Historia perdida del Sans Souci (I) - Lecturas

Historia perdida del Sans Souci (I)

La historia del cabaré Sans Souci parece haber sido tirada por el agujero de la memoria. Mientras que investigadores y periodistas, animados a veces por la propia administración de ese centro nocturno, se afanan por reconstruir el decursar de Tropicana y discuten hasta el cansancio el porqué del nombre de la afamada casa de fiestas y cuándo y dónde se compuso la canción que sirve allí de opening a sus espectáculos, se va perdiendo la historia de otros cabarés. Sans Souci no es el único caso.

Por su ambiente exclusivo y su refinada elegancia, Sans Souci llegó a ser tan famoso como Tropicana. César Portillo de la Luz, el célebre compositor de Tú, mi delirio y Contigo en la distancia, que trabajó como músico en el bar de ese establecimiento, dijo a este escribidor que mientras Tropicana era preferido por extranjeros que visitaban la Isla, Sans Souci era más de los cubanos. Connotadas figuras internacionales se hicieron aplaudir en su pista como estrellas de producciones fastuosas en las que coristas norteamericanas se convertían en un atractivo añadido. Durante un tiempo, Roderico Neyra, aquel mulato deformado por la lepra, de baja estatura y sonrisa pícara que hizo famoso el seudónimo de Rodney, se encargó de sus coreografías, marcando con estas una forma de hacer y concebir el espectáculo. Cuando en marzo de 1952 Rodney pasó a Tropicana, ocuparía su lugar un artista de la talla de Alberto Alonso.

El cabaré habanero tomó su nombre del palacio que Federico II, el Grande, se hizo construir en Postdam a partir de 1745. Rivalizaba con el palacio de Versalles de la monarquía francesa, aunque era bastante más pequeño. Ese edificio fue para el rey de Prusia un lugar de descanso más que un centro de poder. De ahí su nombre, Sans Souci, que puede traducirse como «sin preocupaciones». La misma idea animó a los fundadores del Sans Souci habanero. Querían que la visita de su clientela transcurriera libre de inquietudes y desvelos en aquella villa de estilo español situada en la carretera de Arroyo Arenas y que ofrecía sus espectáculos bajo las estrellas.

El centro nocturno habanero abrió sus puertas tras el fin de la I Guerra Mundial y el gallego Arsenio Mariño, avecindado en La Habana desde 1914, fue uno de sus propietarios originales. Allí conoció a la que sería su esposa, una bailarina alemana que, con el nombre de Las hermanas Farry, haría con el tiempo pareja con su melliza. De esa unión nació la excelente actriz, cantante y bailarina cubana Yolanda Farr, que así lo contó en sus memorias. Se supone que Mariño vendió su parte a comienzos de los años 30 y se fue a Sudamérica de gira con las Farry.

Explota el escándalo

Desconoce el cronista quién o quiénes quedaron como dueños del establecimiento a la salida de Mariño. Sabe que con el tiempo Sans Souci pasó a manos de Sammy Mannarino, un gángster de Pittsburg que lo regenteó en sociedad con su hermano Kelly y hampones de Chicago y Detroit. Y es con ellos precisamente que se relaciona uno de los escándalos más sonados del devenir de los juegos de azar en La Habana. Mannarino y sus socios vendieron a Muscles Martin el derecho a explotar en su establecimiento el llamado razzle-dazzle, término comodín que encubría varios juegos de dados y, en especial, una variante llamada cubolo; un robo a mano armada, pues desplumaba sin remedio a los incautos —los llamados «primos»— que impelidos por guías y señuelos —las llamadas «palas»— se sentaban a la mesa con el convencimiento de que no perderían siempre que no pararan de doblar su apuesta. El razzle-dazzle, en sus variantes, reportaba a Martin entre diez mil y treinta mil dólares por noche, de los que entregaba la mitad a la casa.

Dan C. Smith, abogado norteamericano domiciliado en Los Ángeles, vio, desde una mesa preferencial, el espectáculo desenfrenado y salvaje que esa noche ofrecía Sans Souci, y pasó al casino de juego, donde gente que parecía conocedora le sugirió que jugara al cubolo. Era un juego incomprensible para él, pero Smith aceptó. Continuó jugando el abogado y cuando decidió parar había perdido 4 200 dólares de los de entonces. Cubrió su deuda con un cheque, pero lo embargaba la sensación de haber sido estafado. Supo que el cubolo no era legal en Cuba y cayó en cuenta del papel que tenían las «palas» en juegos como ese, azuzando a apostar al «primo». En cuanto pudo se comunicó con su banco y le pidió que no hiciese efectivo el documento.

Cuando Norman Rothman, gerente entonces del casino de Sans Souci y conocido operador de salas de fiesta en Miami Beach —casado con la explosiva vedette cubana Olga Chaviano— se percató de que Smith no pagaría la deuda, ordenó a una agencia de California que le reclamase el dinero. Se mantuvo Smith en sus trece y la agencia contratada para hacerle pagar lo llevó entonces a juicio. Error. Smith se desempeñaba como asesor económico del senador Richard M. Nixon, futuro vicepresidente y, más tarde presidente de Estados Unidos. Suplicó Smith ayuda a Nixon y el parlamentario pidió al Departamento de Estado que investigara si era cierto o no si a su consejero lo habían engañado en un juego de azar fraudulento. El Departamento de Estado se comunicó con su Embajada en La Habana y se inició una investigación de las denuncias de Smith y de otros turistas que ponían de relieve que estafas e ilegalidades abundaban en el mundo del juego. Una campaña publicitaria, impulsada por Smith, sacaba a flote casos de numerosos turistas estadounidenses estafados en casinos de la capital de la Isla.

