La huella del asesino Luis Posada Carriles perdura en La Habana

El terrorista Luis Posada Carriles pudiera pasearse pronto por las calles de Estados Unidos. En un hotel de La Habana perdura hace 10 años su rastro criminal

Autor:

Yailin Orta Rivera

Amaury Quintana, trabajador del Cohíba, señala la grieta producida por la bomba.

Fotos: Roberto Suárez

Entre la elegante decoración que ahora relaja y atrapa, tal vez quienes visitan este hotel no la advierten; pero allí persiste la huella del terror.

Quizá las paredes del Meliá Cohíba, en la capital cubana, guardan esa evidencia para el día en que por fin el responsable responda por sus crímenes.

Los paneles del moderno y vistoso edificio han reservado una grieta del crimen, a diez años del primero de una serie de atentados terroristas en varios hoteles de la capital del país.

El rastro, sin embargo, no quedó solo en la estructura de la instalación. Donde mejor se palpan las secuelas es en el recuerdo de quienes pudieron morir aquella noche.

Jorge Hernández señala el lugar donde fue colocada.

«La bomba explotó a las tres y cinco de la madrugada del 12 de abril de 1997, en la antigua discoteca Aché. Aunque detonó en el baño causó un gran ruido que se escuchó en casi todo el hotel», recuerda aún sobrecogido Jorge Hernández Seara, quien ese día se encontraba cumpliendo su función como custodio de la instalación.

El ahora Jefe de Seguridad y Protección del Meliá Cohíba, rememora como si fuera ayer el criminal acto traicionero.

«El estallido activó rápidamente la alarma contra incendios, destrozó completamente el baño, rajó las paredes y desapareció el falso techo. Por suerte a esa hora no había nadie en el baño. Si detona antes, hubiera puesto en peligro la vida de más de 200 personas que había esa noche en la discoteca», detalla.

Mientas describe la cobardía del suceso, señala al fotógrafo el lugar específico donde fue colocada la bomba, y nos lleva hasta donde persiste una grieta provocada por la explosión, en una de las paredes de la oficina contigua al citado baño.

«Este local era utilizado como guarda bolsos en aquel momento. Aunque está a varios metros de donde fue instalado el artefacto sufrió serios daños también, lo que evidencia el alcance que tuvo la explosión. Esa es la huella del criminal, y es mejor que no se borre nunca para que sirva como prueba perpetua del crimen», dice Jorge Hernández.

En los días posteriores al atentado los trabajadores del Cohíba se mantuvieron firmes en sus puestos, y todos los días revisaban de punta a cabo el hotel para evitar que se repitiera este tipo de acciones terroristas.

«Gracias a eso, a los 18 días de aquella primera bomba —el 30 de abril— detectamos otra, en una maceta que estaba en el piso 15 del hotel. Aquella estaba preparada para que detonara el 1ro. de Mayo, para así echar por tierra los esfuerzos del país para celebrar un gran desfile por el Día Internacional de los Trabajadores.

«Después de las investigaciones supimos que la primera bomba la puso el salvadoreño Francisco Chávez Abarca, quien fue reclutado para este trabajo por el terrorista mayor de América Latina: Luis Posada Carriles. Por eso es que estamos tan indignados ahora, al conocer que ese criminal puede quedar en libertad en cualquier momento», dice el jefe de Protección y Seguridad del Hotel.

«Quisieron intimidarnos pero no lo consiguieron», asegura Osvaldo Despaigne Cintra, portero del hotel.

Otro que estuvo cerca cuando estalló el artefacto fue Osvaldo Despaigne Cintra, portero del hotel, quien con firmeza asegura que «querían acobardarnos y no lo lograron, y nunca lo lograrán».

Al producirse la explosión Osvaldo se encontraba cumpliendo su turno en la entrada principal. Asegura que nunca olvidará aquella noche.

«Escuché la explosión y rápidamente mandé a las personas que se encontraban en la entrada a que se retiraran a un lugar seguro para que no sufrieran ningún daño. Cuando despejé el área dejé a mi compañero en la entrada principal y fui a averiguar qué había sucedido.

«Al llegar al baño de la discoteca no reconocí el lugar. Había humo por dondequiera. Estaba desbaratado completamente. En ese momento cada uno fue para su puesto, y nos pusimos en guardia por si acaso alguien quería aprovecharse de lo ocurrido para realizar alguna actividad en contra del hotel o de los huéspedes y trabajadores», comenta Osvaldo.

La explosión de esta bomba en el Meliá Cohíba fue el comienzo de una serie de actos financiados por la mafia terrorista de Miami, en complicidad con el gobierno norteamericano, contra instalaciones turísticas cubanas.

Con ellos se buscaba amedrentar al creciente número de turistas que viajaba a Cuba, para estrangular uno de los principales renglones económicos de la Revolución.

CRONOLOGÍA CRIMINAL

El 12 de julio los hoteles Capri y Nacional fueron víctimas también de explosiones como las sufridas en el Cohíba, donde el 4 de agosto explotó otro artefacto.

La mano terrorista se extendió también al Hotel Sol Palmeras de Varadero, el 22 de agosto, mientras 13 días después detonaron otras bombas en los hoteles Tritón, Chateau-Miramar y Copacabana. En este último, el estallido provocó la muerte del italiano Fabio Di Celmo.

Durante los días 17, 19 y 30 de octubre fueron encontrados varios artefactos en otros lugares frecuentados por turistas. Las evidencias demostraron que los responsables de estos hechos, así como los materiales utilizados, procedían de los Estados Unidos.

Mientras el país encaraba esta pertinaz cruzada terrorista, la prensa de Miami publicó una declaración de la Fundación Nacional Cubano Americana apoyando estas acciones.

La proyección de esta mafia se explica con el hecho de que los ciudadanos detenidos por estos sucesos, dos de origen salvadoreño y otros tres guatemaltecos, estaban vinculados al terrorista Luis Posada Carriles y a la propia Fundación.

Las investigaciones con los autores de los hechos demostraron que fueron reclutados por Luis Posada Carriles, a quien el viernes pasado la jueza Kathleen Cardone decidió conceder la libertad bajo fianza.

La jueza dictó este fallo tras un fraudulento proceso contra el criminal, después de su entrada «sigilosa» a Estados Unidos, oportunamente denunciada por Cuba, lo que obligó a las autoridades de ese país a detenerlo, aunque solo lo acusaron, cínicamente, por entrada ilegal.

Pero sus conexiones con los actos terroristas contra hoteles cubanos fueron reconocidas incluso por Enrique Bernales Ballesteros, relator especial de la Comisión de Derechos Humanos, quien confirmó oficialmente, en septiembre de 1999, que la campaña terrorista ejecutada dos años antes en La Habana fue planificada y pagada por la Fundación Nacional Cubano Americana, desde los Estados Unidos.

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