y se cerraban las puertas de las murallas que, decía el historiador Emilio Roig, «formando un enorme cinturón de piedra, rodeaban y defendían, como inexpugnables fortalezas de su época, la primitiva, modesta, sencilla, patriarcal y pequeña ciudad de San Cristóbal de La Habana». Esa detonación sigue siendo aún parte de la vida de los habaneros y de su identidad. Marca la hora obligada, pues el alcance del manto acústico de la explosión cubre todos los rincones de la urbe.
Fue la nuestra una amistad extraña. Conversamos durante horas por teléfono e intercambiamos cientos de correos, pero nunca llegamos a conocernos personalmente pese a lo fácil que hubiese resultado hacerlo. No pocas veces programé una visita a su casa, en la entrada de Miramar, y por lo menos una vez él se mostró dispuesto a venir a la mía, en la entrada de Arroyo Naranjo. Ninguno de esos intentos se materializó y ya no será posible porque don Juan de las Cuevas Toraya murió a fines de la semana pasada.
En la ciudad de Matanzas, durante la jornada final de la Feria Internacional del Libro, me interceptan en el Parque de la Libertad dos jóvenes lectores de Juventud Rebelde. Los apasiona el tema de la aviación y dicen que la página dedicada al Vuelo Panamericano, publicada ese día, 3 de marzo, los dejó con el sabor de la miel en los labios. No por el referido vuelo en sí, sino por los otros que alude y no toca, esto es, los de Domingo Rosillo y Agustín Parlá, entre Cayo Hueso y La Habana, y el de Antonio Martínez Peláez entre las ciudades de Camagüey y Sevilla.