Con un palo y una lata

Hay gente en La Habana que no quiere demorar la insurrección. El general Antonio Maceo les recomienda calma. Hay que esperar. Se precisa conocer antes qué desea el pueblo y sobre todo cómo reaccionarán los indiferentes, a los que se impone comprometer con la guerra. Valora con certeza a los autonomistas. Sabe —lo ha conversado con Varona— que la cúpula de ese partido está dominada cada vez más por los intereses coloniales, y que si figuras como Montoro y Saladrigas jamás abrazarán la revolución, sus cuadros dirigentes no forman un bloque cerrado de españolistas y que muchos de sus militantes de a pie podrán ganarse para el separatismo, porque están convencidos ya de que las reformas prometidas por España no serán más que una serie de trabas que opongan obstáculos mayores a la participación cubana en los destinos de la Isla. No escapa a la aguda mirada de Maceo el estado moral de la Isla y la postración ciudadana. Lo reconoce hasta el mismo periódico El País, vocero de los intereses autonómicos, al resumir la situación de la Colonia desde el final de la Guerra Grande: «Tras 12 años de penoso batallar contra la acción combinada de la intriga y de la violencia, dentro de una legalidad falseada hasta el cinismo; blanco de procaces imputaciones y víctima de crecientes despojos con mengua de la justicia, se encuentra el pueblo cubano en peor condición que en 1878, con el alma herida por el desengaño y la paciencia agotada por el sufrimiento».

Dudas y resquemores

Miguel Figueroa, un autonomista que quiere la independencia, ofrece a Maceo su dinero para el alzamiento. No acepta el General recibir dinero alguno, pero insiste en que deben recaudarse no menos de 40 000 pesos para organizar las expediciones armadas que vendrían del exterior. Se entrevista con representantes del cuerpo de bomberos y de las milicias. También quieren la independencia y cuentan con armas para la guerra. Encuentra en todas partes apoyo a sus ideales y disposición de lucha. Está también inflamado el ánimo de los patriotas de Cayo Hueso, agrupados en la llamada Convención Cubana: tienen listo el armamento y falta solo designar al jefe. El alzamiento armado, sin embargo, no es tan fácil como parece. Maceo advierte dudas y resquemores en los viejos guerreros. Los veteranos del 68 no quieren a los jóvenes y menos aún a los intelectuales y les horroriza mezclarse con el ala izquierda de la autonomía. Trata Maceo de limar asperezas. Recuerda a todos la necesidad de sacudir el yugo de la tiranía española y el deber de trabajar en favor de la revolución.

La estancia habanera de Maceo, entre los meses de febrero y julio de 1890, es de un quehacer incansable en pos de la causa cubana. Su personalidad hechiza a cuantos lo conocen. Gana y convence desde un hombre de inteligencia fría como Varona hasta un poeta hastiado y melancólico como Julián del Casal. Lo frecuentan intelectuales como Manuel de la Cruz y Ramón Agapito Catalá, y no es raro que se reúna con gente tan rica como los hermanos Terry. Los muchachos de la Acera del Louvre lo adoran y los militares españoles lo respetan. Julio y Manuel Sanguily son sus íntimos. A nadie abre tanto su pensamiento político y su corazón como a Juan Gualberto Gómez.

Dice a Juan Gualberto que el jefe superior será el general Máximo Gómez. Y precisa que, mientras Gómez y Martí no lleguen a Cuba, el general Julio Sanguily asumirá la conducción de la guerra. Esa es la sugerencia que hace a los patriotas de la Convención Cubana de Cayo Hueso. Dice también a estos que, mientras falte Gómez, los asuntos políticos de la insurrección estarán en manos de Manuel Sanguily, Miguel Figueroa y Juan Gualberto, entre otras figuras.

Estructura Maceo en La Habana un plan de alzamiento. Quiere contar en la guerra con el concurso de todos los hombres de buena voluntad y darles en la contienda aplicación adecuada aun a aquellos que no tienen aptitud para las armas. Se propone, en suma, que cada cubano se sienta un poco autor de la independencia, aunque esté incapacitado para empuñar el machete.

Mientras tanto, en Nueva York, Martí, que percibe la inquietud que impera en la Isla, llama a la emigración a prestar a los cubanos de dentro la ayuda que necesitan con urgencia.

Carnaval en Santiago

No permanece Maceo más tiempo en La Habana. El 20 de julio parte por mar desde el Surgidero de Batabanó con destino a Santiago de Cuba. La misma expectación, igual el júbilo. En esa ciudad del oriente cubano conspiran Crombet, Moncada, Bandera, Leyte Vidal, Sánchez Echevarría… La llegada de Maceo aviva el entusiasmo y la confianza. El 26 de julio de 1890 sostiene el recién llegado la primera reunión con los revolucionarios santiagueros con el pretexto de una comida. Es día de carnaval y fuera de la casa donde tiene lugar el encuentro hay gente que baila y se divierte. Solo en apariencia. En verdad, cuidan y protegen a los reunidos y hacen que la entrevista pase inadvertida para las autoridades.