Aquella propaganda en contra puso al dictador Fulgencio Batista entre la espada y la pared. Si la cosa seguía como iba, el Gobierno se vería obligado a poner coto al juego y cerrar los casinos, aunque también podía suceder que los jugadores, desconfiados, probaran suerte en Bahamas, México, Puerto Rico, República Dominicana o Haití, que pugnaban por entrar en el negocio floreciente del juego en el Caribe de la posguerra.

La cuestión era esta: o Cuba garantizaba un juego «limpio» en los casinos o la industria del juego desaparecería de la Isla. Batista no podía recurrir a su propio aparato para buscar remedio al asunto, pues el gubernamental Instituto Nacional de Turismo estaba penetrado hasta la médula por dueños y operadores de las casas de juego. El dictador, sin embargo, tenía un as escondido en la manga. Era Meyer Lansky, el financiero de la mafia. Llamado por Batista, Lansky regresó a La Habana a mediados de 1952, y aceptó el puesto de «consejero» para la reforma del juego que el mandatario cubano le ofrecía, como paso inicial del saqueo en gran escala que él y Lucky Luciano planearon para Cuba.

Tendría, eso sí, que hilar fino. El razzle-dazzle, extendido ya a Tropicana, Jockey Club, Gran Casino Nacional y otros centros nocturnos, producía mucho dinero, y privar de ese beneficio a los que los patrocinaban generaría de seguro una respuesta violenta. Lansky no quiso quedar como el propiciador de esa violencia. De ahí que se limitara a atizar el fuego sin meter por ello las manos en la candela. Se empeñó en demostrar que un casino bien llevado era un casino rentable y que un establecimiento de ese tipo no tenía necesidad de recurrir a la trampa para conseguir ventaja. Le entró al asunto lentamente y con manos de seda. Se convirtió en dueño mayoritario del Montmartre, el importante cabaret-casino del Vedado. Quería aleccionar a los que explotaban negocios turbios: el casino más eficaz sería el que funcionara de la forma más limpia y justa. Por otra parte, su mano pareció estar detrás del artículo aparecido en una publicación de EE.UU. con el título de Primos en el paraíso; de cómo los estadounidenses pierden la camisa en los tugurios de juego en el Caribe. Ese material ponía en evidencia al casino del cabaré Sans Souci y agregaba que hampones norteamericanos desplazados figuraban como socios o concesionarios en cuatro de los cinco casinos de La Habana, mientras que el Montmartre aparecía citado como el único de esos establecimientos que no permitía el razzle-dazzle.

Con casco y bayoneta calada

Dos días después de publicado el artículo, Batista hacía público que había ordenado al Servicio de Inteligencia Militar (SIM) que detuviera a 13 de los más connotados jugadores profesionales de razzle-dazzle empleados de Sans Souci y Tropicana. Decía el New York Times: «Soldados cubanos con casco y bayoneta calada entraron en los tugurios de juego y ordenaron poner fin a las partidas de razzle-dazzle. Fusil en mano vigilaron las entradas de los casinos para impedir que volvieran las partidas». Al día siguiente salían deportados los 13 jugadores detenidos. Fue una jugada maestra. Meyer Lansky había dado a sus congéneres su propia versión del razzle-dazzle.

Se imponía un cambio de imagen en Sans Souci. En octubre de 1953, Santo Trafficante, el zar de Tampa, compró su parte en el club nocturno a Sammy y Kelly Mannarino. Algunos investigadores son de la opinión de que ese importante negocio se llevó a cabo por mediación de Lansky, y quizá del mismo Batista, como parte de una operación de limpieza.

Lansky y Trafficante no se llevaban bien. El bolitero de Tampa tildaba siempre de «asqueroso cabrón» al judío neoyorquino del Lower East Side. Era un rencor—se dice— que venía de atrás. Nacía de la suposición de que Lansky había usurpado los planes que su padre trazara pacientemente durante años. El viejo Trafficante, siciliano de nacimiento, había creado en Cuba un dominio que pensó legar a su hijo. Para muchos, los Trafficante, padre e hijo, eran los jefes mafiosos de La Habana. Pero llegó Meyer Lansky y tiró los dados de otra manera. Entonces gente como Indalecio Pertierra y Paco Prío, que hasta ahí respondieron a los Trafficante, cambiaron de bando. Trafficante hijo hablaba el español con soltura y conocía bien la cultura cubana. Aunque estaba casado en EE.UU., tenía una amante habanera, Rita, ex bailarina y veinte años más joven, con la que vivía en uno de los pisos altos del edificio marcado con el número 20 de la calle 12, en el Vedado. Afirma un historiador norteamericano que Santo Trafficante podía no tener a Batista en el bolsillo, como lo tenía Lansky, pero era, después de este, el hombre más poderoso de la mafia en La Habana.

Rediseño y restauración

Trafficante se rodeó de nuevos colaboradores al asumir el control de Sans Souci, aunque permitió que Norman Rothman, apodado Roughneck —algo así como «Matón»—, prosiguiera como director de juegos y gerente del casino. Su hijo Cappy, fruto de un matrimonio anterior a su relación con Olga Chaviano, colaboraba en el negocio. De un maletín esposado a una de sus muñecas, sacaba dinero de La Habana con destino a EE.UU. Con el tiempo, Cappy sería un destacado especialista en infertilidad y el creador, en California, del primer banco de espermatozoides que existió en el mundo.

Lefty Clark, reconocida figura del juego en la Florida, asumió la administración de Sans Souci, y con esta las tareas de rediseño y restauración del centro nocturno, en las que se invirtió un millón de dólares. Pero eso lo veremos el próximo domingo.

(Continuará)

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