22 °C El transporte regular de pasajeros entre La Habana y Matanzas quedó establecido el 7 de febrero de 1818, gracias a una diligencia que hacía el viaje todas las semanas, aunque desde el siglo XVI era posible cubrir la ruta por el camino llamado de Tierra Adentro.
Cuando el asedio de La Habana por los ingleses, Camagüey envió de inmediato 300 milicianos, recursos y dinero en auxilio de la capital. Los camagüeyanos se llenaron de gloria el 22 de julio de 1762 en el frustrado asalto de la loma de la Cabaña, acción en la que perecieron más de cien principeños. Durante el sitio murieron muchos milicianos más, por lo que no volvieron a sus hogares ni la tercera parte de los camagüeyanos que marcharon contra el inglés.
La calle San Rafael se llamó antes De los Amigos, y también De Monserrate, porque conducía a la puerta de ese nombre en la muralla. Se denominó asimismo Del Presidio, porque donde se erigió el Teatro Tacón —después Nacional y hoy Gran Teatro— existió una penitenciaría regentada por un tal Juan Naranjo.
Fue el licenciado Antonio de Chávez el primer gobernador de la Isla de Cuba que decidió fijar en La Habana la residencia del Gobierno. Esa determinación, en cumplimiento de lo dispuesto por el monarca español, adquiría carácter oficial, en 1556, bajo el Gobierno del capitán Diego de Mazariegos. Impulsaba la resolución de Mazariegos el hecho de ser la villa «el lugar de reunión de las naves de todas las Indias y la llave de ellas», sin olvidar las espléndidas condiciones topográficas del lugar y en especial de su puerto. A partir de ahí todos los gobernadores españoles se asentaron en La Habana, que no mereció hasta 1592 el título de «ciudad», el cual le otorgó Felipe II, aunque desde 60 años antes era la localidad más importante de la colonia.
El poeta José Zacarías Tallet repitió no pocas veces esta anécdota y Fernando Carr Parúas la incluyó en el libro donde recogió pasajes de la vida de ese notable poeta y periodista, autor de La semilla estéril. Es una historia, decía el mismo Tallet, que no tiene precio.
No sé bien qué es lo que pasa. El año, al menos para mí, empezó, como quien dice, ayer, y ya se acabó. Llegó el Año Nuevo a tumbarnos la puerta. Quisiera entonces hacerle a los lectores un regalo en esta página inicial del año. ¿Qué tal si hablamos de los cocteles cubanos?
¿Pedro? ¿Procopio? ¿Anastasio? ¿Tomás? ¿José Manuel? ¿Pedro Tomás, acaso? Los que lo conocieron o lo vieron al menos alguna vez no recuerdan su nombre; tal vez no lo supieran nunca, y tampoco lo consignaron los que escribieron sobre él. Nadie sabe ya a ciencia cierta la razón de su cojera. Enrique Núñez Rodríguez, en una crónica que dio a conocer en esta misma página, habla de una prótesis de palo en una de sus piernas, «lo que lo hacía, decía el cronista, más interesante en el desempeño de su juglaresca función». Para Eduardo Robreño, en cambio, no hubo pata de palo que valiera y el Cojo solo arrastraba una pierna, mientras que Luis Ortega, periodista cubano fallecido en Miami hace un par de años, en las páginas que le dedica en sus memorias todavía inéditas, ratifica la imagen del sujeto que legó Núñez Rodríguez.
Uno de los automóviles de Adolfo Hitler, un vehículo de 12 cilindros, con una plancha de blindaje de más de una pulgada de espesor y cristales a prueba de balas que la Mercedes Benz fabricó para él de manera especial, estuvo aparcado durante años en un garaje de La Habana. Un oficial del ejército norteamericano lo adquirió en Alemania y mientras aguardaba la autorización que le permitiría entrarlo en Estados Unidos, lo mantuvo en depósito en la nave que Francisco Nava destinaba a parqueo de vehículos en la calle Morro números 62-64, entre Refugio y Genios, a muy poca distancia del Palacio Presidencial.
Fue el más grande de los boxeadores cubanos. El más popular. El de mejores récords. El que más dinero ganó. Eligio Sardiñas, el hombre que hizo célebre el sobrenombre de Kid Chocolate, está considerado entre los diez grandes peso pluma de todos los tiempos y podía repetir con razón: «El boxeo soy yo».
Con relación a la página de la semana pasada —Paseo en la Colina— me refiere Max Lesnik, presidente en su momento de la Juventud Ortodoxa y actual director de Radio Miami, un encuentro —encontronazo más bien— entre el brigadier general Rafael Salas Cañizares, jefe de la Policía Nacional, y Miguel Ángel Quevedo, director-propietario de la revista Bohemia.
Se dice que La Habana moderna no se concibe sin el túnel de la bahía, el Malecón, la Rampa ni Coppelia… ¿Se la imagina usted sin su Universidad?
Tomás Romay y Chacón es una figura cimera de la Medicina cubana. Dotó de una visión científica a su profesión y estableció la primera clínica médica que existió en La Habana. Estuvo entre los fundadores del Papel Periódico y dirigió la Sociedad Económica de Amigos del País. Fue tesorero de la Universidad, donde ejerció además como profesor de Anatomía y decano de su Escuela de Medicina. A él se debe, con el apoyo del Obispo Espada, la supresión de la práctica de los enterramientos dentro de las iglesias. Pero ha pasado a la historia sobre todo como el introductor y propagador de la vacuna en Cuba. Representa, dijo Félix Lizaso, la más clara conciencia científica unida al más acendrado desvelo patrio.
La fiebre amarilla, enfermedad que causó estragos sin cuento entre la población de la Isla, apareció aquí de manera masiva y para hacerse endémica en 1761, se dice que importada de Veracruz. Al año siguiente ocasionaba no pocas víctimas entre las tropas inglesas que ocupaban La Habana, lo que contribuyó a que se extendiera la mala reputación sanitaria de nuestro país.
Prometí hacerlo hace varias semanas y voy a cumplir mi palabra. Hoy hablaré sobre dos grandes figuras de nuestro mundo artístico.
El 31 de octubre de 1901 se publicaba en La Gaceta de La Habana la Orden Militar 234, mediante la cual Leonardo Wood, jefe de las tropas de ocupación norteamericanas en la Isla, designaba al erudito Domingo Figarola-Caneda como director de la Biblioteca Nacional de Cuba. La disposición surtía efecto, con carácter retroactivo, desde el 18 de mismo mes, cuando Figarola-Caneda, personado en el Castillo de la Fuerza, la fortaleza más antigua de América, sede a la sazón del Archivo General, se hizo cargo del salón de 30 x 7,5 metros que la Orden Militar destinaba como local de la naciente institución. Quedaba fundada de esa manera la Biblioteca Nacional, cuyo fondo primero se conformó, en lo esencial, con los 3 000 volúmenes que su director-fundador desgajó de su colección particular. Concluía así un proceso iniciado en 1899: desde entonces varios cubanos preocupados por el desarrollo de la cultura se habían acercado al Gobierno interventor a fin de hacerle tomar conciencia de la importancia de la creación de la biblioteca e impelerlo a crearla.