La victoria que marcó la mayoría de edad del Ejército Rebelde

A decir del Comandante Ernesto Che Guevara, ese combate representó la mayoría de edad de la guerrilla Gráfico interactivo: El asalto al cuartel del Uvero

Autor:

Juventud Rebelde

Fidel, con su fusil de mira telescópica, junto a los combatientes Raúl Castro y Camilo Cienfuegos. Foto: Archivo de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado

Un rojizo resplandor anuncia la salida del nuevo día. Fidel, tenso, expectante, fija su mirada sobre el cuartel. Se ajusta la correa de su fusil; por un instante aguanta la respiración y lentamente oprime el disparador: un resplandor de fuego y el seco sonido del arma retumban en medio del silencio del amanecer. Son las 5:45 de la madrugada del 28 de mayo de 1957. Comienza el combate del Uvero.

Durante varios días, Fidel ha venido analizando las posibilidades de ataque. La guerrilla lleva demasiado tiempo en la zona, lo que conspira contra su seguridad. El personal está ahora preparado físicamente para actuar, golpear, capturar armas y parque. La cohesión y la fuerte disciplina han madurado en estos meses de largas caminatas y duras pruebas.

El jefe guerrillero ya se ha enterado, a través de la radio, del desembarco el día 24, por una playa al Oeste de la bahía de Cabonico, de la expedición del yate Corinthya, al mando de Calixto Sánchez White, compuesta por 27 combatientes.

A la memoria vienen los recuerdos de los días del desembarco del Granma. Fidel sabe que se desatará una desenfrenada persecución sobre estos expedicionarios, por eso, es necesario actuar con rapidez para, de esta forma, atraer en parte al dispositivo enemigo sobre la Sierra Maestra.

EL PRIMER TIRO

En el batey del Uvero, enclavado al sur de la Sierra Maestra, tenía sus instalaciones la maderera Babún, que desde hacía más de 20 años venía explotando en forma indiscriminada las riquezas forestales de la serranía.

En los primeros meses de 1957, solo había allí un apostadero con una pareja de la Guardia Rural que prácticamente se ocupaba de los intereses de la compañía, pero con el reforzamiento de tropas, ocupan entonces como cuartel una de las casas del lugar, donde establecen un dispositivo defensivo circular y dislocan en la periferia varias postas permanentes, todo fortificado con gruesos troncos de madera dura.

A media mañana del 27 de mayo, Fidel cita una reunión de oficiales del Estado Mayor, a quienes informa que debían estar preparados para entrar en acción. Comienzan a descender al atardecer hacia el llano del Uvero; durante la oscura noche una larga columna de unos 120 hombres realiza la prolongada bajada. De ellos solo 80, los que poseen armas adecuadas, están listos para el combate; los demás van como prácticos, ayudantes y cargadores.

En la madrugada del 28 de mayo, tras dejar las mochilas ocultas, bajan hasta las inmediaciones del batey. Fidel asigna las misiones que debe cumplir cada jefe: se proponen cerrar sobre tres posiciones el dispositivo del ejército, bloqueándolo en forma de semicírculo desde la tierra hacia el mar. El primer disparo lo efectuará él y solo entonces debe comenzar el combate.

EL COMBATE

Fidel busca con sumo cuidado el lugar donde presumiblemente se encuentra el aparato de radio; la mira telescópica del fusil del jefe rebelde registra en su retícula el objetivo. Sabe que gran parte del éxito del combate reside en la inutilización de las comunicaciones, de lo contrario, en breves minutos la aviación primero y tropas cercanas después, vendrían en auxilio del puesto del Uvero.

Junto a él se encuentra el pelotón de la Comandancia, entre los que se cuentan Celia Sánchez, primera mujer que combate en la guerrilla; Luis Crespo, Universo Sánchez, Manuel Fajardo y otros.

El primer disparo destroza el equipo, el segundo fulmina al telegrafista, el resto puede describirse como un huracán infernal por el ensordecedor ruido de los disparos de la fusilería y las ráfagas mortales de las ametralladoras.

Frente a la posta del camino, Guillermo García lanza una primera ráfaga; el enemigo se guarece en el bien elaborado parapeto e inicia un duelo a muerte contra el pelotón rebelde. Sus armas automáticas hacen fuego certero y los atacantes tienen sus primeras bajas: el teniente rebelde Francisco Soto Hernández, al tratar de mejorar su posición de tiro, es alcanzado por una descarga de ametralladora; Anselmo Verdecia Vega cae de un disparo en el pecho al ir a buscar municiones para la ametralladora de Guillermo; el teniente Miguel Ángel Manals Rodríguez es herido en un pulmón.