Pronto llegan los conspiradores a acuerdos fundamentales. Determinan la fecha del alzamiento (8 de septiembre), se estructuran los grupos que atacarán fortalezas y cuarteles y deciden que, ya con la ciudad en manos de los insurrectos, Gómez, al frente de la expedición que se prepara en Cayo Hueso, desembarque por el puerto de Santiago.

Maceo es objeto de mil atenciones y agasajos. Lo invitan a cabalgatas y giras campestres y en su honor se organizan banquetes en los que comparten la mesa elementos muy significativos de la autonomía y varios de sus compañeros de armas en el 68. María Cabrales viene, desde Jamaica, a reunírsele. Alegra a Antonio la llegada de su esposa. Y el militar está contento también con el plan insurreccional a punto de echar a andar. ¿A punto de echar a andar?

Atrapado

Con el transcurso de los días algunos cubanos comprometidos con Maceo comienzan a enfriarse. Los dueños de ingenios azucareros se aterrorizan ante la proximidad de la guerra en un momento en que los aranceles norteamericanos favorecen la entrada en EE.UU. de mieles y azúcares cubanos. Suben al mismo tiempo los precios internacionales del manganeso y el grupo de la burguesía vinculado a la explotación de las minas y a la exportación del mineral, se retrae también de la conspiración. La cúpula del autonomismo santiaguero, a la que Maceo parece haber solicitado su concurso, hace lo imposible por frenar el entusiasmo de los cubanos. En Washington, mientras tanto, el presidente Harrison anuncia en el Congreso que se esforzará por ampliar el comercio con Cuba y Puerto Rico y que ese fin precisa de un cambio de la política que España impone a sus colonias. Con esa promesa renace el anexionismo que había perdido vigor en los años precedentes y se empieza a insistir en las ventajas que para Cuba reportaría su integración con EE.UU. La malévola propaganda se extiende. Divide. Confunde aun a gente cercana al general Maceo. Una noche, durante un banquete que le ofrecen en el hotel Venus, uno de los asistentes opina sobre la situación.

—Cuba, por la fuerza de las circunstancias —dice— llegará fatalmente a ser una estrella más en la constelación norteamericana.

Maceo no demora en responderle. Expresa con firmeza:

—Creo, joven, que ese sería el único caso en que, tal vez, estaría yo al lado de los españoles.

En España, Cánovas del Castillo sustituye a Sagasta en la presidencia del Gobierno, y Camilo Polavieja llega a La Habana a ocupar en propiedad el cargo de Gobernador General de la Isla, vacante desde la muerte de Salamanca. La policía pone al tanto al nuevo Capitán General de las andanzas de Maceo, y Polavieja, que no necesita de motivos para proceder contra los cubanos, dispone la expulsión inmediata del bravo mambí.

El sábado 29 de agosto, por la tarde, la policía ocupa el hotel donde Maceo se aloja con su esposa y un oficial le comunica que deberá abandonar la Isla en el vapor que al día siguiente sale para Nueva York. A partir de ese momento quedaría retenido en el establecimiento hotelero. Lo sorprende la astucia de las autoridades, pero no se resigna. Con alguien que lo visita manda aviso a los jefes de la conspiración: la acción, prevista para el 8 de septiembre, se anticipaba y esa misma noche debería sublevarse Santiago.

Algunos grupos, sin perder tiempo, se sitúan en los lugares previstos en espera de la orden de alzamiento. Pero la orden no llega. No llegará nunca. Los jefes envían en cambio recados al General: no cuentan con medios para alzarse. Maceo ve pasar las horas y con estas la esperanza. No puede moverse del hotel, vigilado como está. Solo el puñado de valientes que le sirve de mensajeros es su enlace con el exterior. Está hecho una furia. Desesperado, manda su último mensaje a los jefes vacilantes: «Con un palo y una lata pongo yo en movimiento a esta ciudad».

Ni modo. Acuden al hotel familiares y amigos. También Sánchez Echevarría, uno de los principales conspiradores. Le aconsejan que acepte la orden de expulsión y el aplazamiento de sus propósitos. Parece calmarse. Al día siguiente, el Gobernador de Santiago, en su coche, conduce a los esposos Maceo a la Comandancia de Marina. Un grupo de patriotas despide en el puerto al heroico mambí, y casi de inmediato la represión se ceba en los conspiradores, que son deportados, entre ellos Flor Crombet.

Maceo demora en Nueva York solo lo indispensable para procurarse el modo de llegar a Jamaica. Ya en Kingston aconseja a los revolucionarios que operan en Cuba que se mantengan junto a Juan Gualberto Gómez, el esclarecido periodista que no ceja en su lucha por la independencia y contra la autonomía. Escribe a su amigo, el catalán Miró Argenter: «Mis deberes para con la patria y para con mis propias convicciones políticas, están por encima de todo esfuerzo humano: por ellos llegaré al pedestal de los libres o sucumbiré luchando por la redención de ese pueblo».

La lucha, en efecto, no había concluido. El paréntesis que en el proceso de la independencia abrió el revés de la conspiración organizada por Antonio Maceo fue visto por sus participantes solo como una mera tregua. Por eso le llamaron La paz del manganeso, nombre con que pasó a la historia.

(Fuentes: Textos de Raúl Aparicio y Federico Villoch)

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