Cada cual a lo mío... - La tecla del duende

El Duende

La tecla del duende

Cada cual a lo mío...

Sin mucho ruido, como carcajeándose discretamente, Jorge Fernández Era ha propinado con sus letras, en las últimas décadas, agudísimas estocadas a esa plaga tristemente célebre en nuestro entorno conocida, entre muchos nombres, por «Encartonitis burocratoide cerebrodestripante». De su libro Cada cual a lo mío (Editorial José Martí, 2013), son los cuentos de hoy...

Peroteo. Pero eres nuevo. Pero no perteneces al sindicato. Pero eres contratado y para proponer una innovación hay que estar fijos. Pero tienes dos llegadas tarde y eso pesa. Pero no sabes dibujar, y aquí sin dibujo nada camina. Pero no hay presupuesto. Pero a mí no me vas a convencer de que no te importa el dinero. Pero nunca me ha gustado tu facha. Pero siempre se ha cumplido el plan de producción y yo no lo arriesgo por mucho que ahorre ese invento tuyo. Pero ustedes con veinte años se quieren comer el mundo. Pero…

El joven da un portazo y huye. Choca con una decena de burós, sale y respira aire puro. Al otro día regresa y pega, a la entrada de aquel recinto, un cartel que reza: ¡Cuidado! Hay peros.

Lógica. Lee el periódico y corre con júbilo hacia la taquilla. —Señorita: ¿Es cierto? Que el ferrocarril está obligado a resarcir al pasajero un por ciento del pasaje que oscila entre un cinco y un treinta y cinco en dependencia del tiempo de demora, ya sea en salida o en llegada. —Sí. —¿Y que el cliente puede reclamar hasta quince días después del viaje? —Sí. —Señorita: ¿y no se rebajará cuando se rompa el aire acondicionado? —No. —¿Y cuando los vagones estén hediondos, con colillas, papeles y hasta fango por el piso? —No. —¿Y cuando no haya agua para beber, ni siquiera tibia? —No. —¿Y cuando no haya qué comer, o haya, pero con trifulcas hecatómbicas? —No. —¿Y cuando las ferromozas nos muestren la misma cara que usted me está poniendo ahora? —No. —Y… ¿por qué? —¿Qué tú quieres, mijito? ¿Viajar gratis?

Hombre

En tiempos remotos solo habitaban la Tierra dos hombres que se odiaban irreconciliablemente. Para aplacar un tanto la aversión mutua, ambos erigieron de polo a polo una alta reja que dividió al mundo en dos exactas mitades, instalándose cada cual en la suya. Pero a partir de ese día vivieron en eterna discusión sobre quién tenía preso a quién.

Reporte matancero

Dedicada a su bella ciudad, los tecleros de Matanzas tuvieron su más reciente peña en el Museo Palacio de Junco. Décimas, narraciones, alusión a los símbolos, anécdotas... Proyectos de un boletín ocurrente y cita para el próximo día 16.

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