La encarnizada lucha continúa, aunque se nota que han tenido bajas, los soldados resisten y, con abundante parque, no cesan de disparar.

Un nuevo herido rebelde, el combatiente Enrique Escalona (Quique) sigue combatiendo con la mano, el brazo y el muslo derecho perforados. Guillermo continúa en duelo cerrado con su ametralladora.

Julito Díaz mejora su posición sobre el cuartel, pero una bala le entró por el ojo derecho y cae muerto instantáneamente. Fidel dispara incontenible desde la lomita, junto al personal que lo acompaña. Ordena que avance una ametralladora para tratar de vencer la resistencia de la posta del camino que combate con más tenacidad. Hacia la izquierda, Che ha adelantado su ametralladora y cruza un fuego violento contra la posta tres; de pronto escucha un grito y al voltearse comprueba que al combatiente Mario Leal Palomo lo han herido gravemente en la cabeza, casi inmediatamente Manuel Acuña Sánchez recibe dos balazos en el brazo derecho.

En su avance, las escuadras de Camilo y Efigenio se han unido y forman un frente continuo junto al pelotón de Almeida. El práctico Eligio Mendoza, enardecido, logra ocupar un fusil y a pecho descubierto se adelanta: un disparo lo atraviesa y cae mortalmente herido.

A pesar de las bajas rebeldes el avance es indetenible sobre el cuartel que responde con una lluvia de plomo. Almeida se mueve incansablemente entre sus hombres, ordena, alienta y avanza prácticamente sin protección alguna. Gustavo Adolfo Moll Leyva ha muerto de un tiro en la cabeza, Mario Maceo Quesada ha recibido un impacto en el hombro izquierdo, Hermes Leyva Iglesias es herido a sedal en el pecho, Rigoberto Silleros Marrero cae con un balazo en el costado y Félix Pena Díaz tiene un disparo en una pierna.

Una cerca de alambre de púas les cierra el paso momentáneamente. Almeida es el primero en cruzarla, pero un disparo en el pecho lo hace tenderse en el suelo; la bala, después de rebotar en una cuchara que tenía en el bolsillo, se desvía y se le incrusta en el hombro, al caer, recibe otro impacto en la pierna. Es necesario trasladarlo hacia la retaguardia.

Raúl marcha con la parte del pelotón que le queda por el fondo del cuartel, empleando, en un ataque frontal, las últimas fuerzas disponibles. Han transcurrido más de dos horas de combate y las bajas por ambas partes son sensibles.

El pelotón de Crescencio Pérez hostiga fuertemente a los soldados que defienden la posta del embarcadero. También han logrado detener a algunos de los que tratan de huir por el camino hacia Chivirico.

UN NUEVO ESFUERZO

Se hace necesario neutralizar la posta uno del camino y Fidel ordena un nuevo esfuerzo. El capitán Luis Crespo se arrastra hasta el punto fortificado enemigo, batido incansablemente por Guillermo García y las armas automáticas de sus hombres, así como por Abelardo Colomé Ibarra (Furry), ambos lanzan granadas sobre el emplazamiento.

La explosión ha removido los gruesos troncos de madera, pero todavía queda un soldado con la ametralladora. Un ardid de distracción permite a Guillermo arrastrarse hacia el fortín y, disparando su pistola, acaba con la última resistencia.

Ahora todo el fuego se concentra sobre el cuartel. Guillermo emplaza la 30 y junto a él dos combatientes sitúan sus fusiles ametralladoras, el resto del pelotón se despliega y abre fuego cerrado sobre las posiciones de los guardias junto al cuartel que vuela en pedazos. Son los últimos momentos de la operación.

Fidel, que ha bajado de la loma un momento antes, observa atentamente el desarrollo de las acciones. La situación había sido sumamente crítica, pero órdenes oportunas con el ataque del pelotón de Raúl, el avance impetuoso del de Almeida, el asalto al fortín de la posta uno, más las acciones de apoyo de Camilo y Che terminan por vencer la tenaz resistencia del Ejército. Cae herido el teniente Pedro Carreras, jefe del cuartel, quien saca un pañuelo blanco y lo agita en señal de rendición. Los soldados no pueden seguir luchando.

El combate duró dos horas y 45 minutos. Seis rebeldes perdieron la vida y siete resultaron heridos. El Ejército tuvo 11 muertos, 19 heridos y 14 prisioneros. Desde el punto de vista político significó un tremendo fracaso en los planes de la tiranía batistiana. Para las fuerzas rebeldes fue, como dijo el Che: «La victoria que marcó la mayoría de edad de nuestra guerrilla».

* Investigador de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

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