Cómo se construyó el teatro Payret

En el siglo XIX muchos españoles venían a Cuba a «hacer la América» o a morir de fiebre amarilla. La mayoría de ellos escapaba o sobrevivía a esa terrible enfermedad, no siempre necesariamente mortal, pero muy pocos construían aquí la fortuna que esperaban.

El protagonista de esta historia fue un caso excepcional. Llegó pobre, muy pobre, con gorra y alpargatas y escaso de equipaje. Todas las pertenencias de aquel mozo de 15 años de edad, ninguna de ellas valiosa, cabían en un pequeño hatillo. A la vuelta de pocas décadas, sobre 1875, sin embargo, se le calculaba al personaje un capital de más de medio millón de pesos. Terminaría perdiéndolo todo. Consumido por la pena, sin proferir queja alguna ante el infortunio y con el dolor de ver a su única hija, educada para reina, tener que ganarse trabajosamente la vida, el hombre de nuestra historia pasó sus días finales a merced de la Sociedad de Beneficencia de los Naturales de Cataluña. El catalán Joaquín Payret hizo en Cuba un patrimonio considerable y lo dejó todo en el teatro que lleva su nombre.

Convertir el oro en piedra

«Este mozo, como todos sus congéneres, lleno de esperanzas, pero mísero de recursos, pasó el doloroso via crucis de todos los que en aquella época se dedicaban al comercio, pero inteligente, honradísimo y perseverante, consiguió en menos de diez años establecerse por su cuenta, abriendo su café en el que supo labrarse el cimiento de un capital. Poco después aquel establecimiento se convirtió en uno de los más importantes de La Habana. Cerca de este abrió otro más tarde, amplió su esfera comercial con una carnicería, a las que siguieron varias más…», escribe Álvaro de la Iglesia en sus Tradiciones cubanas; cuadros viejos.

Uno de esos establecimientos fue el muy famoso café El Louvre, en la esquina de Prado y San Rafael, que Payret terminó vendiendo al arquitecto Juan de Villamil, teniente coronel retirado del ejército español, que adquirió además el Hotel Americana. Unificó el comprador ambas entidades en un solo edificio al que puso por nombre Hotel Inglaterra. Villamil fue el constructor del gasómetro de La Habana y poseía en Luyanó extensos terrenos en sociedad con su sobrino, Urbano González, dueño del Hotel Pasaje, que ocupaba el espacio que cubre ahora la Sala Polivalente Kid Chocolate, y futuro constructor y propietario del hotel Sevilla.

La información, empero, es contradictoria en esto. El ya citado Álvaro de la Iglesia asevera que Payret se deshizo, de la noche a la mañana, de sus cafés y carnicerías para invertir el dinero en la compra del terreno y la construcción del edificio del teatro, que se inauguraría el 23 de enero de 1877, mientras que Guillermo Jiménez, en su libro Las empresas en Cuba sostiene que no fue hasta 1886, cuando ya el teatro tenía casi una década de inaugurado, en que Payret vendió El Louvre a Villamil.

De cualquier manera el catalán, que al parecer quiso imitar y seguir los pasos de su coterráneo Pancho Marty y Torrens, constructor del Teatro Tacón, hoy Gran Teatro —inaugurado en 1838— desconocía hasta lo elemental acerca del giro en que se estaba metiendo. No fueron pocos los que auguraron su fracaso. Los que le vieron levantar y acrecentar con tanto esfuerzo su fortuna, no se ocultaban ni se mordían la lengua para proclamar que Payret convertiría el oro en piedras. En opinión de muchos escogía un camino equivocado cuando, en aquellos días de la Guerra de los Diez Años, podía volverse cada vez más rico vendiendo galletas con gorgojos y harina podrida al Departamento de Guerra de la Colonia o especulando con el oro, que se cotizaba por las nubes en las madrigueras de la calle Mercaderes, donde tantos españoles, indiferentes a la suerte de su ejército, comerciaban su «patriotismo».

La inauguración del Coliseo, que en 1878 fue bautizado como Teatro de la Paz para aludir a la Paz del Zanjón, fue todo un éxito. Esa noche Payret vio coronado sus sueños. Una verdadera apoteosis para el infatigable catalán que veía colmado su sacrificio. Se presentó en escena la ópera Favorita, interpretada por el gran tenor asturiano Lorenzo Abruñedo, quien arrebató al público al cantar, afirmó la crítica, «como no es posible cantar mejor en el mundo», pese a que sus paisanos, entusiasmados por su presencia en La Habana, llevaron de rumba en rumba al artista y le hicieron beber tanta sidra que lo pusieron afónico.

