«Chucho», una leyenda viva dentro de la Unión de Jóvenes Comunistas

El trabajador en activo más antiguo de la UJC en la provincia de Holguín ha dedicado ya 36 años a la organización juvenil

Autor:

Juventud Rebelde

Una leyenda viva dentro de la UJC: Jorge Jesús López Ochoa, para todos «Chucho». Foto: Juan Pablo Carreras

HOLGUÍN.— A Jorge Jesús López Ochoa le ocurre como a muchos de mis coterráneos, a quienes tal pareciera que sus nombres o apellidos no les van, y los criollos alias que los identifican resultan ser tan oficiales que un día hasta nos sorprenden con que poseen «otra identidad».

Por eso, preguntar simplemente por «Chucho» es el modo más conveniente cuando se trata de localizar a este ex dirigente juvenil, de 61 años de edad, en la sede del Comité Provincial de la UJC de Holguín, donde se ha mantenido activo durante 36 años.

Y nada de gentilezas a la hora de endilgarle lozanos calificativos, porque Chucho es en realidad no solo uno de esos imprescindibles duendes de sedimentadas vivencias, sino, ante todo, un ser con unas energías a prueba de morriñas y modorras que algunos imberbes gustarían poseer.

Es así que, cuando su menuda e inquieta figura hace aparición por alguno de los pasillos del edificio va dejando tras de sí una estela de optimismo y buen humor, la cual puede ir acompañada lo mismo de una puntual anécdota, que de una enérgica voz de ¡Firmes! para, como él dice, «poner en desbandada a los gorriones».

Desde hace unos diez años se desempeña como coordinador para la transportación de personal en el departamento económico de la organización. Pero a lo largo de casi cuatro décadas ha cumplido con tantas ocupaciones como para escribir su propio libro. El sello personal que siempre les ha impregnado es el de su responsabilidad.

Mientras JR lo entrevistaba, alguien pasó por su lado y le susurró al oído: «Cuidado Chucho, que vas a romper la cámara», pero ya él estaba demasiado ensimismado en sus recuerdos como para devolver la broma.

«Yo soy militante de la UJC desde el año 1969, pero a las tareas de la juventud entré el mismo día que atacaron Playa Girón. Tenía 16 años y estuve movilizado en lo que hoy son los talleres Primero de Mayo, en la ciudad de Holguín.

—¿Y que hacías al triunfo de la Revolución?

—Tenía 13 años. Limpiaba zapatos y vendía turrones por las calles para ayudar a mi familia, que era muy pobre. Mi viejo era alfarero. Se levantaba a trabajar a las tres de la mañana, pero las cuentas nunca le daban.

«Mi primer trabajo fue de mensajero en el periódico Hoy, del Partido Socialista Popular. Después pasé a trabajar a Correos. Pero tuve que dejarlo por un accidente de tránsito en una moto en la que casi me mato».

—¿Cómo te inicias como dirigente?

—Fue en el año 1971, al frente de un comité de base en un taller de la construcción. Después la UJC me solicitó atender el sector en la región de Holguín. Yo mismo no me lo creía. Era una responsabilidad muy grande y no tenía experiencia. Pero nunca le tuve miedo al trabajo, y como me gustaba tanto lo que hacía, ahí estuve por varios años. Más tarde dirigí la esfera de propaganda en la misma región.

«Otros cargos administrativos fueron el de responsable de los servicios internos de la sede, jefe de trasporte y administrador de la casa de tránsito».

—¿Cuál es el mejor recuerdo que guardas de aquellos años?

—La forma descomunal en que trabajábamos. Yo era de la ciudad y a veces estaba hasta tres días sin ir a mi casa. Dormíamos encima de los buroes. A veces ni almorzábamos. Tenía una bicicleta con gomas macizas y con ella me iba a construir comités de base a más de 15 kilómetros de Holguín. Las tareas sobraban y las cumplíamos sin casi recursos.

«Había comisiones de crecimiento que salían al terreno cada uno con una lata de sardinas en el bolsillo. Y gracias que alguien te invitaba a comer por el camino. No había transporte, y nada de diversión ni cosa que se le pareciera, era trabajo y trabajo. Nadie se quejaba.

«Existía una gran hermandad entre todos. Un día compartimos un pan entre más de diez compañeros, y hubo uno al que le guardamos su pedacito.

«Pero al mismo tiempo, algunos conocidos míos me veían por la calle y me decían: “Chico Chucho, tú estás loco. Si tú puedes trabajar fácil, a una cuadra de tu casa...”».

—¿Y de las tareas más difíciles, alguna anécdota?

—Nunca hubo tareas difíciles. Sí mucho esfuerzo y entrega. Conocí a un dirigente que siempre nos repetía que a los jóvenes no había que empujarlos, más bien pararlos. Entre las actividades que más recuerdo están la terminación de las escuelas en el campo del plan San Andrés. Se movilizaban todos los días cientos de jóvenes al trabajo voluntario. No puede olvidarse que esas escuelas las construyó también la Juventud.

