Alexis Cánovas, incansable dibujante para las nuevas generaciones

Desde muy joven contribuye a hacer realidad los sueños de la Revolución Cubana siendo fiel a la máxima del Che de que no hay nada imposible

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Además de artes plásticas, Alexis Cánovas enseña a sus alumnos de El Viejo y el Mar a encontrar el camino propio en la vida. Foto: cortesía del entrevistado Cuando el adolescente Alexis Cánovas Fabelo subió al tren de la vanguardia de los Cinco Picos, no sabía la dimensión de las cumbres que le tocaría enfrentar en las siguientes cinco décadas de su existencia.

Sin embargo, no era un chiquillo malcriado o un romántico que se enrolaba en la «nueva aventura» de la Revolución: de sus 15 años recién cumplidos ya llevaba seis trabajando para que la familia no muriera de hambre. Miraba al mundo con ojos de pobre, pero no por eso menos soñadores.

A los 13 había recibido la primera golpiza de la policía batistiana. Su prematuro esfuerzo le cinceló una conciencia de clase que solo da el trabajo, más allá de las teorías políticas que adquirió también gracias al padre de un compañero de aula, el viejo Fajardo, quien le hizo ver el socialismo en los libros de Blas Roca mucho antes de sentarse en un aula de la universidad, y le ayudó en sus lecturas clandestinas de La Historia me absolverá.

Con aquel carpintero, miembro activo del Partido Socialista Popular (PSP), aprendería además que las ideas se asumen hasta las últimas consecuencias. Por eso su hijo se llamaba Lenin.

Bajo su guía, Alexis participó en la toma de la Estación de Policía en su natal Camagüey, se enroló en las patrullas juveniles de la recién formada PNR y en varios de los primeros intentos aislados de gestar la unidad, propósito que tomaría forma poco después con la AJR.

Todo lo que se necesitaba era deseos de apoyar la Revolución desde esa cultura popular que siempre existió en los barrios pobres, a la búsqueda de una expresión artística donde latir con ropaje propio.

De ahí que la primera misión de la organización juvenil fue conquistar a otros jóvenes, buscarlos dondequiera que estuvieran y formarlos para los nuevos tiempos, darles instrucción y herramientas políticas que los prepararan —como quería Martí— para la nueva vida.

Y también confianza. Aquellos que no habían tenido hasta la fecha un rumbo claro debían probar sus fuerzas: decantar a los oportunistas, contagiar a los dudosos, borrar el pasado y construir sueños nuevos.

Por eso Cánovas compartió suerte, entre los primeros Cinco Picos, con jóvenes de la prisión de Torrens, en La Habana, dispuestos a rehacer sus vidas y a repoblar los bosques, y con muchachos como Ricardo Alarcón e Isidoro Malmierca, líderes de los nuevos retos que, siguiendo el ejemplo del Che, no decían a otros «vayan», sino «vengan».

Entre ellos estaba cuando Fidel bajó de un helicóptero en Guisa y les habló del futuro «como si ya tuviéramos todo en las manos... Detrás de mí estaba sentado el entonces limpiabotas Arnaldo Tamayo».

COMPROMISO SIN REGRESO

En todo eso pensaba Alexis de camino al Turquino sin saber aún que su viaje de regreso no se detendría en las llanuras agramontinas, o que las imágenes atrapadas por sus ojos en toda la geografía cubana saldrían luego de sus manos en forma de viñetas, dibujos, cuadros, logotipos, páginas impresas y hasta animados, para ayudar a encender en otros la nueva ideología.

Casi cinco décadas después confiesa a JR que aún no se ha bajado de aquel tren, y no lo hará mientras la maquinaria tenga fuerzas para entregar a las nuevas generaciones tareas más grandes que ellas mismas, partiendo de un principio que se le antoja básico: mente amplia y disposición para llevar a la vez estudio y trabajo.

«Así me hice dibujante, sin haber ido a una escuela», relata con picardía mientras ojeamos su extenso currículo, en el que una licenciatura en Filosofía y Marxismo cierra filas con otros diversos estudios, numerosas exposiciones de Artes Plásticas por todo el orbe y una labor fundacional en revistas y periódicos dedicados a la juventud cubana.

Al preguntarle qué oficio lo define por excelencia, entre los 16 que domina, responde conciso y sin alardes: «Cumplir tareas... Toda esa lista surge de lo que me han pedido hacer en estos años. Como cuadro de la AJR tuve que aprender muchas cosas y crear otras sobre la marcha: eso fue lo mejor».

En una de sus andanzas como dirigente político conoció por azar al australiano Harry Reve, quien ayudaba a la nueva organización juvenil cubana a diseñar sus medios de comunicación, y al entonces obrero toallero Luis Lorenzo, que más tarde creara a Matías Pérez y otros muchos personajes de historietas.

Reclinados sobre una mesa, ambos diseñaban algo, que a pesar de su prisa militante sedujo a Alexis. «¿Te gusta dibujar...? Pues ven a verme para darte trabajo», le dijo Reve con fuerte acento inglés al adivinar su pasión artística, y aquella frase dio un vuelco a su vida.

Poco después fundaban la revista mensual Pionero, primera publicación dedicada especialmente

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