Superar el Tacón

El derribo, a partir de 1863, del cinturón de piedra que durante siglos protegió la villa habanera dio paso al fomento del reparto Las Murallas. En 1875 se habían creado condiciones favorables para la compra-venta de los terrenos y diez años más tarde estaba ya ocupada toda el área que se urbanizó en el siglo pasado. Se construyeron allí palacios como el de Balboa —ocupado ya en la República por el Gobierno Provincial y ahora por la dirección de ETECSA, y el de Villalba, frente a la Plaza de las Ursulinas, sede, en 1898, del Gobierno autonomista; la Manzana de Gómez, y hoteles como el ya mencionado Pasaje. Expresa Carlos Venegas en su obra La urbanización de Las Murallas; dependencia y modernidad que otra gran línea de inversión en el reparto la constituyeron los edificios de recreación y servicios públicos, entre estos los teatros. Además del Payret, se edificaron en la zona el Albizu —en San Rafael, a 50 metros del Parque Central— el circo-teatro Jané, en la esquina de Dragones y Zulueta, y frente, el Irijoa, actual Martí.

Apunta Venegas que Joaquín Payret quiso, en el edificio de su teatro, llegar lejos en lo a las innovaciones se refiere. En primer lugar, para evitar un peligro de incendio, importó de Bélgica una armadura de hierro. Su llegada a La Habana y su colocación en el edificio del teatro, atrajo la atención de la vecinería, pues para levantar las piezas de la cubierta, algunas de seis toneladas de peso, tuvo que emplearse el equipo del Arsenal de la Marina. Como, a diferencia del Tacón, era un espacio bastante cerrado, se instaló un sistema de ventilación que dio una temperatura regulada a la sala. Otra innovación fue la esquina en chaflán del edificio, lo que facilitaba el giro de los carros en las zonas más transitadas.

Payret visitó los mejores teatros de Europa y América para tomar ideas que introduciría en el suyo. Encargó su construcción a Fidel Luna, uno de los maestros de obra más prestigiosos de La Habana, que había participado en el ensanche de Barcelona, proyecto en que fue uno de los auxiliares del ingeniero Idelfonso Sardá. Ambicionaba, dice Venegas, superar al Tacón, no solo en el número de las localidades —contaba con 50 butacas más—, sino en cuanto a innovaciones y adelantos tecnológicos; hacerlo emblema del progreso y los adelantos de España en América, como aspiraba la camarilla colonial, un teatro hasta entonces sin paralelo tanto en la Isla como en el resto del continente.

Con el viento en contra

La mala suerte persiguió tanto al teatro como a su dueño. De nuevo la información se contradice en este punto. Carlos Venegas, en su libro citado, expresa que años después de la inauguración del edificio, su esquina achaflanada se derrumbó a causa de una inundación, lo que provocó que los cubanos simpatizantes de la independencia se burlaran de los sueños del elemento integrista con relación a aquel «teatro de cartón».

Álvaro de la Iglesia, en cambio, dice que el derrumbe ocurrió cuando estaba a punto de concluir la construcción del edificio y un furioso huracán echó por tierra la mitad de la obra. Precisa el memorialista que el desastre ocurrió cuando al propietario empezaba a escasearle el dinero. «La bien cimentada reputación de Payret hizo que fueran en su auxilio varios capitalistas de La Habana, el capitán general le facilitó soldados y presidiarios para remediar las consecuencia del derrumbe, y el pueblo entero le demostró, por todos los medios, sus simpatías», escribe De la Iglesia.

Otros autores son del criterio de que tras el derrumbe el teatro nunca volvió a abrir. Payret en definitiva lo perdería cuando dejó de pagar impuestos y contribuciones. Dice De la Iglesia que el golpe de gracia se lo dio el Departamento de Hacienda, que se apropió del edificio. Joaquín Payret, digno de mejor suerte, quedó sumido en la miseria y todos le volvieron la espalda. Hacienda vendería el inmueble al doctor Anastasio Saaverio, que lo reedificó y lo puso a funcionar en 1890.

Suerte parecida tuvieron los teatros de la zona. Ricardo Irijoa, propietario del teatro del mismo nombre, quebró y se vio inmerso en una miseria desesperante. El Albizu, ya en los años 20 del siglo pasado, fue destruido por un incendio. El fabricante de tabacos Miguel Jané y Ollé no demoró en quedar arruinado. Aunque la temporada inaugural fue exitosa, su circo-teatro no pudo mantener la calidad de su cartel y pronto perdió el favor del público. En 1889, ocho años después de su apertura, cedía su espacio a la iglesia bautista Gethsemaní, que todavía lo ocupa. Se trata de una obra de notable construcción. En ningún otro edificio habanero se convirtió el hierro en un elemento estructural tan visible y decorativo.

Después…

Famosos cantantes de ópera pasaron por la escena del Payret. Allí se presentaron la trágica francesa Sarah Bernhardt y la bailarina rusa Anna Pavlova. A comienzos del siglo XX operó bajo la firma del circo Santos y Artigas y obras del Teatro Alhambra que en el coliseo de Consulado y Virtudes eran propias solo para hombres, se vieron en el Payret por toda la familia. Muy buenas zarzuelas subieron a sus tablas, pero fue, sobre todo, el templo de la opereta en la capital cubana, donde la tiple mexicana Esperanza Iris pudo lucirse a sus anchas. Después de 1948, fecha de una nueva reconstrucción, se dedicó a la exhibición de películas españolas.

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