«Esta sede con que hoy cuenta la UJC fue levantada con el apoyo de sus propios trabajadores y cuadros. También estaban las zafras azucareras. Éramos miles los que íbamos».

—¿Alguna locura...?

—De las locuras uno habla poco, pero siempre te suceden por la presión de cumplir. En una ocasión se me planteó, junto a otro compañero, la misión de crear la primera sala Lenin-Martí de la provincia. Era una vía para desarrollar la solidaridad con los pueblos de la Unión Soviética.

«Había que hallar un busto de Lenin y algunas de sus obras. No aparecían por ningún lado. Nos fuimos para la capital en avión. Durante el viaje, mi compañero conoció a un pasajero que se brindó para ayudarlo con los libros.

«Yo me sentía en desventaja. Cuando llegamos a La Habana me puse a caminar las calles. Después de “kilómetros de cuadras” me encontré frente a una vidriera donde estaba la pieza que buscaba. Salté de alegría. La misión había sido cumplida.

«Luego de hablar con el administrador del establecimiento, que por cierto, era también holguinero, logré convencerlo de nuestra tarea y estuvo de acuerdo.

«Salí de allí a pie, con el busto en hombros. A los pocos metros tuve que alquilar un taxi. Pero al llegar al aeropuerto no nos autorizaban a abordar por el exceso de peso.

«Formamos tremendo escándalo con aquello. Se reunieron varios compañeros de la dirección del aeropuerto antes de encontrar la solución, que fue pagar un pasaje más. Cuando llegamos a Holguín todos se asombraron por la rapidez con que regresamos.

«Otra barbaridad fue la noche en que nos faltaban solo cien ladrillos para sellar la cisterna de lo que al otro día sería la casa de tránsito de la UJC. Como no los teníamos a esa hora, me fui con otro compañero en una moto sin luces hasta una alfarería que yo conocía. Los tomé “prestados y sin pagar un quilo”.

«Por el camino nos paró la policía. Valga que “nos pusimos claros”, y al explicarle de qué se trataba aquella misión suicida, el vigilante acabó escoltándonos, aunque nos dijo hasta del mal que íbamos a morir. A las ocho de la mañana del siguiente día se hizo el acto de inauguración».

—¿Y cómo haces para estar siempre tan jovial?

—Eso lo llevo en la sangre, y si la salud me acompaña voy a seguir siendo de la misma manera. Yo he tenido compañeros a mi lado que parecen que están muertos, no son dinámicos, y eso a mí me pone mal. Igual que cuando alguien tiene una tarea y se pone a cabecear para cumplirla».

—Pero me dicen que a veces se te posan malas pulgas...

—Que va chico. Tiene que ser que me ofenda mucho. A mí lo que nunca me ha gustado es maltratar a nadie. Mira, la única vez en mi vida que yo le he faltado a la UJC fue un día en que un jefe me mandó para una tarea y me dijo gruñéndome: eso tú tienes que resolverlo como puedas.

«Me senté en un parque a calmarme. A las dos horas regresé y le dije: no se pudo cumplir. Yo creo que él se dio cuenta de todo. Unos días después se lo tuve que contar y me respondió: Chucho, tú no eres fácil, pero nunca más lo vi repetir algo así.

«No es lo mismo dirigir que mandar. Lo peor que puede tener un cuadro es imponer una tarea, sin convencer primero de su importancia o sin analizar por lo menos si se puede cumplir de verdad. Y yo me fajo siempre por cumplir».

—Insatisfacciones...

Chucho solo llegó hasta 12 grado, por eso aconseja a los jóvenes aprovechar todas las facilidades de estudios que ofrece la Revolución. En la foto, jóvenes de los Cursos de Superación Integral creados con la Batalla de Ideas. Foto: Osvaldo Gutiérrez Gómez

—No haber podido estudiar como hubiese querido. Yo llegué solo hasta el grado doce. Pero en mi época no era como ahora, que a los cuadros les exigen ante todo estudiar y superarse, porque así pueden aportar más. Lo primero entonces era cumplir con la organización, y ya después habría tiempo para lo otro.

«Por eso yo todavía no entiendo cómo es que un joven de ahora se da el lujo de no estudiar o desaprovecha las miles de oportunidades que les da esta Revolución».

—¿Nunca has deseado cambiar de trabajo?

—No me gusta estar saltando de un lugar para otro. Tuve otras ofertas, pero la verdad es que llegué a tomarle tanto aprecio a la Juventud que no he tenido fuerzas para irme. Aquí yo he echado los años más bonitos de mi vida y tampoco me hallo estando ocioso.

«Julito Martínez, nuestro primer secretario de la UJC en el país, me dijo en una ocasión: Chucho, no te vayas todavía, sigue tirando tiros. Y aquí estoy. Aunque sé que un día tendrá que ser, por la edad, y porque ir a la par de estos muchachos no es fácil.

«Ellos se portan muy bien conmigo. Me llaman “la reliquia de la Juventud”. ¿Qué mayor satisfacción que esa? Bueno, sí: la de sentirme siempre tan joven como ellos».

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